Ciudad de México.- Durante décadas, el experimento de la cárcel de Stanford se presentó como una prueba de que cualquier persona podía volverse cruel cuando recibía poder sobre otras. Sin embargo, investigaciones posteriores cuestionaron esa conclusión y encontraron que parte del comportamiento de los participantes respondió a instrucciones de los propios investigadores. Ahora, Netflix retomó la polémica historia en una serie de seis episodios.
El experimento original se realizó en agosto de 1971, bajo la dirección del psicólogo Philip Zimbardo, quien reunió a estudiantes universitarios para simular la vida dentro de una prisión. Algunos recibieron el papel de guardias y otros el de prisioneros, con la intención de observar cómo cambiaba su comportamiento. La actividad debía durar hasta dos semanas, pero terminó después de seis días debido a los abusos y las crisis emocionales que surgieron.
Durante años, el caso se utilizó para explicar cómo el poder y las circunstancias podían transformar la conducta humana. Sin embargo, en 2019, el investigador francés Thibault Le Texier publicó un análisis de documentos originales y entrevistas con participantes que puso en duda la validez científica del estudio.
Entre sus hallazgos, señaló que los supuestos guardias no actuaron completamente por iniciativa propia, pues recibieron indicaciones sobre cómo debían tratar a los prisioneros. También identificó problemas en la recopilación de información y en la participación de los responsables del experimento, quienes intervinieron directamente en lo que ocurría.
Estos descubrimientos cambiaron la forma de interpretar uno de los estudios más conocidos de la psicología. En lugar de demostrar que las personas se vuelven violentas automáticamente cuando reciben autoridad, las evidencias plantearon dudas sobre cuánto influyeron las instrucciones, las expectativas de los investigadores y el ambiente que ellos mismos construyeron.
Con estos antecedentes, Netflix estrenó el 21 de octubre la serie “El experimento de la cárcel de Stanford: Un nuevo enfoque”, en la que 30 voluntarios participaron en una simulación dentro de una prisión real. A diferencia de 1971, la producción incluyó hombres y mujeres de distintos perfiles, además de supervisión especializada y medidas para proteger a los participantes.
Los responsables del programa señalaron que todos los voluntarios pasaron por evaluaciones psicológicas y contaron con la posibilidad de abandonar la experiencia en cualquier momento. También dispusieron de atención profesional permanente para intervenir ante posibles afectaciones emocionales.
No obstante, la nueva producción abrió otra discusión: si un programa de entretenimiento, con cámaras, reglas diseñadas por productores y participantes conscientes de que aparecerán en televisión, puede ofrecer conclusiones confiables sobre el comportamiento humano.
Especialistas y críticos señalaron que estas condiciones dificultan separar las reacciones espontáneas de aquellas que pueden surgir por la presencia de cámaras o por las expectativas del propio programa. Por ello, consideran importante distinguir una producción televisiva de una investigación científica.
Así, la historia de Stanford regresó a las pantallas con una diferencia importante: más de medio siglo después, el debate ya no se limita a preguntar si el poder puede volver crueles a las personas, sino también a cuestionar si el famoso experimento realmente consiguió demostrarlo.
Agencias

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