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Chernóbil, Ucrania.- Los perros que viven en la ciudad abandonada de Chernóbil tienen más semejanzas genéticas con animales de las islas Galápagos, situadas a miles de kilómetros de distancia, que con los que habitan cerca de la antigua central nuclear, a solamente 16 kilómetros. El sorprendente hallazgo forma parte de una investigación que busca comprender cómo han cambiado estas poblaciones durante las cuatro décadas transcurridas desde el accidente nuclear de 1986.


La comparación fue realizada por científicos de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, en Estados Unidos, quienes analizaron el ADN de perros que viven en libertad dentro de la zona de exclusión de Chernóbil. Los investigadores descubrieron que los animales cercanos al reactor presentan diferencias genéticas importantes respecto a los que habitan en la ciudad, a pesar de que ambos grupos viven relativamente cerca y comparten parte de la historia de la región.


Para entender este fenómeno, el equipo decidió comparar sus características con las de otras poblaciones caninas, entre ellas perros de Europa oriental y de las islas Galápagos, en Ecuador. Estos últimos resultaron especialmente útiles porque viven en condiciones de aislamiento geográfico, lo que permite estudiar cómo pueden cambiar los genes de una población cuando sus integrantes permanecen separados de otros animales durante varias generaciones.


Los resultados fueron inesperados. Los perros de la ciudad de Chernóbil mostraron mayor similitud genética con los de Galápagos que con los que viven en las instalaciones de la planta nuclear. Esto no significa que estén directamente emparentados ni que alguno de los grupos haya viajado entre ambos lugares, sino que las diferencias entre los animales de Chernóbil son tan marcadas que el aislamiento, por sí solo, no parece explicar lo que ha ocurrido.


Los científicos comenzaron a investigar estas poblaciones después de descubrir que los perros cercanos a la central nuclear presentaban características particulares en regiones de su ADN relacionadas con la reparación del material genético, las defensas del organismo y la supervivencia de las células. En un principio surgió la posibilidad de que esas diferencias fueran consecuencia de mutaciones provocadas por la radiación, pero estudios posteriores no encontraron pruebas de un aumento de mutaciones capaz de explicar la separación genética entre ambos grupos.


La nueva investigación, publicada en la revista científica Genes, ofrece una explicación diferente: la selección natural. Según esta hipótesis, algunos perros pudieron tener desde antes características hereditarias que les permitieron sobrevivir mejor a las difíciles condiciones del entorno. Con el paso de las generaciones, esos animales habrían transmitido sus genes a sus descendientes, haciendo que ciertas variantes se volvieran cada vez más frecuentes.


Los análisis encontraron señales compatibles con este proceso en más de 100 regiones del genoma de los perros que habitan cerca de la planta. Varias de ellas están relacionadas con funciones importantes, como la reparación del ADN, el funcionamiento del sistema inmunitario y procesos celulares vinculados con el desarrollo del cáncer. Sin embargo, los investigadores aclararon que todavía no pueden demostrar que esas características proporcionen una protección especial ni que hayan sido favorecidas específicamente por la radiación.


Megan Dillon, investigadora de la Universidad Estatal de Carolina del Norte y principal autora del estudio, explicó que el equipo buscaba determinar si las diferencias entre los perros podían atribuirse a cambios genéticos ocurridos al azar o a un proceso de selección natural. Los resultados apuntan hacia la segunda posibilidad, aunque todavía quedan preguntas sobre los factores que pudieron favorecer determinadas características en una población y no en la otra.


La historia de estos animales comenzó el 26 de abril de 1986, cuando la explosión del reactor número cuatro provocó uno de los accidentes nucleares más graves del mundo. Miles de familias tuvieron que abandonar sus viviendas y muchas dejaron atrás a sus mascotas. A pesar de las difíciles condiciones y de las medidas aplicadas para eliminar animales de la zona, algunos perros sobrevivieron y consiguieron reproducirse, dando origen a las poblaciones que actualmente estudian los científicos.


Desde entonces, sus descendientes han vivido en un territorio donde, además de la contaminación radiactiva, existen otras sustancias tóxicas y condiciones ambientales particulares. Por ello, los especialistas señalan que no sería correcto atribuir cualquier cambio biológico exclusivamente a la radiación, ya que la presencia de metales pesados, otros contaminantes y la propia historia de las poblaciones también pueden influir.


El descubrimiento ofrece una oportunidad para investigar cómo responden los animales a ambientes contaminados durante muchas generaciones. Aunque todavía no existe una respuesta definitiva sobre lo que ha ocurrido con los perros de Chernóbil, su ADN contiene pistas que podrían ayudar a comprender mejor los procesos de selección natural y los efectos de vivir durante décadas en condiciones ambientales extremas.

WIRED 

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