Ciudad de México.- Escuchar la voz de alguien que murió, reconocer su perfume o sentir que está sentado a nuestro lado son experiencias que muchas personas viven después de perder a un ser querido, aunque pocas se atreven a hablar de ello. Investigaciones recientes muestran que estas sensaciones son mucho más frecuentes de lo que se pensaba y que no necesariamente representan un problema de salud mental, pues pueden formar parte de la manera en que el cerebro y las emociones responden a una pérdida.
Un estudio publicado en enero de 2026 en la revista científica OMEGA - Journal of Death and Dying encontró que más de dos tercios de 239 personas entrevistadas habían sentido alguna vez la presencia de alguien fallecido. Todos los participantes habían perdido a una persona importante durante los dos años anteriores y, entre ellos, casi la mitad aseguró haber experimentado esa sensación al menos una vez durante las dos semanas previas a la entrevista.
Uno de los resultados que más llamó la atención de los investigadores fue que estas experiencias no siempre provocaban miedo. Por el contrario, muchos participantes las describieron como momentos significativos, agradables o reconfortantes, porque les permitían sentir cierta cercanía con la persona que habían perdido. Sin embargo, también se observó que preferían compartir lo sucedido con familiares o amigos de confianza, en lugar de acudir a especialistas o instituciones.
El temor a hablar de estas experiencias no es reciente. En 1971, el médico británico William Dewi Rees entrevistó a 293 personas viudas en Gales y encontró que el 46.7 por ciento había visto, escuchado o sentido de alguna manera a su pareja fallecida. Lo sorprendente fue que, entre quienes habían tenido estas experiencias, el 72.3 % nunca se lo había contado a nadie, principalmente por miedo a las burlas o a que sus familiares no les creyeran.
Más de cinco décadas después, la ciencia continúa intentando comprender qué ocurre en el cerebro cuando una persona siente cerca a alguien que ya murió. Una investigación publicada en noviembre de 2025 en la revista Social Cognitive and Affective Neuroscience plantea que la explicación podría estar relacionada con las representaciones mentales que construimos de las personas importantes a lo largo de nuestra vida y que permanecen activas incluso después de su fallecimiento.
La investigadora Alicja Nowacka, de la Universidad de Auckland, en Nueva Zelanda, explica junto con sus colaboradores que el cerebro aprende a reconocer a nuestros seres queridos mediante sus voces, movimientos, expresiones y costumbres. Cuando convivimos durante muchos años con alguien, también aprendemos a anticipar sus comportamientos, de manera que podemos reconocer sus pasos antes de verlo entrar a una habitación o identificar su voz entre varias personas.
El problema aparece cuando esa persona muere, porque el cerebro no elimina de inmediato toda la información acumulada durante la convivencia. Aunque somos conscientes de su fallecimiento, determinados sonidos, aromas o situaciones pueden activar recuerdos y expectativas relacionadas con su presencia. Así, un ruido en el pasillo podría parecerse a los pasos de alguien que ya no está, o una sensación inesperada podría interpretarse como la cercanía de esa persona.
Los científicos relacionan este fenómeno con el procesamiento predictivo, una teoría que plantea que el cerebro no solamente recibe información de los sentidos, sino que también utiliza experiencias anteriores para interpretar lo que ocurre. Sin embargo, los especialistas aclaran que esta explicación todavía es una hipótesis científica y que no se ha demostrado de manera definitiva cómo se producen todas las sensaciones de presencia durante el duelo.
La psicología también ha comenzado a modificar la manera en que entiende estos encuentros. Durante mucho tiempo se consideró que ver o escuchar a una persona fallecida podía ser una señal de problemas psicológicos, pero investigaciones posteriores han demostrado que estas experiencias también ocurren en personas sin trastornos mentales. Por ello, algunos especialistas prefieren hablar de experiencias sensoriales o de presencia, sin calificarlas automáticamente como alucinaciones patológicas.
Esto no significa que todas las personas vivan el duelo de la misma manera. Mientras algunas encuentran tranquilidad al sentir cerca a sus familiares fallecidos, otras pueden experimentar miedo, tristeza o confusión. Los investigadores señalan que es importante considerar el contexto y las consecuencias de cada experiencia, especialmente cuando causa sufrimiento intenso, interfiere con las actividades cotidianas o aparece acompañada de otros síntomas preocupantes.
El fenómeno también está relacionado con la manera en que las sociedades conservan los vínculos con sus muertos. En México, tradiciones como el Día de Muertos permiten mantener presentes los recuerdos mediante fotografías, objetos personales, alimentos y ofrendas, aunque las experiencias de sentir físicamente a un fallecido no dependen necesariamente de las creencias religiosas y también se presentan entre personas que no creen en una vida después de la muerte.
Por ahora, los científicos coinciden en que todavía quedan muchas preguntas sobre estas sensaciones, pero los estudios permiten comprender que sentir cerca a alguien que murió no es una experiencia tan extraña como suele creerse. También muestran que el silencio de quienes las viven puede estar relacionado con el miedo a ser juzgados, pese a que para muchas personas estos momentos representan una manera de mantener un vínculo emocional con alguien importante en su vida.
WIRED

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