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Washington, EU.- Un intento de rescate espacial que costaría 30 millones de dólares terminó convirtiéndose en una doble pérdida para la NASA. La agencia estadounidense envió una nave robótica para evitar que uno de sus telescopios cayera a la Tierra, pero el vehículo encargado de salvarlo presentó fallas, no consiguió completar su misión y terminó desintegrándose en la atmósfera. Ahora, el observatorio Swift, que durante casi 22 años permitió estudiar algunas de las explosiones más poderosas del universo, también se encuentra a pocos días de abandonar su órbita.

La historia comenzó cuando los científicos detectaron que el telescopio descendía más rápido de lo previsto debido al aumento de la actividad solar. Aunque Swift se encontraba a cientos de kilómetros de altura, todavía experimentaba una pequeña resistencia provocada por las partículas de la atmósfera terrestre. Las tormentas solares calentaron y expandieron las capas superiores de esa atmósfera, aumentando el efecto de arrastre sobre el satélite, que no contaba con un sistema de propulsión capaz de elevar nuevamente su órbita.

En lugar de dejar que el observatorio terminara su vida útil, la NASA decidió intentar una maniobra poco común. En septiembre de 2025 contrató a la empresa estadounidense Katalyst Space para desarrollar una nave robótica capaz de acercarse a Swift, sujetarlo mediante brazos mecánicos y empujarlo hacia una órbita más alta. El proyecto, denominado LINK, debía construirse y ponerse en funcionamiento en menos de un año, un plazo especialmente corto para una misión que requería realizar movimientos de precisión a gran velocidad alrededor de la Tierra.

La nave de rescate fue lanzada el 3 de julio de este año, pero poco después de llegar al espacio comenzaron los problemas. El sistema encargado de controlar su orientación presentó fallas y el vehículo experimentó movimientos que dificultaban mantenerlo estable. Aunque los ingenieros intentaron corregir la situación mediante ajustes y modificaciones en su funcionamiento, finalmente determinaron que no existían condiciones seguras para sujetar el telescopio y elevarlo, por lo que la operación fue cancelada durante agosto.

Sin embargo, LINK todavía consiguió acercarse a una distancia de entre 12 y 15 kilómetros de Swift y realizar algunas pruebas tecnológicas que podrían resultar útiles para futuras misiones. Su funcionamiento terminó definitivamente el 25 de septiembre, cuando la nave reingresó a la atmósfera terrestre después de permanecer 85 días en el espacio. La NASA reconoció que el objetivo principal no se había conseguido, aunque sostuvo que la experiencia permitió obtener información sobre el desarrollo de vehículos robóticos destinados a reparar o trasladar satélites.

Mientras tanto, Swift continuó perdiendo altura. Los responsables de la misión habían reducido temporalmente sus actividades para intentar prolongar su permanencia en órbita, pero después del fracaso del rescate reanudaron las observaciones científicas. El 20 de octubre, cuando el telescopio descendió a unos 275 kilómetros sobre la superficie terrestre, ya no podía mantener la estabilidad necesaria para observar sus objetivos. Ese mismo día realizó sus últimas mediciones y posteriormente los operadores enviaron las instrucciones para concluir su funcionamiento.

La posible caída del telescopio ha despertado interés por su tamaño y peso. Swift tiene una masa aproximada de mil 500 kilogramos y dimensiones cercanas a los cinco metros, aunque la mayor parte de su estructura debería desintegrarse por las elevadas temperaturas que se producen durante el reingreso a la atmósfera. Los científicos consideran que algunas piezas resistentes, como componentes de tungsteno y fragmentos de los espejos, podrían sobrevivir hasta alcanzar la superficie del planeta.

De acuerdo con las estimaciones difundidas por la Fuerza Espacial de Estados Unidos, el reingreso podría ocurrir alrededor del viernes 6 de noviembre, aunque el momento exacto todavía es incierto. El recorrido orbital del observatorio incluye zonas de África, Australia, India, el sudeste asiático y regiones de América Central y del Sur, pero esto no significa que los restos necesariamente vayan a caer sobre tierra firme. Los especialistas consideran más probable que terminen en el océano y señalan que el riesgo para la población es muy bajo.

Más allá de la posible caída, la pérdida de Swift representa el final de una herramienta científica que superó ampliamente las expectativas de sus creadores. Lanzado el 20 de noviembre de 2004 para una misión inicialmente prevista de dos años, el observatorio consiguió estudiar más de 2 mil estallidos de rayos gamma y unas mil 400 explosiones de supernovas. También permitió investigar agujeros negros, cometas y asteroides, además de enviar alertas a otros telescopios para que pudieran observar fenómenos que aparecían de manera repentina.

Una de sus principales características era la capacidad de detectar explosiones cósmicas y cambiar rápidamente de orientación para estudiarlas antes de que desaparecieran. Gracias a este sistema, otros observatorios, como el Hubble y el James Webb, podían recibir información para dirigir sus instrumentos hacia acontecimientos de especial interés. La NASA trabaja ahora en alternativas que permitan mantener esa capacidad de respuesta, mientras los datos recopilados por Swift continuarán disponibles para nuevas investigaciones.

El caso también muestra uno de los desafíos que enfrentan las agencias espaciales ante la creciente cantidad de satélites en órbita. Aunque las tecnologías de rescate y mantenimiento podrían prolongar la vida de equipos costosos, la experiencia de LINK demuestra las dificultades de ejecutar estas operaciones. Por ahora, la nave enviada para salvar a Swift ya desapareció en la atmósfera y el telescopio que debía rescatar se prepara para seguir el mismo camino, después de casi 22 años de observaciones científicas.

WIRED  

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