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En el caso del ex fiscal César J. M., se ha hablado de traición a la patria, de persecución política, de agentes de la CIA, de una posible ruptura dentro del PAN y hasta de las diferencias entre la gobernadora María Eugenia Campos y el exfiscal. Sin embargo, hay una pregunta mucho más sencilla que sigue sin una respuesta pública convincente: ¿cómo pudieron ciudadanos extranjeros moverse dentro de instalaciones de seguridad de Chihuahua sin que existiera claridad sobre quién autorizó su presencia?

Porque una cosa es determinar si Jáuregui cometió algún delito, responsabilidad que corresponde exclusivamente a los tribunales, y otra muy distinta es explicar cómo funcionaban los controles internos de una institución que maneja información confidencial, armamento y operativos contra el crimen organizado.

De acuerdo con información expuesta durante las audiencias, los agentes estadounidenses no habrían llegado a Chihuahua únicamente para participar en el operativo de El Pinal, en abril de este año. Los registros de hospedaje, renta de vehículos y geolocalización presentados por el Ministerio Público apuntan a que su presencia en la entidad se remontaba, por lo menos, a octubre de 2025.

Eso cambia considerablemente el tamaño de las preguntas.

Si los vehículos utilizados por los extranjeros permanecieron de manera recurrente en las inmediaciones del Complejo Estatal de Seguridad Pública, como señala la investigación, sería importante conocer quién controlaba los accesos, qué identificación presentaban, a qué áreas podían ingresar y si existían autorizaciones documentadas.

No se trata de suponer que alguien cometió un delito por permitir la entrada de un visitante. Se trata de entender qué mecanismos existían para distinguir una visita institucional de una colaboración operativa y quién tenía la obligación de supervisarlos.

En una dependencia de seguridad no debería bastar con que alguien diga que conoce a un comandante para tener acceso a espacios restringidos. Deben existir procedimientos, registros y responsabilidades claramente establecidos.

Y aquí aparece otra cuestión que merece atención.

La defensa de Jáuregui sostiene que autorizar un operativo contra el narcotráfico no significa haber autorizado la participación de agentes extranjeros. Es una diferencia importante que tendrá que valorar el juez. Pero también obliga a preguntar qué controles tenía la Fiscalía para que una decisión operativa no terminara involucrando a personas cuya participación requería autorizaciones de otras autoridades.

Porque si el titular de una institución realmente desconocía lo que ocurría dentro de algunas de sus áreas, eso podría ser relevante para su defensa penal, pero no elimina automáticamente las dudas sobre el funcionamiento administrativo de la dependencia.

Tampoco significa que el titular necesariamente sea responsable de todo lo que hacen sus subordinados. La responsabilidad penal debe demostrarse mediante conductas, pruebas y disposiciones legales concretas, no simplemente por ocupar el puesto más alto del organigrama.

Lo preocupante sería que el debate se redujera a escoger entre esas dos explicaciones, sin investigar qué estaba fallando dentro de la estructura.

Además, el caso tiene un aspecto humano que comienza a perderse entre las declaraciones políticas.

El 19 de abril murieron cuatro personas en un accidente ocurrido después del operativo en la Sierra Tarahumara. Dos de ellas eran mexicanos: el director de la Agencia Estatal de Investigación, Pedro Román Oseguera Cervantes, y el agente Manuel Genaro Méndez Montes. Los otros dos eran estadounidenses, identificados como Richard Leiter Johnston III y John Dudley Black.

Hoy sus nombres aparecen principalmente como antecedentes de una investigación judicial. Pero detrás de ellos hay familias que también merecen respuestas.

¿Cómo se organizó el traslado? ¿Qué condiciones de seguridad tenía el recorrido? ¿Qué se determinó sobre las causas del accidente? ¿Qué información se entregó a los familiares y cuáles son las conclusiones de las investigaciones correspondientes?

Estas preguntas no sustituyen la discusión sobre la presunta participación irregular de extranjeros. Forman parte de una obligación distinta: esclarecer las circunstancias de cuatro fallecimientos.

Y mientras todavía se buscan explicaciones sobre lo sucedido en El Pinal, apareció otra familia estadounidense con señalamientos que amplían la controversia.

El medio Animal Político dio a conocer que Robert Halliday, padre del militar estadounidense Richard Halliday, presentó el 27 de mayo una denuncia ante la Fiscalía General de la República contra la gobernadora María Eugenia Campos, a quien acusó de haber ocultado información sobre la presencia y las actividades de personal extranjero en Chihuahua.

Aquí es necesario hacer una distinción: Richard Halliday no era uno de los dos agentes de la CIA que murieron en el accidente de abril. Se trata de un militar estadounidense cuyo caso de desaparición y posterior declaración de fallecimiento comenzó años antes.

Según la información publicada, su familia asegura contar con documentos que presuntamente demostrarían que la gobernadora recibía informes de inteligencia sobre actividades de agencias estadounidenses en la entidad y que conocía su presencia antes de que ocurriera el accidente de El Pinal.

Los familiares también denunciaron una supuesta manipulación de la investigación abierta en Ciudad Juárez por la desaparición de Richard.

Sin embargo, la Fiscalía General del Estado rechazó públicamente la relación entre ambos acontecimientos. En un comunicado difundido ayer mismo, sostuvo que la desaparición del militar fue reportada en 2020 y que las autoridades estadounidenses determinaron posteriormente que había fallecido ese mismo año, no en 2025, como señalaron algunas publicaciones.

La dependencia afirmó que sus registros no ubican a Halliday en Chihuahua durante 2025 ni lo vinculan con el operativo de El Pinal. También indicó que cualquier denuncia presentada por sus familiares ante la FGR corresponde a esa autoridad federal.

Estas versiones contrapuestas requieren esclarecimiento. La existencia de una denuncia no demuestra que la gobernadora haya cometido un delito, pero tampoco debería confundirse la discusión sobre su veracidad con la necesidad de atender formalmente los señalamientos presentados.

Lo que sí resulta evidente es que las familias han quedado involucradas en una controversia que va mucho más allá de las responsabilidades individuales de Jáuregui.

Y eso obliga a recordar que las investigaciones no deberían limitarse a la persona que actualmente se encuentra detenida.

También habría que conocer si existen documentos que aclaren qué autoridades estatales sabían de la presencia de los extranjeros, desde cuándo y bajo qué condiciones se desarrollaban sus actividades.

En este punto resulta inevitable recordar que, durante el homenaje realizado a los dos agentes mexicanos fallecidos en abril, la gobernadora expresó públicamente su compromiso de acompañar y apoyar a sus familias.

Aquella promesa merece seguimiento, independientemente de los conflictos políticos que surgieron después. Sería importante saber cómo se ha cumplido, qué atención han recibido los deudos y si cuentan con información suficiente sobre las circunstancias en las que murieron sus familiares.

Hay también una contradicción que merece explicaciones documentadas.

En abril, la versión oficial difundida por la Fiscalía de Chihuahua sostenía que los extranjeros no habían participado en el operativo y que su presencia estaba relacionada con actividades de capacitación. Meses después, las investigaciones presentadas ante los tribunales describen una relación más amplia con instalaciones y personal de seguridad estatal.

Será necesario determinar qué información estaba disponible cuando se emitió aquella primera versión, quién la proporcionó y por qué existen diferencias con lo conocido posteriormente, o si de plano se mintió.

No necesariamente toda contradicción implica un encubrimiento. En una investigación pueden aparecer pruebas que antes se desconocían. Pero precisamente por eso resulta indispensable explicar cómo y cuándo cambiaron las conclusiones oficiales.

Mientras tanto, el caso parece haberse convertido en una competencia por imponer una narrativa.

Para unos, Jáuregui es víctima de una persecución política. Para otros, su detención demuestra que las instituciones finalmente están actuando. Ninguna de esas posturas sustituye las pruebas ni debe confundirse con una sentencia.

La prisión preventiva que enfrenta el exfiscal tampoco acredita su culpabilidad. Es una medida cautelar dentro de un procedimiento cuya resolución sigue pendiente.

Lo verdaderamente preocupante sería que, una vez concluido el juicio, toda la atención desapareciera y las fallas institucionales, si las hubo, permanecieran intactas.

Porque aun si se demostrara la inocencia de Jáuregui, seguiría siendo necesario aclarar cómo se realizaron las actividades de colaboración con personal extranjero. Y si se acreditara alguna responsabilidad penal, también tendría que establecerse qué otros controles fallaron para permitir los hechos investigados.

Chihuahua necesita algo más que encontrar un culpable o proclamar un inocente.

Necesita saber quién daba las autorizaciones, quién vigilaba su cumplimiento, qué documentos respaldaban las decisiones y si las instituciones tenían mecanismos para detectar irregularidades antes de que ocurriera una tragedia.

También necesita saber qué ocurrió con las familias que perdieron a sus seres queridos, cuáles de sus preguntas han sido respondidas y cuáles continúan pendientes.

Tal vez la respuesta a una parte importante de este caso no esté en los discursos de los políticos ni en las consignas de quienes se manifiestan frente a los tribunales.

Tal vez esté en una bitácora de acceso, en un oficio que nunca se elaboró, en un registro de vehículos o en algún procedimiento interno que nadie supervisó adecuadamente.

Y si esos documentos no existen, también sería importante saber por qué.

Porque defender la soberanía nacional no consiste únicamente en denunciar la presencia de agentes extranjeros cuando estalla un escándalo. También significa contar con instituciones capaces de controlar, documentar y explicar lo que ocurre dentro de sus propias instalaciones.

La justicia deberá resolver la situación de César Jáuregui. También corresponde investigar, sin conclusiones anticipadas, los señalamientos dirigidos contra cualquier otra autoridad, incluida la gobernadora.

Pero Chihuahua no debería conformarse con conocer únicamente el destino judicial de un exfiscal.

También merece saber si sus instituciones de seguridad funcionaban como debían.

Y, sobre todo, las familias de quienes perdieron la vida merecen algo más que homenajes, condolencias y declaraciones políticas. 

Merecen respuestas.

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