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Por Beñat Zaldúa.- Si tienen una manzana o cualquier fruta redonda a la mano, pélenla y traten de dar una forma plana coherente a toda la piel. Es decir, traten de extenderla a lo largo de un rectángulo que luego puedan meter sin problema entre las páginas de un libro. No es difícil, es simplemente imposible, para pesadilla de los cartógrafos que llevan enfrentándose al problema desde que el vasco Juan Sebastián Elkano completó la vuelta al mundo y confirmó que vivimos en una esfera. 

Gerardus Mercator dedicó parte de su vida a solucionar el problema. La primera vuelta al mundo lo dejó fascinado durante su infancia y en 1552 se lanzó a la elaboración de un atlas global, tarea a la que dedicó 17 largos años y cuyo fruto fue una cosmografía completa en la que dibujó los fundamentos del mapamundi que, 500 años después, seguimos teniendo en mente. 

El geógrafo Michel Foucher acaba de escribir una pieza interesante sobre este cartógrafo en Le Grand Continent y recuerda: “Si los mapas distorsionan el espacio, no es por negligencia de los cartógrafos, sino por necesidad”. Todos los mapas transforman y, en cierto sentido, ocultan la realidad que desean plasmar. Incluso el mapa de un imperio a escala real que Borges imaginó en uno de sus cuentos no podía sino tapar el mundo real. 

En el caso de Mercator, su proyección distorsionó los polos, premiando el hemisferio norte, de modo que una isla como Groenlandia parece más grande que Sudamérica entera cuando, en realidad, es poco más grande que México. 

Foucher recuerda que Mercator fue perseguido y encarcelado por la Inquisición, que lo acusó de herejía por atreverse a adoptar un punto de vista divino. Lo hizo, además, en un momento en el que los europeos más avispados se empezaban a preguntar por qué los pueblos que poblaban el continente americano, de cuya existencia se acababan de enterar, no aparecían en la Biblia. En la Iglesia reformada no estaban muy contentos con Mercator y su atlas histórico y geográfico. 

Pero pese a la Inquisición, la proyección de Mercator ha llegado con mucha salud y sus defectos intactos al siglo XXI, hasta el punto de ser una de las proyecciones utilizadas, todavía hoy día, por el mapa más usado en todo el mundo: el de Google. Y es bastante probable que, como plantea Foucher, Trump, un niño caprichoso al que le gusta jugar a ser dios, tenga en mente este mapa cuando trata de explicar su hambre de Groenlandia. 

Así se lo explicó, ya en 2021, al acabar su mandato, a Susan Glasser y Peter Baker, periodistas del New Yorker y del Times en Mara-Lago: “¿Por qué no lo tenemos? Basta con mirar un mapa (...) No he dejado de repetirlo: miren el tamaño de esta isla, es gigantesca y debería pertenecer a Estados Unidos. No es más que una operación inmobiliaria, sólo que a una escala un poco mayor”. 

Por motivos erróneos, pero puede que la Inquisición tuviese algo de razón en sus reparos con los mapamundis. Son un peligro en manos de niños con poder. 

Porque lo cierto es que los argumentos geopolíticos de Trump para apropiarse de Groenlandia son estúpidos. Europa ya baila desde el fin de la Segunda Guerra Mundial al son que le marca Washington y una apropiación por la fuerza de Groenlandia no haría sino implosionar, la principal herramienta con la que EU la mantiene atada en corto militarmente: la OTAN. 

El caso concreto de Dinamarca es de manual. Truman ya intentó comprar la isla en 1946, alegando que era “un área vital para la defensa de EU” y señalando que así aliviaría la economía danesa de tener que sostener la isla. Carlos Hernández-Echevarría ha recordado estos días en La Vanguardia la respuesta del gobierno danés: “Eso es como sugerirle a un hombre que se cure de su dolor de muelas cortándose la cabeza”.

Dejando al margen la lógica colonial con la que opera Dinamarca en Groenlandia –otro día volveremos por aquí–, lo cierto es que Copenhague se negó a vender Groenlandia, pero le puso una alfombra roja a EU en el tratado bilateral de 1951, todavía vigente, otorgó una patente de corso al ejército estadunidense para que haga en el enclave lo que crea conveniente, con la única condición de que en la entrada de sus bases ondee, junto a las barras y las estrellas, la bandera danesa. 

Desde entonces, la alineación de Dinamarca con la política exterior estadunidense es milimétrica. Fue miembro fundador y entusiasta de la OTAN, mandó a su ejército durante dos décadas a Afganistán y participó en la ilegal invasión de Irak de 2003, por poner tres ejemplos. 

Así seguirá siendo, vista la maniobra cangrejera de Trump, que se ha echado atrás con las amenazas de aranceles contra ocho países europeos que maniobraron con cierto vigor contra sus aspiraciones anexionistas. La experiencia no anima a ser muy optimistas, porque esta marcha atrás no significa que haya remitido el deseo de apropiarse de Groenlandia, y porque no hay noticias de una reflexión profunda sobre lo ocurrido en las capitales europeas. Pero éstas podrían al menos sacar una pequeña lección: es cuando se le planta cara a Trump que la negociación empieza a ser posible.

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