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Un hongo que habita en el intestino podría ayudar a que este órgano soporte mejor los daños provocados por la radiación, según una investigación realizada en animales. Sin embargo, los científicos advierten que el hallazgo todavía está lejos de convertirse en un tratamiento para seres humanos y no significa que el microorganismo funcione como un “escudo” contra la radiación. 

El estudio, publicado el 25 de agosto de 2026 en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), analizó al hongo Mucor racemosus. Los experimentos indican que su presencia puede modificar tanto el metabolismo como la comunidad de bacterias intestinales, generando una cadena de sustancias que favorecería la respuesta del tejido intestinal ante daños en el ADN ocasionados por la radiación.

Los investigadores observaron que M. racemosus estaba relacionado con la producción de L-glutamato, L-aspartato y DL-lisina, compuestos asociados con una mejor respuesta de las células intestinales. El hongo también produjo metiltioadenosina, conocida como MTA, que favoreció a la bacteria Limosilactobacillus reuteri. Esta, a su vez, incrementó la producción de metionina, vinculada con una mayor tolerancia intestinal a la radiación. 

Para estudiar cómo funcionaba este mecanismo, los científicos utilizaron ratones convencionales y otros libres de gérmenes, es decir, sin microbiota bacteriana. De esta manera pudieron analizar si el efecto procedía directamente del hongo o dependía de su interacción con las bacterias que normalmente viven en el intestino. 

Uno de los experimentos que más llamó la atención utilizó queso fermentado con M. racemosus. Al administrarlo a animales se observó un efecto de protección intestinal frente a la radiación. Los autores aclaran que esto no convierte al queso en un alimento capaz de proteger a las personas: únicamente fue utilizado como una forma experimental de introducir el microorganismo.

El descubrimiento podría abrir una línea de investigación relacionada con la radioterapia. Si en el futuro fuera posible aumentar la resistencia del intestino, podría estudiarse su uso para disminuir algunos efectos secundarios gastrointestinales de estos tratamientos. Antes habría que resolver un problema fundamental: comprobar que una eventual protección beneficie al tejido sano sin hacer también más resistentes a las células tumorales. 

Los investigadores tampoco saben todavía si el hongo tendría que permanecer de manera estable en el intestino para producir el efecto o si bastaría con administrar determinados metabolitos. Además, los resultados corresponden a modelos animales y no existen ensayos clínicos que demuestren el mismo comportamiento en personas.

Por ello, el hallazgo no plantea consumir hongos o alimentos fermentados como método de protección ante una exposición. Tampoco sustituye los sistemas físicos de blindaje, los protocolos para emergencias radiológicas ni los tratamientos médicos. Lo que revela es una posible interacción entre hongos, bacterias y tejido intestinal que podría ayudar a entender cómo aumentar la tolerancia del intestino frente a determinados daños causados por la radiación. 

Muy Interesante 

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