Un equipo internacional de científicos consiguió recuperar información genética de huesos de tortugas gigantes conservados durante más de un siglo en museos y confirmó la existencia de dos linajes extintos de las islas San Cristóbal y Santa Fe, en Galápagos. El hallazgo fue posible pese a que el ADN estaba tan deteriorado que algunas muestras conservaban solamente una pequeña fracción del genoma original.
La investigación, publicada en Proceedings of the Royal Society B, analizó principalmente cinco ejemplares históricos. Parte de los restos de la antigua población de San Cristóbal fueron recuperados en 1906 por una expedición de la Academia de Ciencias de California y uno de ellos había sido fechado entre 1450 y 1630. En Santa Fe existían todavía más dudas, pues los escasos registros históricos llevaron a plantear que algunos huesos encontrados en la isla podían pertenecer a tortugas trasladadas hasta allí por marineros para utilizarlas como alimento.
Los investigadores extrajeron ADN de pequeñas cantidades de hueso seco, pero encontraron material extremadamente fragmentado y con muy poca información genética propia de las tortugas. En lugar de intentar reconstruir artificialmente las partes faltantes, desarrollaron una estrategia computacional para comparar los fragmentos que realmente habían sobrevivido con genomas de ejemplares actuales e históricos y determinar dónde encajaban dentro del árbol evolutivo.
Los resultados mostraron que tres muestras de la población histórica de San Cristóbal formaban un grupo diferente de las tortugas que actualmente viven en esa isla. Las dos muestras de Santa Fe aparecieron relacionadas con las tortugas de Española, pero ocuparon una posición genética propia, lo que respalda la existencia de un linaje evolutivamente diferenciado que desapareció.
Las tortugas gigantes de Galápagos comenzaron su diversificación hace aproximadamente entre dos y tres millones de años. Actualmente sobreviven 13 linajes, mientras que al menos otros cuatro correspondientes a San Cristóbal histórico, Santa Fe, Pinta y Floreana desaparecieron durante los últimos dos siglos. Reconstruir las relaciones entre poblaciones vivas y extintas resulta fundamental para comprender cómo evolucionaron estos animales conforme se formaron y transformaron las diferentes islas del archipiélago.
El método utilizado también podría tener aplicaciones más allá de Galápagos. Museos de todo el mundo conservan huesos, pieles y tejidos de animales extintos cuyo ADN se encuentra demasiado degradado para los métodos tradicionales. El nuevo trabajo demuestra que incluso muestras con una cobertura genética extremadamente baja pueden proporcionar información útil sin necesidad de disponer de un genoma completo.
El descubrimiento también puede contribuir a la conservación de las tortugas actuales. Durante siglos, navegantes trasladaron ejemplares entre las islas para utilizarlos como alimento y algunos pudieron sobrevivir y reproducirse con poblaciones locales. Esto abre la posibilidad de que linajes desaparecidos como poblaciones independientes todavía conserven parte de su ADN en tortugas híbridas vivas.
Identificar con mayor precisión la genética de las poblaciones históricas permitiría buscar ese legado entre los ejemplares supervivientes y apoyar programas de conservación. El estudio muestra así que antiguos fragmentos óseos guardados durante décadas pueden aportar información no solo sobre las tortugas que desaparecieron, sino también sobre las posibilidades de preservar parte de su herencia genética en el futuro.
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