Roma, Italia.- Hace unos 2 mil años, los romanos tenían una manera de limpiar la ropa que hoy resultaría bastante desagradable: utilizaban orina humana para eliminar la suciedad y la grasa de las telas, una práctica que incluso llegó a convertirse en un negocio importante dentro del Imperio romano.
Aunque parezca extraño, este método tenía una explicación química. Cuando la orina permanecía almacenada durante cierto tiempo, la descomposición de la urea favorecía la formación de amoníaco, una sustancia que ayudaba a desprender las grasas y la suciedad acumuladas en los tejidos.
Los romanos desconocían el proceso químico, pero habían comprobado que funcionaba, por lo que comenzaron a aprovechar este recurso en establecimientos especializados conocidos como fullonicae, que eran una especie de lavanderías de la época.
En estos talleres, los trabajadores, llamados fullones, introducían las prendas en recipientes con agua y sustancias limpiadoras, entre ellas orina almacenada. Después pisaban repetidamente las telas para facilitar la eliminación de las impurezas.
El proceso no terminaba ahí. La ropa también era enjuagada, cepillada y, en algunos casos, sometida a otros tratamientos para mejorar su apariencia. Estas técnicas se utilizaban especialmente con tejidos de lana, que requerían cuidados para retirar las grasas propias de su elaboración.
Una de las principales pruebas arqueológicas de esta actividad se encuentra en Pompeya, donde las excavaciones permitieron descubrir antiguas instalaciones dedicadas al tratamiento de textiles.
Entre ellas destaca la lavandería de Estéfano, un edificio que originalmente fue una vivienda y posteriormente se adaptó como taller. En su interior se encontraron pilas, recipientes y espacios donde los trabajadores realizaban las distintas etapas de limpieza.
Las instalaciones quedaron sepultadas por la erupción del volcán Vesubio en el año 79, lo que permitió conservar parte de su estructura hasta nuestros días.
El aprovechamiento de la orina llegó a ser tan importante que incluso llamó la atención del emperador Vespasiano, quien gobernó Roma entre los años 69 y 79 y estableció un impuesto relacionado con su recolección.
Según el historiador Suetonio, cuando su hijo Tito cuestionó que el gobierno obtuviera dinero de una actividad tan desagradable, Vespasiano le mostró una moneda procedente de aquella recaudación y le preguntó si tenía mal olor.
La anécdota quedó relacionada con la famosa expresión latina “pecunia non olet”, que significa “el dinero no huele”, aunque esa frase no aparece literalmente en el relato de Suetonio.
Los historiadores aclaran que no toda la ropa romana se lavaba con orina y que también se utilizaban minerales y tierras con propiedades limpiadoras. Sin embargo, su presencia en la industria textil demuestra cómo aquella civilización aprovechaba materiales que actualmente consideramos desechos.
Lo que hoy parece una práctica antihigiénica fue, durante siglos, una solución utilizada para mantener y acondicionar las prendas en una sociedad que todavía no contaba con los detergentes modernos.
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