Nuevas técnicas científicas están permitiendo descubrir qué hay debajo de la superficie de pinturas y murales famosos, desde bocetos descartados y restauraciones antiguas hasta pigmentos inesperados y detalles que pueden aportar pistas sobre cómo fueron creadas.
Entre las herramientas más utilizadas se encuentran los rayos X, la reflectancia infrarroja, la luz ultravioleta y la espectroscopía Raman. Cada una permite observar características distintas sin necesidad de dañar las obras.
Los rayos X, por ejemplo, pueden mostrar cambios de composición, zonas repintadas o materiales con elementos pesados como plomo y mercurio. La luz infrarroja ayuda a revelar dibujos preparatorios que quedaron escondidos bajo las capas de pintura, mientras que la ultravioleta permite identificar barnices y restauraciones.
Uno de los casos estudiados recientemente ocurrió en la Sala de Constantino de los Museos Vaticanos. Durante trabajos de restauración se descubrió que dos figuras alegóricas fueron pintadas al óleo directamente sobre el muro, a diferencia del resto de la decoración realizada al fresco.
Esta diferencia ha sido interpretada como una posible prueba de experimentación técnica relacionada con el entorno de Rafael, aunque por sí sola no permite establecer una autoría definitiva.
Otro ejemplo involucra a La creación, el primer gran mural de Diego Rivera, realizado entre 1922 y 1923. Durante años se describió la obra como una pintura encáustica elaborada con cera de abeja y resinas.
Sin embargo, un análisis microquímico publicado en 2026 encontró compuestos compatibles con resina de copal, pero no detectó evidencia de cera de abeja en las muestras estudiadas. Los investigadores consideran que esto podría explicarse por cambios realizados durante la preparación, degradación de los materiales o limitaciones del muestreo.
La ciencia también ha sido utilizada para estudiar Salvator Mundi, obra atribuida a Leonardo da Vinci. Investigadores analizaron las pequeñas manchas representadas dentro del orbe transparente que sostiene la figura de Cristo y plantearon que podrían corresponder a inclusiones naturales presentes en una esfera de cuarzo.
El hallazgo no resuelve la discusión sobre quién pintó la obra, ya que la atribución también depende de factores como el estilo, la procedencia, las restauraciones y la comparación con trabajos documentados.
Estas herramientas también se aplican al arte prehistórico. En Sulawesi, Indonesia, investigadores lograron establecer que una huella de mano encontrada en una cueva tiene una antigüedad mínima de 67 mil 800 años mediante el análisis de capas de calcita formadas sobre la pintura.
Incluso la inteligencia artificial comienza a utilizarse para comparar texturas, pinceladas y características microscópicas entre diferentes obras. Sin embargo, los especialistas advierten que estos sistemas ofrecen probabilidades y patrones, no respuestas definitivas.
La principal conclusión es que la tecnología puede aportar información que antes permanecía oculta, pero no sustituye el trabajo de historiadores, restauradores y especialistas. Más que resolver por sí sola los misterios del arte, la ciencia ofrece nuevas piezas para reconstruir la historia de cada obra.
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