Sentir la presencia de una persona que murió, escuchar su voz o incluso creer verla por un instante puede ser una experiencia más común de lo que parece durante el duelo.
Una revisión científica publicada en 2026 señala que entre 50 y 60 por ciento de las personas que atraviesan una pérdida han experimentado alguna sensación relacionada con el fallecido, desde percibir que está cerca hasta escuchar, ver, tocar u oler algo que lo recuerda.
Este tipo de experiencias son conocidas como experiencias sensoriales y cuasisensoriales del fallecido. Los especialistas advierten que, por sí solas, no significan que exista un problema de salud mental.
Una posible explicación se encuentra en la manera en que funciona el cerebro. Durante años de convivencia, las personas aprenden voces, rostros, horarios, movimientos y rutinas de quienes forman parte de su vida. Cuando alguien muere, esas asociaciones no desaparecen de inmediato.
Por ello, un ruido, una silueta, un aroma o una situación cotidiana pueden activar expectativas muy arraigadas y generar por unos momentos la sensación de que esa persona continúa presente.
Investigadores también plantean que el duelo obliga al cerebro a reajustar poco a poco esas predicciones. Saber conscientemente que alguien murió no necesariamente significa que todas las rutinas y respuestas emocionales aprendidas se adapten al mismo ritmo.
Estudios realizados desde hace décadas han encontrado además que muchas de estas experiencias son consideradas reconfortantes por quienes las viven, aunque en algunos casos pueden generar angustia y requerir acompañamiento profesional.
La ciencia, sin embargo, hace una distinción importante: hasta ahora no existe evidencia que demuestre una comunicación real con personas fallecidas. Estas percepciones son estudiadas como parte de los procesos psicológicos, emocionales y sensoriales asociados con el duelo.
El tema volvió a llamar la atención a partir de la miniserie “Mis muertos tristes”, de Netflix, que utiliza estas experiencias como parte de su historia y abrió nuevamente la conversación sobre cómo el cerebro enfrenta la ausencia de alguien cercano.
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