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Hay fechas que terminan siendo más fuertes que los gobiernos que intentaron controlarlas. El 2 de octubre de 1968 es una de ellas. Han pasado 58 años desde la represión en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco y la frase “2 de octubre no se olvida” continúa apareciendo en marchas, escuelas, universidades, discursos y paredes.


Los hechos ocurrieron durante el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz, emanado del PRI, en una época en la que ese partido concentraba buena parte del poder político del país, pero fue hasta el 2024 cuando el Estado mexicano reconoció formalmente que la violencia gubernamental ejercida contra el movimiento estudiantil constituyó un crimen de lesa humanidad, y ofreció una disculpa pública a las víctimas, sus familiares y la sociedad. 


Ahí aparece una de las grandes ironías de la historia, sin tratar de burlarse de una tragedia: aquello que desde el poder se intentó contener, desacreditar o silenciar terminó convertido, décadas después, en una verdad que el propio Estado tuvo que reconocer oficialmente.


Todavía resulta más significativo que ese reconocimiento haya sido firmado el 2 de octubre de 2024 durante la primera conferencia matutina de Claudia Sheinbaum como presidenta. En 2025 volvió a recordarse desde Palacio Nacional el acuerdo y este 2026, dos años después, la conmemoración vuelve a las calles. 


Este viernes, a 58 años de Tlatelolco, organizaciones encabezadas por el Comité 68 convocaron nuevamente a marchar desde la Plaza de las Tres Culturas hasta el Zócalo de la Ciudad de México a partir de las 16:00 horas. Es decir, el recuerdo no quedó convertido únicamente en ceremonia oficial: sigue existiendo también en la protesta pública. 


Y quizá eso sea lo más curioso del 2 de octubre.


En 1968 el problema para el poder eran estudiantes organizándose, marchando, repartiendo volantes y exigiendo diálogo público. Hoy el Estado mexicano no solamente reconoce oficialmente aquellos hechos, sino que buena parte de los documentos relacionados con el movimiento puede consultarse en archivos públicos. Expedientes que durante años estuvieron reservados o fueron de difícil acceso terminaron formando parte de colecciones abiertas para reconstruir lo ocurrido. 


Es casi el recorrido inverso de la censura: primero se intenta controlar la información, después llegan los testimonios, luego aparecen documentos, investigaciones y archivos, y finalmente la versión que alguna vez resultó incómoda, termina formando parte de la memoria institucional.


También hay una advertencia para el presente. Recordar el 2 de octubre como una manera de señalar al PRI actual sería quedarse con una parte muy pequeña de la historia. Es un hecho que Díaz Ordaz pertenecía al PRI y que aquel era un gobierno priista, pero las responsabilidades históricas corresponden a las autoridades e instituciones que participaron en aquellos acontecimientos; no se trasladan automáticamente a cualquier persona que hoy milite en ese partido.


Del mismo modo, ningún gobierno contemporáneo debería suponer que por reconocer la tragedia queda automáticamente del lado correcto de la historia. La memoria del 68 resulta incómoda precisamente porque obliga a revisar al poder sin importar qué partido tenga las oficinas, las mayorías o las fuerzas de seguridad.


Ese quizá sea el sentido más vigente de “2 de octubre no se olvida”.


No se trata únicamente de recordar quién gobernaba México hace 58 años. También se trata de recordar qué ocurre cuando una autoridad comienza a considerar la crítica como una amenaza, cuando intenta convertir al inconforme en enemigo o cuando cree que tener el poder significa tener también la razón.


La historia tuvo una última ironía con aquel México de 1968: pocos días después de Tlatelolco, el país inauguró unos Juegos Olímpicos con los que pretendía mostrar al mundo modernidad y estabilidad. Sin embargo, más de medio siglo después, de aquel octubre mexicano se sigue hablando, tanto o más, de la Plaza de las Tres Culturas que de las medallas.


Los gobiernos duran seis años. Algunas consignas, mucho más.


Y esa es posiblemente la explicación más sencilla de por qué, 58 años después, el 2 de octubre todavía no se olvida.

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