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Por Emilio Lezama.- No he conocido un profesor que no comience su curso aludiendo a un futuro agradecimiento de sus alumnos. ‘Algún día me lo van a agradecer’; la clásica muletilla del profesor no siempre es cierta, pero cuando lo es, acaba definiendo nuestra vida. Cuando tenía seis años una profesora le recomendó a mi mamá que me leyera El león, la bruja y el ropero; pasé el resto de mi infancia buscando el otro lado a los armarios; no encontré Narnia pero si un gusto insaciable por el descubrimiento y el mundo de la literatura. Con un sólo gesto, los grandes profesores nos abren las puertas de mundos desconocidos.
Al final de la película La sociedad de poetas muertos los alumnos se paran sobre la mesa en signo de lealtad a su profesor; la única vez que yo me paré sobre un pupitre me corrieron del salón. Pero la indisciplina tiene su premio; el profesor Jinich me encontró en el patio y me ofreció la mitad de su torta y una buena historia. Algunos profesores nos transforman por lo que enseñan en clase, otros por cómo viven fuera de ésta.
La mayoría de las veces uno empieza a agradecer las cosas por método de contraste. En el universo conservador de la educación en México, el valor maś alto es la —falsa— disciplina; en mi secundaria me regresaban a casa por no traer los zapatos boleados, pero jamás tuvieron el mismo ímpetu para fomentar la lectura. Afortunadamente mi primaria no fue así; dirigida por Azul Gómez, mis años de infancia se pasaron en un ambiente de libertad y creatividad. La escuela nos enseñó a buscar y codiciar el conocimiento; no a memorizarlo ni a temerle.
En mi primaria el profesor de educación física era una leyenda; llegaba todas las mañanas en un largo carro negro que ya por esas épocas parecía provenir de un pasado inmemoriable; el Natimóvil. Mientras nos hacía correr alrededor de la cancha, el profesor entonaba melodías en un barítono burlón; “ponte al sol, para que te dé calor, porque pareces ve-la”. Sería difícil adjudicarle a sus clases un gusto inexistente por la condición física, pero no queda duda que esas vueltas nos llenaron de una extraña pasión por la vida.
Un buen profesor es el que construye la ilusión de que la excepcionalidad es un estado normal. En sexto de primaria hicimos nuestro propio juego de mesa y leímos muchos de los clásicos de la literatura de aventura. Estábamos tan adentrados en nuestros proyectos que no nos dimos cuenta de lo que realmente estaba sucediendo; nuestros profesores no querían volvernos superdotados, sino unidos. A través de estos retos intelectuales fueron construyendo una comunión inusitada en el grupo; si un año atrás nuestro pequeño universo estaba dividido en pequeñas constelaciones de amigos, para el final de ese año nos habíamos vuelto un solo grupo.
Tengo una imagen nítida del momento en el que nos dimos cuenta que la primaria y —con ello— una parte importante de nuestra vida se había acabado. Estábamos en el viaje de graduación contando historias alrededor de una fogata cuando una tristeza encubrió el ambiente. Agobiados por la intensidad de un fin inescapable, varios tomaron la palabra; éramos aún niños pero lo suficientemente sabios para entender que con el futuro no contábamos, pasamos la noche entre historias del pasado y con ello llegaron irremediablemente las lágrimas. Emocionados como estábamos por lo que venía, entendimos que nuestro triunfo más importante éramos nosotros mismos.
¿Dónde estaban los profesores esa noche? No lo recuerdo; a pesar de que sé que estaban ahí, no tengo la memoria de ellos en ese momento. Su ausencia de mi recuerdo es una constatación de su importancia. Esa noche era la concretación de sus objetivos, ahora daban un paso fuera de los reflectores permitiéndonos gozar de los frutos de su trabajo. Habían construido el escenario y una vez terminado se habían escabullido sigilosamente tras bambalinas. Aquella fogata culminó con una enseñanza en ese momento aún inarticulable: detrás de cada éxito hay un profesor invisible que nos llevó ahí.

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