Las aplicaciones de mapas que utilizamos todos los días pueden parecer una representación objetiva del mundo, pero detrás de cada carretera, frontera, negocio o nombre que aparece en la pantalla existe una serie de decisiones matemáticas, humanas y tecnológicas.
Cada mapa digital se construye a partir de tres elementos principales: la proyección utilizada para representar la superficie curva de la Tierra en una pantalla plana, las bases de datos disponibles y los algoritmos encargados de decidir qué información mostrar en cada momento.
Esto significa que un sitio puede existir físicamente y, aun así, no aparecer en una aplicación porque todavía no ha sido incorporado, validado o autorizado dentro de sus bases de datos.
El problema comienza incluso antes de entrar al mundo digital. Ningún mapa plano puede representar perfectamente una esfera, por lo que todas las proyecciones sacrifican determinadas características.
La proyección de Mercator, creada en 1569 para facilitar la navegación marítima, conserva correctamente los ángulos y direcciones, pero aumenta considerablemente el tamaño aparente de los territorios cercanos a los polos.
Por esta razón, Groenlandia puede parecer casi tan grande como África en algunos mapas basados en Mercator, aunque el continente africano tiene una superficie aproximadamente 14 veces mayor.
Otra alternativa es Equal Earth, presentada en 2018. Este sistema mantiene de forma más precisa las proporciones entre las superficies de los continentes, aunque a cambio modifica formas, ángulos y distancias.
La discusión llegó recientemente a Naciones Unidas. El 4 de septiembre de 2026, la Asamblea General aprobó por 164 votos a favor, uno en contra y seis abstenciones una resolución que promueve el uso de proyecciones que representen con mayor precisión el tamaño relativo de los continentes cuando este dato sea importante. La decisión no prohíbe Mercator ni modifica fronteras o soberanía territorial.
En las aplicaciones actuales, además de la proyección existe otro filtro: los datos disponibles.
Google Maps utiliza información procedente de organismos públicos, empresas especializadas, imágenes de satélite, Street View y aportaciones realizadas por los propios usuarios. Sin embargo, no toda la información enviada termina necesariamente publicada.
Apple Maps también permite reportar negocios ausentes, direcciones incorrectas, problemas de navegación o incidencias de tráfico. La compañía evalúa esos datos antes de incorporarlos o mostrarlos, aunque no hace públicos todos los criterios utilizados por sus algoritmos.
OpenStreetMap funciona de manera diferente. Su base de datos es colaborativa y se alimenta de información aportada por usuarios, recorridos GPS, observaciones directas y conjuntos de datos que cuentan con licencias compatibles.
Esto puede provocar que un camino rural conocido por los habitantes de una comunidad aparezca en OpenStreetMap, pero todavía no exista en otras plataformas comerciales.
La ausencia de un barrio, sendero o establecimiento tampoco significa necesariamente que alguien haya decidido ocultarlo. Puede deberse a información desactualizada, falta de validación, problemas de licencia, diferencias de idioma o simplemente al nivel de acercamiento utilizado en la pantalla.
Los algoritmos también seleccionan qué elementos consideran más relevantes. Una aplicación puede destacar restaurantes, gasolineras o comercios en determinadas escalas mientras oculta otros elementos para evitar saturar el mapa.
Algo similar ocurre con las rutas. Cuando una aplicación recomienda un camino no está mostrando necesariamente la única posibilidad, sino aquella que su sistema considera más conveniente según factores como distancia, tráfico, restricciones de circulación o tiempo estimado.
Las fronteras añaden otra dificultad. La manera en que una plataforma dibuja o identifica un territorio representa una decisión cartográfica y no determina jurídicamente quién ejerce soberanía sobre él.
Por ello, un mismo lugar puede aparecer con nombres, límites o etiquetas diferentes dependiendo de la aplicación, el idioma seleccionado, el país desde donde se consulta o las fuentes utilizadas.
El avance de los mapas digitales ha hecho que estas decisiones sean menos visibles para los usuarios. En un mapa impreso era relativamente fácil identificar al editor y la proyección utilizada; en un teléfono, buena parte de esas elecciones ocurre automáticamente.
Así, el mapa que aparece en la pantalla no funciona simplemente como una fotografía del planeta. Es el resultado de datos, licencias, reglas de representación y algoritmos que constantemente deciden qué mostrar, cómo hacerlo y qué información dejar temporalmente fuera.
Muy Interesante

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