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Por Cecilia Kühne.- Atendiendo a la fiesta de mañana mismo, toda teñida de esplendor y monarquía, donde comeremos coronas disfrazadas de roscas de pan dulce, como regalo para usted, lector querido, le platicaré una historia.

Se dice que la primera vez que el mundo miró la imagen con el nombre de los Reyes Magos fue en la iglesia de San Apolinar, en Rávena, Italia, donde existía un friso decorado con mosaicos de mediados del siglo VI, que representaba una procesión. La caminata se representaba conducida por tres personajes vestidos a la moda persa, tocados con un gorro frigio y en actitud de ir a ofrecer lo que llevaban en las manos a la Virgen María, sentada en un trono y con el niño Dios en su rodilla izquierda. Encima de sus cabezas se podían leer tres nombres, de derecha a izquierda: Melchor, Gaspar y Baltasar, por supuesto.

Hermosa descripción gráfica, lector querido, pero vayamos a una fuente comprobada. Es en el Evangelio según San Mateo –capítulo 2, versículos del 1 al 12– donde se narra cómo unos magos llegaron a Belén para adorar y ofrecer sus místicos dones al recién nacido Mesías, tras burlar con éxito al rey Herodes, el infanticida más temido y salvaje de la historia antigua. Mateo, sin embargo, no ofrece detalles sobre el origen de tan singular trío, ni siquiera afirma que fueran precisamente reyes, por lo que muchos autores consideran que el evangelista, que escribía para un público cautivo, utilizó la metáfora monárquica como recurso para afirmar la naturaleza divina y el carácter de Jesús como el Mesías, un personaje digno de recibir los honores de reyes y mendigos.

Más tarde, santos escribanos y muy amenos cronistas abundaron en la historia de aquellos personajes: tres dadivosos reyes guiados hasta Belén por una estrella. (Tiempos en que la astronomía parecía ser cosa de magia, no se hablaba de la geopolítica y nadie cantaba villancicos).

Las investigaciones continuaron hasta comprobar que en cuanto a sus nombres originales tampoco podían presumirse certezas. Los tres que han llegado hasta nosotros en la tradición occidental, se llamaron de muchos modos según la zona y el idioma: en griego les decían, Appellicon, Amerín y Damascón y en hebreo, Magalath, Galgalath y Serakin.

Su aspecto, también polémico, dicen fue un invento de Beda, un monje benedictino del siglo XVI, que los describió así: "Melchor, anciano de blancos cabellos y larga barba del mismo color; Gaspar, más joven y rubio, y Baltasar, negro". Por ello, se sospecha que el monje quiso lanzarlos a la fama como representantes de Europa, Asia y África, y acotar así la soberanía de Cristo sobre todas las razas y regiones.

La Iglesia, en su liturgia, atribuyó a los Magos las palabras: «Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán presentes; los reyes de Arabia y de Saba le traerán sus regalos: y todos los reyes de la Tierra le adorarán».

Como ya queda claro, la costumbre de obsequiar algo a los niños este día es una tradición tan añeja como bíblica, una representación casi teatral donde los infantes son como el niño Dios y los padres unos magos, pues además de reinar en el hogar se las arreglan para conseguir regalos a veces más dificultosos que el triple paquete de oro, incienso y mirra.

Decía John Gay, un escritor inglés medieval muy bueno, pero bastante estricto en cuanto a las celebraciones y la primera educación, que era importante desarrollar la mente de los infantes. Y que el regalo más valioso no era un dulce o un juguete, sino desarrollarles la conciencia. (Dígale usted esto a un niño que espera el Día de Reyes y verá lo que es un inconsciente).

La historia comprobada, apta para todo público cuenta que los Magos que llegarán hoy por la noche a muchos hogares mexicanos vinieron desde alguna parte del Imperio parto, probablemente cruzaron el desierto entre el Éufrates y Siria, llegaron a Haleb recorriendo el trayecto hasta Damasco y giraron hacia el sur, en lo que ahora es la gran ruta a la Meca. Después continuaron por el Mar de Galilea y el Jordán, hasta cruzar el vado cerca de Jericó para acabar en Belén. Y que fue allí, en un zapato, donde los Reyes depositaron sus presentes y luego, porque son magos, leyeron todas las cartas atadas en los globos, reunidas en los buzones de todas la ciudades y llegaron hasta acá. No es necesario explicar que la travesía es un símbolo que habla del viaje y el brío de los caminantes. Esfuerzos que son igualitos a los suyos, lector querido, empezando a escalar la empinada cuesta de enero para contentar a sus propios santos inocentes.

El final del recorrido de los Reyes Magos, tras una ruta tan larga, también es historia curiosa: Mateo sólo dice que regresaron a sus tierras por otro camino, la tradición piadosa afirma que se hicieron discípulos de Santo Tomás, otros, que fueron consagrados obispos y muchos que acabaron martirizados hacia el año 70. Sin embargo, una vez cumplida la misión, poco importa a dónde fueron ¿no es así lector querido?

Ya sabemos que harán magia y volverán el próximo año.

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