En la madrugada de este 3 de enero, tropas de Estados Unidos realizaron una criminal incursión en territorio venezolano. Bombardearon distintos puntos estratégicos de ese país. Dañaron infraestructura. Asesinaron a militares, civiles y secuestraron al presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros y a su esposa, Cilia Flores.
La operación representa el más grave y violento ataque que haya perpetrado Estados Unidos en contra de un país de América desde la invasión a Granada (1983) y Panamá (1989).
Desde septiembre de 2025, bajo el pretexto del combate al narcotráfico, el gobierno de Donald Trump desplegó una nueva ofensiva contra Venezuela que pasó, de presiones económicas y ataques contra lanchas que supuestamente transportaban drogas, al secuestro de embarcaciones petroleras y al máximo cerco naval y aéreo nunca antes visto, con el fin de derrocar al gobierno de Nicolás Maduro para instaurar un gobierno títere que entregue el petróleo, el agua y los demás recursos de ese país al imperialismo.
La ofensiva contra Venezuela se da en el contexto de que Donald Trump lanzara su corolario de la Doctrina Monroe para reforzar la hegemonía imperial desgastada por los cambios geopolíticos a nivel global bajo el dominio mediático global de Estados Unidos, se intenta mostrar que la operación criminal tiene el respaldo del pueblo de Venezuela.
Solo escasas y marginales muestras de apoyo a Trump se han visto en algunas ciudades de Europa y América Latina. Ninguna en Venezuela. Tampoco han logrado que ninguna fuerza política con presencia real en Venezuela salga a apoyar el secuestro del Presidente.
Sin embargo, las operaciones de terror sicológico van construyendo la escena ideal para el “cambio de régimen” añorado por Trump: un Nicolás Maduro esposado y vestido con ropa de reo, presentado ante un tribunal de Nueva York como si fuera una redición del juicio contra el Chapo Guzmán.
Degradar a reo común al Presidente y líder del proceso revolucionario en Venezuela resulta necesario para que el imperialismo logre avanzar en lo que promete que será “una transición pacífica” entre la actual presidenta interina de la República, Delcy Rodríguez, y la antipatriota María Corina Machado y el ex candidato opositor Edmundo González.
El llamado “cambio de régimen” no es más que lograr imponer a un gobernante “títere” que entregue los recursos naturales de ese país a Estados Unidos.
Sin lugar a dudas, el secuestro de Maduro y su esposa, pudo concretarse tanto por errores de inteligencia y seguridad venezolanos como por una infiltración exitosa de Estados Unidos en el círculo de mayor confianza del Presidente venezolano. Sin embargo, aun se está lejos de lograr concretar el cambio de régimen. Los hechos al interior del país lo demuestran.
En Venezuela la inmensa mayoría del país pasó muy rápidamente de la confusión y conmoción de las primeras horas de la mañana, a la indignación, el coraje y la disposición de combate. Miles de personas salieron a las calles a exigir la presentación con vida de su Presidente y condenaron los hechos militares de Estados Unidos.
Las Fuerzas Armadas han demostrado su unidad y fidelidad para con el pueblo y su Presidente. Más allá del relato que se ha querido sostener sobre que en Venezuela se vive una dictadura que socava las libertades civiles, la revolución bolivariana iniciada bajo el liderazgo de Hugo Chávez en 1998 y hoy continuada por el de Nicolás Maduro, ha logrado construir una unidad entre el pueblo, las fuerzas armadas, la policía y las milicias bolivarianas que la operación del 3/01/26 no podrá quebrar tan fácilmente.
Una organización de 5 mil 336 comunas y Circuitos Comunales, junto a las Milicias Bolivarianas que ya se encuentran armadas y desplegadas en todo el territorio nacional. Ellas son la base del único poder que, más allá del aparato de Estado, puede frenar la ocupación neocolonial, el poder popular.
Hoy es la hora del pueblo de Venezuela. La capacidad que éste tenga para defender su territorio calle por calle, comuna por comuna, así como la determinación que mantenga para no dejarse quebrar ante cualquier traición o intento de algún político apátrida que se presente como el capaz de garantizar la transición añorada por Trump, será la cuestión más determinante del futuro soberano de ese país.
Se vienen días muy difíciles para Venezuela y para el mundo. En un momento en que los organismos internacionales mostraron su incapacidad para detener el genocidio en Gaza, contemplamos aterrados lo que puede venir.
Sin embargo, vencer al horror, aun en los tiempos más oscuros, es una posibilidad. La esperanza podrá emerger solo desde abajo, desde el pueblo de Venezuela y de un consecuente movimiento en el mundo que ocupe las calles y derrote a la indiferencia y al terror.

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