El hallazgo se centra en un ungüentario romano, un tipo de pequeño frasco de vidrio muy común en yacimientos arqueológicos del Imperio. Estos recipientes aparecen con frecuencia en tumbas, viviendas y contextos rituales, y durante décadas se han interpretado casi de forma automática como envases de cosméticos, aceites perfumados o preparados de higiene personal. Esa clasificación, cómoda y lógica, apenas se había cuestionado.
En este caso concreto, el frasco se conservaba en el Museo Arqueológico de Bergama, en Turquía, la antigua Pérgamo. A diferencia de otros ejemplos similares, aún contenía restos sólidos adheridos a su interior, unas escamas de color marrón oscuro que habían sobrevivido al paso del tiempo. Otros recipientes almacenados en el museo presentaban trazas parecidas, pero solo este conservaba suficiente material para un análisis químico completo.
La decisión de estudiar ese residuo cambió el rumbo de la investigación. En lugar de asumir que se trataba de restos degradados de aceites o perfumes, los investigadores aplicaron técnicas modernas de identificación molecular. El frasco dejó de ser un objeto arqueológico genérico para convertirse en una cápsula química del pasado, capaz de aportar información directa sobre prácticas médicas reales y no solo descritas en textos.
Qué revela la química sobre el contenido del frasco
El análisis del residuo se realizó mediante cromatografía de gases y espectrometría de masas, dos técnicas que permiten descomponer una sustancia en sus componentes y detectar compuestos específicos incluso en cantidades muy pequeñas. Gracias a este método, los investigadores identificaron dos moléculas clave: coprostanol y 24-etilcoprostanol.
Estas sustancias se generan en los sistemas digestivos de humanos y animales a partir del colesterol. Su presencia es considerada un biomarcador inequívoco de materia fecal. Además, la proporción entre ambos compuestos permitió determinar algo aún más concreto: el origen era humano, no animal. Esta distinción es fundamental, porque elimina interpretaciones alternativas relacionadas con fertilizantes, contaminación ambiental o residuos accidentales.
Junto a estos biomarcadores fecales, el análisis detectó otro compuesto relevante: carvacrol, una sustancia aromática presente en el aceite de tomillo. Esta combinación química —heces humanas y un componente vegetal aromático— no es aleatoria. Refleja una mezcla intencional, preparada con conocimiento de sus propiedades sensoriales y posiblemente terapéuticas, tal como describen los textos médicos antiguos.
Los textos antiguos ya lo decían, pero faltaban pruebas
Autores clásicos como Galeno, Plinio el Viejo o Dioscórides mencionaron en sus obras el uso de excrementos humanos y animales con fines médicos. Se prescribían para tratar inflamaciones, infecciones, heridas o determinados problemas ginecológicos. Sin embargo, durante mucho tiempo estas referencias se interpretaron con cautela. Para muchos historiadores, podían ser recetas teóricas, exageraciones literarias o prácticas marginales nunca aplicadas de forma real.
El contenido de este frasco cambia ese enfoque. Según recogen los artículos periodísticos, el estudio aporta la primera evidencia química directa de que esas recetas no se quedaban en el papel. En palabras del equipo investigador, se trata de una confirmación de que “estos remedios fueron materialmente aplicados, no solo teorizados en textos médicos”.
La localización del hallazgo refuerza esta interpretación. Pérgamo fue uno de los grandes centros médicos del mundo romano y está estrechamente asociada a Galeno, uno de los médicos más influyentes de la Antigüedad. El contexto geográfico, cronológico y químico encaja de forma coherente, lo que reduce aún más la posibilidad de una explicación alternativa.
El papel del olor y la experiencia del paciente
Uno de los aspectos más reveladores del hallazgo es la presencia de carvacrol, el componente aromático del tomillo. Los textos antiguos señalan que los médicos eran conscientes del rechazo que podían provocar ciertos ingredientes, y recomendaban mezclar sustancias de olor fuerte con hierbas aromáticas para hacer los tratamientos más tolerables. La química del frasco coincide con esas instrucciones escritas.
Este detalle sugiere que los médicos romanos no solo pensaban en la eficacia del remedio, sino también en la experiencia del paciente. El olor tenía un valor diagnóstico, simbólico y práctico dentro de la medicina antigua. Enmascarar el hedor de las heces no era un capricho, sino una forma de facilitar la aplicación del tratamiento y aumentar su aceptación.
Además, este hallazgo refuerza una idea importante: en la práctica romana, las fronteras entre cosmética, higiene y medicina eran difusas. Un preparado podía cumplir varias funciones a la vez, desde aliviar una dolencia hasta cumplir un papel social o ritual. El ungüentario, por tanto, no era solo un frasco médico, sino un objeto integrado en la vida cotidiana.
Por qué no se habían encontrado pruebas antes
La ausencia previa de evidencias físicas de este tipo de medicina tiene varias explicaciones. En primer lugar, la materia orgánica se degrada con facilidad, especialmente en climas húmedos o suelos ácidos. Que este residuo haya sobrevivido casi dos mil años es, en sí mismo, excepcional.
A ello se suma un factor cultural. El uso de excrementos como medicina provoca rechazo en la actualidad, lo que ha podido influir en la falta de interés científico por investigar este tipo de restos. Durante décadas, muchos recipientes con residuos similares pudieron ser descartados o limpiados sin un análisis detallado.
La combinación de arqueología, química analítica y lectura crítica de fuentes antiguas ha permitido superar ese bloqueo. Este frasco demuestra que ciertos aspectos incómodos del pasado también forman parte de la historia de la medicina, y que ignorarlos empobrece nuestra comprensión de cómo se trataba la enfermedad en otras épocas.
Un eco inesperado en la medicina moderna
Aunque el estudio no establece una relación directa de eficacia clínica, los artículos señalan un paralelismo inevitable con prácticas actuales como los trasplantes de microbiota fecal, utilizados hoy para tratar infecciones intestinales graves. En ambos casos, el principio básico es similar: aprovechar componentes biológicos presentes en las heces para restaurar un equilibrio perdido.
Esta comparación no convierte a la medicina romana en precursora directa de la microbiología moderna, pero sí invita a una reflexión más matizada. Algunas prácticas antiguas, por rudimentarias o desagradables que parezcan, respondían a observaciones empíricas reales, aunque carecieran de la base teórica actual.
El pequeño frasco de Pérgamo no rehabilita todas las recetas médicas antiguas, pero sí demuestra que la línea entre superstición y experiencia práctica fue más compleja de lo que suele asumirse. La química moderna ha permitido, por primera vez, comprobarlo de forma tangible.
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