No eran los mamíferos que conocemos hoy. Eran criaturas de aspecto roedor, del tamaño de entre un ratón y una rata, que compartían el suelo ártico con dinosaurios y cuyo linaje llegaría a sobrevivir más de cien millones de años, atravesando incluso el impacto que borró del mapa a los grandes reptiles. Sus restos, tres conjuntos de dientes fósiles procedentes de la Prince Creek Formation de Alaska, han permitido describir tres nuevas especies en un estudio publicado esta semana en Proceedings of the National Academy of Sciences, firmado por Sarah L. Shelley, de la Universidad de Lincoln, junto a Jaelyn J. Eberle, Gregory M. Erickson y Patrick S. Druckenmiller.
La Prince Creek Formation se encuentra a una paleolatitud de entre 80 y 85 grados norte, equivalente aproximada a la del polo ártico actual. En ese entorno coexistían hadrosáuridos, rapaces y otros vertebrados bajo un régimen climático de oscuridad invernal prolongada y temperaturas bajo cero. Y aun así, los mamíferos ya habían conquistado ese espacio extremo con una diversidad que nadie esperaba encontrar.
Tres animales, tres dietas, un mismo polo
Los tres nuevos taxones pertenecen a los multituberculados, un grupo extinto cuyo nombre hace referencia a los múltiples tubérculos de su dentición. Esa arquitectura dental era una de sus mayores ventajas: les permitía procesar una variedad de alimentos muy superior a la de la mayoría de sus contemporáneos. La herramienta que el equipo usó para describir las nuevas especies fue precisamente el análisis morfológico comparado de esos dientes, la estructura más dura del cuerpo y la que mejor resiste el tiempo en el registro fósil. Su coexistencia en el mismo ecosistema ártico durante el Cretácico tardío no fue casual. El estudio identifica en las diferencias entre sus dientes la huella de un proceso de partición de nicho: tres especies que evolucionaron hacia roles distintos para poder compartir un territorio de recursos limitados sin competir directamente.
Camurodon borealis, cuyo nombre significa "diente curvo del norte", era herbívora. Su morfología dental, aplanada y adaptada al procesado de material vegetal, la sitúa en la familia Cimolomyidae y convierte este hallazgo en la ocurrencia más septentrional conocida de ese grupo. Ningún otro cimolomíido había sido identificado tan cerca del polo.
"Hay una gran diversidad en el grupo de los multituberculados", señaló Shelley. "Vivieron un tiempo increíblemente largo, y creo que pueden revelar mucho sobre la resiliencia de los mamíferos."
Qayaqgruk peregrinus, "el pequeño héroe errante" en lengua inuit, era omnívora con una dieta que combinaba insectos y material vegetal. Su dentición versátil sugiere un animal oportunista, capaz de aprovechar cualquier recurso disponible en un ecosistema con picos de abundancia estacional y escasez invernal. Lo que distingue a Q. peregrinus del resto es su posición filogenética: el análisis la sitúa dentro de los Djadochtatherioidea, un grupo cuyo hogar conocido era Mongolia, a miles de kilómetros de Alaska.
Kaniqsiqcosmodon polaris, "diente ornamentado de la escarcha polar", era también omnívora, aunque con una inclinación mayor hacia las plantas. Su dentición presenta una ornamentación especialmente elaborada. Y su posición en el árbol evolutivo resulta ser la más reveladora del conjunto: es el miembro más antiguo conocido de los Microcosmodontidae, un linaje que millones de años después, ya en el Paleoceno, se diversificaría en el hemisferio norte.
El corredor que nadie esperaba
El vínculo filogenético de Qayaqgruk peregrinus con grupos de Mongolia no es un detalle taxonómico menor. Es la primera evidencia directa de que un multituberculado cruzó desde Asia hacia América del Norte a través de un corredor ártico terrestre. Según el análisis biogeográfico del estudio, ese cruce se produjo hace aproximadamente 91,82 millones de años, bastante antes de lo que los modelos clásicos estimaban para las conexiones continentales de alta latitud.
El Ártico cretácico no era un rincón aislado del mundo sino el cruce de caminos entre dos continentes, una autopista de dispersión que los pequeños mamíferos ya recorrían cuando los dinosaurios dominaban el planeta.
"Esto significa que había un corredor de tierra entre Asia y América del Norte por el que podían pasar estos pequeños mamíferos", explicó Jaelyn Eberle. Los intercambios intercontinentales de fauna en el hemisferio norte eran ya activos hace casi 92 millones de años, lo que modifica la imagen que la paleontología tenía del Ártico como frontera biológica. El estudio lo reformula como nodo activo de distribución y, sobre todo, como lugar de origen de linajes enteros.
"Estas tres nuevas especies añaden evidencias a un conjunto creciente de pruebas de que esta antigua región ártica albergó especies únicas adaptadas al polo", señaló Patrick Druckenmiller, de la Universidad de Alaska en Fairbanks.
El linaje que sobrevivió al mundo antiguo
La historia de Kaniqsiqcosmodon polaris añade una dimensión temporal que va más allá del Cretácico. Como el miembro más antiguo conocido de los Microcosmodontidae, su existencia sugiere que este linaje no surgió en zonas templadas sino en las latitudes más extremas del planeta. El polo como lugar de origen, no solo como corredor de paso.
Ese detalle adquiere otra escala cuando se observa lo que ocurrió a ese grupo después de la catástrofe. Los Microcosmodontidae fueron uno de los linajes que cruzaron el Paleoceno con éxito tras la extinción de los dinosaurios no aviares. La misma familia que nació, según este estudio, en el extremo ártico del Cretácico se ramificó en el hemisferio norte durante los millones de años que siguieron al impacto.
Los multituberculados como grupo persistieron más de cien millones de años, desde el Jurásico hasta el Eoceno, un récord de longevidad entre los mamíferos que incluye haber sobrevivido a la extinción masiva que borró a los grandes dinosaurios. El secreto estuvo en parte en esa capacidad documentada de colonizar entornos extremos y repartir recursos con precisión ecológica, algo que este estudio prueba que ocurría ya en el Ártico del Cretácico tardío, a 80 grados norte.
El estudio deja sin respuesta las preguntas que los dientes fósiles solos no pueden contestar: qué mecanismos fisiológicos permitían a estos animales atravesar la oscuridad invernal, cómo regulaban su metabolismo durante los meses sin luz y cómo organizaban su ciclo reproductivo en ese régimen de estaciones extremas. Solo hay dientes. Las respuestas esperan en el permafrost de Alaska, en los estratos aún no excavados de la Prince Creek Formation.
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