Durante años hemos hablado del cambio climático en términos de glaciares que se derriten y mares que avanzan, pero ahora una nueva investigación sugiere que su huella también se dibuja en un territorio más íntimo: nuestra percepción del futuro y nuestra seguridad financiera.
Un estudio elaborado por las Universidades de Portsmouth y Dundee concluye que las alteraciones prolongadas del clima (en especial las anomalías de temperatura vinculadas al calentamiento global) están deteriorando de forma silenciosa pero significativa el bienestar mental y la confianza económica de las personas. El impacto, aseguran los investigadores, equivale emocionalmente a perder cientos de libras al mes, aunque el salario no haya cambiado.
Un mapa emocional sorprendente
La investigación, publicada en el Oxford Bulletin of Economics and Statistics, analizó cerca de 400.000 respuestas recogidas en Gran Bretaña entre 1991 y 2018. Los datos proceden de encuestas longitudinales como el British Household Panel Survey (BHPS) y el UK Household Longitudinal Study (UKHLS), cruzadas con información meteorológica detallada de 32 estaciones distribuidas por el territorio. El objetivo: comprobar si el sol, la lluvia o las temperaturas inusuales moldean la forma en que las personas evalúan su vida, su salud y su situación económica.
Los resultados dibujan un mapa emocional sorprendente. Un aumento notable de horas de sol (de unas 107 a 290 mensuales) elevó en un 10,5% la probabilidad de que los encuestados se mostraran optimistas respecto a sus finanzas futuras. La lluvia persistente, en cambio, tuvo el efecto contrario: cuando las precipitaciones medias diarias pasaron de 1,7 mm a 4,7 mm, la satisfacción con la vida, la salud y los ingresos cayó alrededor de un 6%.
Sin embargo, el golpe más contundente provino de las anomalías térmicas, es decir, periodos en los que la temperatura supera de forma clara los valores históricos habituales, un fenómeno característico del calentamiento global. Cuando estas anomalías aumentaron de 0,8 °C a 2,1 °C, la probabilidad de expresar opiniones positivas sobre la situación financiera (actual y futura) descendió entre un 9% y un 10%. La satisfacción con la vida y la salud retrocedió entre un 7% y un 9%.
El estudio conecta con una línea de investigación previa que relaciona clima y estado de ánimo. Trabajos como los de Hirshleifer y Shumway (2003) o Kamstra et al. (2003) ya habían observado que los días soleados fomentan el optimismo en los mercados financieros, mientras que el mal tiempo puede alimentar el pesimismo, en línea con el llamado “efecto de congruencia del estado de ánimo”. Esta nueva investigación amplía ese enfoque al terreno cotidiano: no solo los inversores reaccionan al cielo; también lo hacen las familias.
(a) La insolación se refiere al promedio mensual de horas de sol durante el período 1991-2018. (b) La precipitación se refiere al promedio acumulado de precipitaciones, que corresponde a la precipitación media mensual (en mm) durante el período 1991-2018. (c) La anomalía térmica se refiere a la temperatura media mensual anual de 1991 a 2018 menos la temperatura media mensual de 40 años de 1950 a 1990. La media mensual promedio del período de referencia se calcula desde la fecha de apertura hasta 1990 para las fechas de apertura de estaciones posteriores.
Más sol: 91 libras
Los investigadores tradujeron estas variaciones emocionales a términos monetarios. Más sol se asoció con una mejora del bienestar equivalente a 91 libras mensuales en satisfacción financiera actual y hasta 140 libras en expectativas futuras. En contraste, las anomalías térmicas implicaron un “coste emocional” estimado en 405 libras al mes, tomando como referencia un ingreso medio familiar de 2.654 libras. Es decir, más del 15% del ingreso mensual evaporado no en facturas, sino en percepciones.
Un hallazgo crucial es que el impacto no proviene de un día caluroso aislado o de una tormenta puntual. Las mediciones diarias apenas mostraron efectos significativos. Lo determinante fue la exposición prolongada: semanas y meses de condiciones anómalas que, como una gota constante, erosionan la confianza y el ánimo. El desgaste no es inmediato, sino acumulativo.
Esta constatación plantea un desafío para gobiernos y organismos que utilizan indicadores de bienestar subjetivo (como recomienda la OCDE) para diseñar políticas públicas. Si el clima altera las respuestas, ignorar ese factor podría distorsionar diagnósticos sobre empleo, salud o crecimiento económico.
En definitiva, el cambio climático ya no es solo una amenaza ambiental o un riesgo macroeconómico proyectado a décadas vista. Es una corriente subterránea que atraviesa el ánimo colectivo, que moldea expectativas y condiciona decisiones. Antes de aparecer en el PIB, ya se siente en la conversación cotidiana, en la prudencia al gastar, en la inquietud ante el mañana.
La lupa sobre la evidencia
Este trabajo se apoya en una base empírica extraordinariamente sólida: cerca de 400.000 observaciones recogidas durante 27 años (1991-2018) a través del BHPS y el UKHLS, dos de los paneles longitudinales más rigurosos del Reino Unido. Además, cada respuesta individual se cruza con datos meteorológicos reales de la estación más cercana, lo que aporta una precisión geográfica inusual en estudios de bienestar subjetivo.
A ello se suma el uso de modelos de efectos fijos (CML-FE), que comparan a cada persona consigo misma a lo largo del tiempo, eliminando factores como la personalidad o características estables no observables. También controlan cambios objetivos en ingresos o empleo, aislando así el impacto puramente subjetivo del clima.
Aunque, como toda investigación basada en percepciones, no puede explicar completamente el mecanismo psicológico subyacente ni garantizar que los resultados sean idénticos en otros países, metodológicamente se trata de un análisis robusto que intenta cuantificar un coste invisible del cambio climático que no aparece en el PIB, pero sí en el ánimo colectivo.
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