Viajar al espacio no solo implica salir de la atmósfera terrestre. Supone exponer al cuerpo humano a un entorno radicalmente distinto, donde la gravedad deja de ser la fuerza constante que organiza nuestros líquidos, músculos y órganos. Lo que en la Tierra es estable, en órbita cambia de forma silenciosa. La cara se hincha, las piernas pierden volumen y el equilibrio se altera al regresar. El cerebro, protegido por el cráneo y rodeado de líquido cefalorraquídeo, tampoco permanece ajeno a este nuevo escenario.
Un estudio reciente publicado en PNAS analiza con detalle cómo responde el encéfalo tras estancias prolongadas en microgravedad. Los autores señalan que comprender estos cambios es crucial porque la exploración espacial ya no se limita a misiones breves y el horizonte incluye viajes a la Luna y a Marte. Como recuerdan en el propio artículo, “Entender cómo los vuelos espaciales afectan al cerebro humano es crucial a medida que se expanden la exploración espacial y el turismo espacial”. La pregunta no es solo qué ocurre durante la misión, sino qué efectos pueden mantenerse después.
Cómo medir el movimiento de un órgano dentro del cráneo
El trabajo parte de una idea sencilla pero técnicamente compleja: si el cerebro cambia de posición en el espacio, hay que medirlo con precisión milimétrica. Para ello, el equipo analizó imágenes de resonancia magnética de 26 astronautas antes y después de sus vuelos, además de compararlas con datos de un experimento en Tierra que simula la microgravedad mediante reposo en cama con inclinación de seis grados.
En lugar de estudiar el cerebro como una masa única, los investigadores alinearon primero el cráneo en las distintas imágenes y luego evaluaron cómo el tejido cerebral se desplazaba respecto a esa referencia ósea. Después dividieron el encéfalo en 130 regiones anatómicas para detectar posibles deformaciones locales. Esta aproximación buscaba superar las limitaciones de análisis anteriores que, según explican los autores, podían pasar por alto diferencias regionales al centrarse en promedios globales.
La metodología permitió registrar traslaciones y rotaciones en tres ejes espaciales. No se trataba únicamente de saber si el cerebro estaba “más arriba”, sino de identificar en qué dirección exacta se desplazaba cada zona y si ese movimiento era homogéneo o desigual.
El desplazamiento global: hacia arriba y hacia atrás
Cuando compararon las imágenes previas y posteriores al vuelo, apareció un patrón claro. Tal como escriben los autores, “Observamos desplazamientos globales significativos del cerebro hacia arriba y hacia atrás dentro del cráneo desde antes hasta después del vuelo espacial”. Es decir, el cerebro no solo ascendía ligeramente dentro del cráneo, sino que también se desplazaba hacia atrás.
Este movimiento no fue idéntico en todos los participantes. El análisis estadístico mostró que la magnitud del cambio se relacionaba con la duración de la misión. Cuanto más tiempo en microgravedad, mayor era el desplazamiento registrado. El fenómeno también se observó, con matices, en el experimento de reposo en cama, aunque con diferencias en la dirección predominante.
En misiones de aproximadamente un año, algunas zonas del cerebro registraron cambios especialmente llamativos. El estudio explica que, en quienes pasaron un año en el espacio, una de las áreas relacionadas con el control del movimiento fue la que más se desplazó hacia arriba, con una media de 2,52 milímetros. Puede parecer una cifra pequeña, pero dentro de un espacio cerrado y rígido como el cráneo, una variación de apenas dos milímetros resulta significativa.
No es un bloque rígido: deformaciones regionales
El hallazgo más interesante no fue solo el desplazamiento global, sino la evidencia de deformaciones no lineales. El cerebro no se mueve como una pieza compacta. Algunas regiones superiores, especialmente relacionadas con funciones motoras y sensoriales, mostraron cambios mayores que otras zonas profundas.
Los mapas regionales revelaron un patrón inesperado: ciertas áreas en la parte superior del cerebro se desplazaban hacia la línea media, mientras que regiones subcorticales lo hacían lateralmente. Este comportamiento simétrico entre hemisferios hacía que algunos cambios se cancelaran cuando se analizaba el promedio total, lo que explica por qué estudios anteriores no los habían detectado.
El propio artículo subraya que “los desplazamientos regionales fueron, en algunos casos, mucho mayores que los desplazamientos globales.”. Además, los autores describen que las deformaciones implican tensiones y fuerzas de cizallamiento en el tejido, no simplemente un cambio de posición uniforme. Esto introduce una dimensión biomecánica que va más allá de la simple traslación.
¿Tiene consecuencias funcionales? El equilibrio como pista
Detectar un movimiento anatómico no implica automáticamente un problema clínico. Por eso el equipo examinó si estos desplazamientos se relacionaban con cambios en el equilibrio tras el regreso a la Tierra. Los astronautas realizaron pruebas de control postural antes y después del vuelo.
El análisis encontró una asociación concreta. Según el artículo, “un mayor desplazamiento de la ínsula posterior izquierda hacia la dirección izquierda se asoció de forma significativa con mayores descensos en el rendimiento del equilibrio en la prueba SOT-5M desde antes hasta después del vuelo.”. La ínsula posterior participa en el procesamiento vestibular, clave para mantener la estabilidad corporal.
Esto no significa que los astronautas desarrollaran síntomas graves. De hecho, los autores aclaran que “Our findings do not reveal immediate health risks”. Sin embargo, la correlación sugiere que los cambios anatómicos podrían influir en funciones sensoriomotoras, al menos de forma transitoria.
Recuperación tras el regreso y posibles efectos persistentes
Uno de los aspectos más relevantes es qué ocurre después. El estudio siguió a algunos participantes hasta seis meses tras su retorno. Se observó una recuperación amplia, especialmente en el eje vertical. Los modelos estadísticos mostraron una tendencia hacia los valores previos al vuelo en varias dimensiones.
Aun así, no todo volvió exactamente al punto de partida. El desplazamiento hacia atrás mostró menor recuperación. En palabras del artículo, “la persistencia de estos desplazamientos posicionales incluso seis meses después del vuelo subraya los efectos duraderos de los vuelos espaciales sobre la neuroanatomía.”. Es decir, algunos cambios pueden prolongarse más de lo esperado.
Este dato es clave en el contexto de misiones cada vez más largas. La duración acumulada en microgravedad podría amplificar estos efectos y modificar el tiempo necesario para la readaptación.
El paralelismo con la ficción médica
La televisión también ha explorado los riesgos fisiológicos del viaje espacial. En la séptima temporada de The Good Doctor, el equipo del hospital trata el caso de un astronauta que regresa a la Tierra con complicaciones médicas tras una misión prolongada. El episodio muestra cómo el cuerpo, adaptado durante meses a la microgravedad, tiene dificultades para reajustarse a la gravedad terrestre. La serie dramatiza síntomas y decisiones clínicas bajo presión, utilizando el entorno hospitalario como escenario para reflexionar sobre los límites del organismo humano.
El protagonista de la serie, el doctor Shaun Murphy, es un cirujano autista que tiene habilidades extraordinarias, lo cual es un rasgo que forma parte central de la narrativa. Su forma particular de analizar patrones y detalles médicos encaja especialmente bien en un caso tan complejo como el de un astronauta recién llegado del espacio. Ese enfoque casi milimétrico recuerda, en cierto modo, al trabajo descrito en el estudio científico real, donde los investigadores analizan desplazamientos cerebrales de apenas unos milímetros con técnicas de imagen de alta precisión.
Sin embargo, conviene distinguir claramente ficción y evidencia científica. Mientras que la serie plantea escenarios clínicos intensos y potencialmente graves, el estudio publicado en PNAS no describe daños irreversibles ni cuadros agudos alarmantes. Lo que muestra son cambios anatómicos medibles que requieren seguimiento, pero que en gran parte tienden a recuperarse con el tiempo. Integrar ambos planos —el narrativo y el científico— permite explicar que el entorno espacial no es neutro para el organismo humano, sin caer en el dramatismo. La ciencia confirma que el cerebro puede cambiar de posición y forma en microgravedad, pero también que el cuerpo posee una notable capacidad de adaptación.
Mirando hacia misiones más largas
El interés por estos resultados no es académico. Los autores insisten en que comprender estos desplazamientos es esencial para diseñar contramedidas eficaces. En el artículo se afirma que “Estos hallazgos son fundamentales para comprender los efectos de los vuelos espaciales sobre el cerebro y el comportamiento humanos.”.
Además, el estudio comparó los datos con un modelo terrestre de reposo inclinado. Aunque este simulador reproduce algunos efectos de la microgravedad, no replica exactamente los patrones observados en el espacio. Esto sugiere que las estrategias de entrenamiento y prevención deberán ajustarse con mayor precisión.
A medida que se planifican misiones de larga duración, la pregunta deja de ser si el cerebro cambia, y pasa a ser cómo gestionar esos cambios para proteger la salud y el rendimiento. El conocimiento detallado de las deformaciones regionales proporciona una base cuantitativa para ese desafío.
MUY INTERESANTE

Hola, déjenos un comentario