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Por Leo Zuckermann.- Me gustó el nombramiento de José Antonio Meade como nuevo secretario de Hacienda. Es, para empezar, un político honesto al que no se le ha conocido escándalo alguno en los dos sexenios en que ha fungido como secretario de Estado con dos presidentes de dos partidos políticos diferentes. Es un reconocido economista que ya ha sido titular de Hacienda, por lo que conoce todos los intríngulis de esta secretaría: no es un improvisado que va a llegar a aprender. Tiene, además, una estupenda relación con la comunidad empresarial de México y buenos contactos políticos con el PRI y el PAN. Esto le puede ayudar a cumplir con las cuatro instrucciones durísimas que le encomendó ayer el presidente Peña.

2017 debe ser el año en que le demos la vuelta a la tendencia negativa que han tenido las finanzas públicas desde 2009 en que el gobierno mexicano abandonó la regla de déficit cero en sus cuentas para comenzar a incurrir en déficits cada año. Déficits que han generado un creciente e insostenible nivel de deuda pública que en 2016 será equivalente a más de 50% del Producto Interno Bruto. Además, este gobierno se ha caracterizado por una pésima calidad en el gasto público privilegiando el gasto corriente sobre las inversiones. Hay que terminar con los déficits, contener la deuda y mejorar el gasto. Es lo que precisamente le solicitó Peña a Meade el día de ayer con cuatro instrucciones muy claras a fin de mantener la estabilidad macroeconómica del país: tener un superávit financiero primario en 2017, contener y estabilizar el crecimiento de la deuda como proporción del PIB, reducir el gasto público y mejorar su calidad privilegiando la inversión y programas sociales y recortando el gasto corriente e innecesario.

Suena muy bien: es exactamente lo que hay que hacer para evitar una crisis económica de final de sexenio. Pero está muy difícil de llevarlo a cabo. El recorte no sólo debe ser en el gobierno federal. Los gobiernos estatales y municipales también tienen que meter la tijera porque mucho del abuso y dispendio se da a nivel local. Pero los gobernadores y alcaldes ya se acostumbraron a la francachela de gasto ilimitado de los últimos tres lustros. Ponerlos en orden no va a ser nada sencillo. Los gobiernos locales, que controlan a muchos diputados y senadores, van a patalear para que la tijera no los alcance. Por tanto, y con el ejemplo de un gobierno federal apretándose el cinturón, Meade deberá convencer al Congreso, gobernadores, presidentes municipales, Poder Judicial e instituciones autónomas que se acabó la fiesta y que es necesario gastar mucho menos, incluyendo, desde luego, el dolorosísimo proceso de despedir a personal.

Meade ya no puede recurrir al expediente fácil de recortar la inversión pública porque ésta se encuentra en los huesos. En 2016 vamos a tener el menor gasto en infraestructura física del sector público desde 1939 como proporción del PIB. Esto en un país al que le urgen más carreteras, aeropuertos, metros, drenajes, etcétera. No. El nuevo secretario de Hacienda tiene que recortar el gasto corriente que es el más difícil de ajustar por los intereses que se perjudican, intereses que tienden a movilizarse políticamente para evitar que los afecten.

Lo que me preocupa de Meade es que, en lugar de conducirse como un secretario de Hacienda que tiene que darle la vuelta a las finanzas públicas, se comporte como posible candidato presidencial. Eso sería desastroso. Me queda claro que, en la búsqueda de la candidatura, no podría cumplir las claras instrucciones del presidente Peña. Supongo que él lo sabe. Y supongo que le apuesta a ser un secretario exitoso que cumpla con los objetivos que le ha instruido su jefe. Porque, de lograrlo, con todo y el dolor que va a significar la negociación y ejecución de un paquete económico de ajuste, se convertirá en un personaje con la credibilidad para dar el salto de la oficina en una esquina del Palacio Nacional a la otra esquina, es decir, de Hacienda a la Presidencia.

Llegó la hora de la verdad para Meade, quien estos meses estará a prueba. Desde hoy que presente el paquete económico gubernamental veremos si está o no a la altura de corregir las finanzas públicas nacionales, y con ello convertirse en uno de los posibles contendientes a suceder a su jefe, el presidente Peña.
Excélsior

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