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 Por Hugo Aboites.- Con la remoción del director del CIDE, el incierto retorno a clases en la UNAM y la posible huelga en la UAM, la educación superior aparece nuevamente como un tema de primer nivel. Y lo llamativo es que en esos tres casos –como en otros recientes– el problema gira en torno a la actuación de una persona. Y esto es especialmente cierto porque la estructura de nuestra educación tiende a ser muy individualizada, personal. Y lo agrava el énfasis en la estructura de la institución. 

Así, por ejemplo, no contentos con la figura de un rector general en la UAM, tenemos cinco rectores más: uno para cada unidad (Lerma, Cuajimalpa, Azcapotzalco, Iztapalapa y Xochimilco) y uno que es general. Él es, al mismo tiempo, el presidente del Colegio Académico (Consejo Universitario), tiene voto de calidad (doble) y decide la agenda de discusión. Una tendencia así se traduce en la creación de estructuras y normas que no sólo replican la jerarquización del mando en los niveles medios y bajos, sino que es un caldo de cultivo para posturas autoritarias y para excesos, inmovilidad burocrática y centralización excesiva. Un ejemplo: 

En la negociación entre la rectoría y el sindicato (Situam) que termina el día de hoy, uno de los temas –además de muchos otros– fue el del trabajo precario en la UAM. Es decir, la existencia de cientos de profesores que son contratados por tres meses, despedidos y, si se postulan, de nuevo evaluados y, eventualmente, una vez más contratados. Es común que un profesor así sea contratado de esta manera durante cinco, 10, 15 años, sin llegar nunca a ser profesor definitivo. 

Ante esto, desde 1984 el sindicato demandó, insistió y logró firmar un acuerdo que planteaba que el rector general presentaría al Colegio Académico un listado de profesores temporales que, a juicio de la administración y el sindicato, cubrían los requisitos para obtener una plaza definitiva a través del procedimiento que determinara el Colegio. Un logro evidente, sin embargo a la hora de llevarlo al Colegio Académico el entonces rector general hizo la presentación del punto ante el pleno, pero finalizó diciendo que él no estaba de acuerdo. Eso sólo mató cualquier acuerdo y ni siquiera se aprobó que estuviera en el orden del día. 

Cuarenta años de insistencia después, en 2024, la rectoría presentó otra vez una propuesta de acuerdo, misma que aceptó el sindicato. En esa ocasión el rector la hizo llegar a una comisión de Colegio Académico, la misma que hace poco propuso dar un golpe drástico a la posibilidad de jóvenes egresados a trabajar en la UAM y, lógico, esta comisión la rechazó de inmediato, pero siguió la insistencia y ahora en el 2026, con otro rector general, hay sobre la mesa una nueva y similar propuesta, pero ahora el rector deberá decidir si va en serio el tema o no. 

En 50 años, los rectores de la UAM sólo han perdido una votación clave en tres o cuatro ocasiones, porque cabildean con los integrantes claves del Colegio. Pero puede aún ir más lejos, sirva de ejemplo lo siguiente: desde 2006 el Movimiento de Aspirantes Excluidos de la Educación Superior (MAES), impulsado por estudiantes, profesoras y profesores de la UNAM, IPN y otras, consiguió que estas instituciones –con la excepción de la UAM– admitieran a más aspirantes que aunque presentaron el examen no habían alcanzado un lugar. Esto funcionó creativamente de 2006 en adelante, casi hasta ahora, aunque con problemas logísticos. Durante esas dos décadas la UAM no cambió un milímetro su postura: “no podemos admitir a nadie por fuera del procedimiento”. 

Sin embargo, en 2025 con motivo de la eliminación parcial del examen único, la Presidenta tiene una conferencia de prensa y sentado a un lado de ella aparece el rector de la UAM. Toma la palabra e informa que la UAM admitirá a estudiantes del Colegio de Bachilleres con buenas calificaciones, y esto, sin tener que someterse al procedimiento ni a algún examen de admisión como el resto. 

Esto fue tan individual (y sorpresivo y nada cabildeado) que una importante división (facultad) de la UAM de plano abiertamente se negó a aceptar el nuevo procedimiento. Siguió admitiendo sólo a los que se ajustaran al procedimiento. Pero la lección es que en realidad un rector tiene un enorme campo de acción y ni siquiera los procedimientos establecidos son absolutamente ineludibles. El criterio implícito es: “si se quiere se puede.” ¿Querrá en el caso de los temporales? ¿Y en otros casos? 

Por otra parte, para que haya menos decisiones cuestionables es indispensable y urgente cambiar de fondo a nuestras universidades. Si no, seguirán muriendo en la obsolescencia. 

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