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Por Luis Linares Zapata.- El final del año alumbra la primera etapa del segundo gobierno de la transformación. Varias son las coordenadas que se pueden distinguir en él. Y muchas de ellas son de trascendencia innegable. Pero se pueden, si se permite el resumen, compactar en sólo tres de ellas. La primera bien puede catalogarse como el extendido finiquito del régimen anterior. Le sigue la promesa de escalar al segundo piso, movimiento que puede resumirse con dos tiempos simultáneos: Uno, el llamado a conciliar posturas con el factor externo (Donald Trump). Dos, motivar al empresariado nacional para que, juntos, trabajen el desarrollo. La tercera se concreta en la coordinación integral de la estrategia de seguridad bajo un solo mando. Visto el estado que guarda, este año inicial, se puede proceder a identificar sus interiores y comprender mejor lo ocurrido.

La aprobación del Congreso a la reforma judicial dio pie a su esperada renovación.

El presidente anterior no pudo convencer a sus integrantes de ir por el cambio. Estos personajes, simplemente, se negaron a un trabajo de tal envergadura. Los intereses personales y su torpe rejuego de años dominaron la escena. Las veleidades fueron demasiado poderosas y no se pudieron concitar. La afectación de sus desarreglos institucionalizados se impuso. La palmaria corrupción, de innumerables jueces, se combinó con la pasividad y permisibilidad de la misma Corte Suprema. Adicionalmente, el pasado gobierno no tuvo la mayoría legislativa para imponer tan seria transformación. 

El Poder Judicial obstaculizaba el finiquito del moribundo régimen de acumulación neoliberal. 

El masivo apoyo electoral al naciente gobierno –y a su Presidenta– haría factible el cambio constitucional solicitado. La legitimidad lograda no se pudo ya negar. No obstante, las escuálidas fuerzas remanentes del viejo régimen no cejan. Continúan, neciamente, manoseando, tanto el propósito como la puesta en marcha del nuevo Poder Judicial. La mera apelación al voto popular para el recambio es, en verdad, factor difícil de digerir para la oposición. 

Pero se logró, con sucesivos trabajos, la elección de la primera mitad del personal judicial. Con eso basta para completar la reforma del régimen. 

El dilatado y cambiante humor en el factor externo no ha sido un motivo de regocijo. La adecuación y postura ante el vecino tiene que ser delineada con sumo cuidado. Ante las exigencias y los desplantes de control y subordinación manifiesta, se diseñó un talante de calma, firmeza y colaboración. Así ha seguido ante cada uno de los intentos intervencionistas de los vecinos. La publicación de su política de seguridad nacional, con su corolario anexo, no deja la menor duda de sus ambiciones imperiales. Revivir la, tristemente famosa, doctrina Monroe es sólo una de los desplantes del vecino. La fase primeriza de la resistencia deberá pasar, con el tiempo, a una más detallada, y comprensiva, política de relaciones externas, propia del tiempo actual. Tal parece que la etapa de alarmas arancelarias no materializó los daños estructurales temidos. El incremento de las exportaciones de 2025 apunta hacia capacidades adicionales a las conocidas en la industria automotriz. La cautela y la prudencia habrán de continuar. Puede sobrevenir una reacción, inesperada pero posible, del temperamental autócrata republicano. Asegurada la transición arancelaria se puede, y debe, concentrar en llamados al empresariado nacional –chicos, medianos y grandes–. Es crucial la formación de mejores momentos en las relaciones internas. Bien se sabe que ya no se reciben órdenes de la élite plutócrata.

Ahora la atención y mirada se dirige, con justicia, hacia el pueblo de abajo. Pero la inversión debe mejorar, sustantivamente, su raquítico nivel actual. El crecimiento económico no puede continuar con el débil paso que lleva la inversión. Es indispensable el aceleramiento para cumplir con las obligadas premisas de mayor igualdad, para lo cual es necesario sumar al empresariado y conjuntar esfuerzos. La adecuada y benéfica política social, bien fondeada, se asegura con un billón de pesos presupuestados. Ese es el rumbo ya marcado.

La decidida solidez de la estrategia de seguridad es la pieza siguiente para asegurar la continuidad del modelo de justicia distributiva. Ya están puestas las indispensables mejoras para una coordinación efectiva de sus complejas partes. El mando integral ya no se discute. Fiscalías, Ejército, Guardia Nacional, inteligencia, Marina y el decidido empujón para las capacidades de las policías locales pueden garantizar resultados. Pero el ancho universo de la seguridad presenta, todavía, peticiones de redoblar su consistencia, efectividad y ensamble. La comprensión geopolítica para el enfrentamiento con los cárteles es una pieza ausente y crucial. Pero, al parecer, la decisión presidencial es real, y así debe permanecer. Será indispensable evitar que la politiquería y las ambiciones desmedidas puedan dañar este proceso ya emprendido durante el presente año de consolidación transformadora.

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