Por Fernando Buen Abad Domínguez.- No hay que ser adivino para visibilizar la disputa derechaizquierda en la dialéctica “semiótica de la política” que apunta a un escenario que no admite sólo describir hechos o alineamientos internacionales, sino que intenta leerlos como sistemas de signos, discursos, símbolos y prácticas de sentido en disputa. Esa disputa propone que la política no sólo se ejerce con instituciones, elecciones o fuerzas materiales, sino también con lenguajes, imaginarios, narrativas mediáticas y operaciones simbólicas que configuran lo que las sociedades perciben como posible, deseable o inevitable.
En esa misma lógica de disputa semiótica y política, emerge con fuerza la exigencia social de denunciar y condenar a quienes traicionan los movimientos y las luchas populares, no sólo como un acto moral, sino como una necesidad estratégica para la supervivencia de los proyectos emancipatorios. Desde una semiótica de la política, el silencio o la ambigüedad frente a estas traiciones funciona como un signo de complicidad que erosiona la credibilidad de la izquierda y debilita su capacidad de interpelación social. Por ello, la denuncia pública, argumentada y sostenida en la memoria histórica de las luchas, se convierte en un acto pedagógico que delimita fronteras éticas y políticas, reafirma el sentido de lo colectivo y devuelve a los pueblos la idea de que sus esfuerzos no son intercambiables por cargos, privilegios o pactos con el poder dominante.
Condenar la traición no implica caer en purismos estériles ni en lógicas inquisitoriales, sino comprender que, sin coherencia entre discurso y práctica, sin lealtad a los mandatos populares y sin responsabilidad histórica, cualquier proyecto emancipador queda reducido a una mera administración del orden existente. En este sentido, la exigencia social de sancionar simbólica y políticamente a los traidores es también una forma de resistencia frente a la derechización cultural, porque recupera la noción de que la política no es sólo gestión, sino compromiso con una causa colectiva que no admite ser negociada a espaldas de quienes la sostienen.
Pensar la geopolítica latinoamericana hacia 2026 desde esa clave implica observar cómo el poder global –económico, militar, tecnológico y cultural– produce significados que buscan naturalizar la desigualdad, el extractivismo y la subordinación, al mismo tiempo que las fuerzas populares intentan construir contrasignificados para sostener proyectos de soberanía, justicia social e integración regional. Tal derechización en América Latina no se expresa únicamente en victorias electorales de fuerzas conservadoras o de extrema derecha, sino en la colonización del “sentido común” a través dew una “Batalla Cultural” burguesa intoxicada con discursos de “orden”, “libertad de mercado”, “antipolítica” y “mano dura”, amplificados por mafias mediáticas, plataformas digitales y aparatos judiciales que operan como dispositivos semióticos de disciplinamiento social.
Al mismo tiempo, la crisis estructural neo-nazi-fascista del capitalismo contemporáneo –marcada por endeudamiento, precarización laboral, crisis ambiental y disputas geopolíticas entre potencias– genera condiciones objetivas de malestar que erosionan la legitimidad de esos relatos. Desde la semiótica de la política, esto se traduce en una lucha por el significado de conceptos claves como democracia, desarrollo, seguridad, libertad y soberanía. La izquierda latinoamericana, lejos de ser un bloque homogéneo, se mueve entre sectarismos o experiencias de gobierno, resistencias sociales, derrotas, aprendizajes y reconfiguraciones discursivas, y su supervivencia depende en gran medida de su capacidad para disputar el sentido de esos signos en un terreno comunicacional profundamente asimétrico. No se trata sólo de ganar elecciones, sino de reconstruir una gramática política que vuelva inteligibles y deseables proyectos colectivos en sociedades fragmentadas por el neoliberalismo.
En este sentido, la “reacción para la supervivencia” de la izquierda no debería entenderse como un simple reflejo defensivo, sino como un proceso activo de autocrítica y resignificación, en el que se articulan memorias históricas de lucha, demandas emergentes –como las ambientales, feministas y de pueblos originarios– y nuevas formas de organización y comunicación. La geopolítica regional hacia 2026 estará atravesada por la tensión entre un orden mundial imperialista en transición, con Estados Unidos intentando mantener, a sangre y fuego, su hegemonía, China expandiendo su influencia económica y tecnológica, y Europa replegada en sus propias crisis de servilismo, y una América Latina que sigue siendo considerada un territorio estratégico por sus recursos naturales, su biodiversidad y su posición geográfica.
En ese escenario, la semiótica de la política permite ver cómo la dependencia no es sólo material, sino también simbólica, se exportan materias primas, pero también se importan modelos de éxito, narrativas de progreso y marcos interpretativos que limitan la imaginación política. La derechización se fortalece cuando logra presentarse como sentido común “no ideológico”, mientras acusa a la izquierda de ser anacrónica, autoritaria o irresponsable; la izquierda, en cambio, sobrevive cuando consigue revelar el carácter ideológico de esa supuesta neutralidad y proponer horizontes de sentido que conecten la vida cotidiana de las mayorías con proyectos de transformación estructural.
Así, más que un destino cerrado, la perspectiva geopolítica latinoamericana hacia 2026 aparece como un campo de disputa semiótica intensa, donde cada crisis económica, cada conflicto social y cada proceso electoral reordena provisionalmente el mapa de significados.
La pregunta no es sólo si habrá más derecha o más izquierda, sino qué relatos lograrán explicar el presente y ofrecer futuro, quiénes conseguirán nombrar los problemas y definir sus soluciones, y hasta qué punto el proletariado de la región podrá construir una lectura propia de su fuerza transformadora, sacudiéndose todos los zánganos o vampiros que lo oprimen, para afirmar su lugar revolucionario en el mundo contra a las narrativas dominantes del capitalismo en su fase imperial.
Desde tal mirada el desenlace dependerá menos de “profecías” y más de la capacidad de organización, conciencia y producción simbólica de los actores populares, en una lucha donde la política sea emancipadora realmente, al mismo tiempo, economía, poder y lenguaje paridos por las luchas de las bases.

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