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La reciente sucesión de terremotos registrados en distintas partes del mundo ha vuelto a generar una pregunta: ¿la Tierra está temblando más que antes? Aunque la cantidad de noticias y alertas puede dar esa impresión, los registros sísmicos a largo plazo indican que no existe un aumento global de los grandes terremotos. 

En las últimas semanas se han registrado varios movimientos que llamaron la atención internacional. El 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el oeste de Colombia, con epicentro en San José del Palmar, en el departamento de Chocó, a una profundidad de 96 kilómetros.

El movimiento fue percibido también en zonas de Ecuador y Venezuela. En Colombia, el sismo dejó más de un centenar de personas fallecidas y provocó evacuaciones en distintas regiones, incluso en Bogotá, Ecuador y Panamá.

Días después, el 15 de agosto, un sismo de magnitud 5, aunque el Instituto Geográfico Nacional de España lo situó en 4,8, tuvo su epicentro en Alhendín, Granada. El movimiento fue seguido por cerca de un centenar de réplicas y llegó a sentirse en 367 localidades, desde Andalucía hasta Madrid.

Antes de estos acontecimientos, el 2 de agosto, un terremoto de magnitud 4,1 había afectado la región española de Murcia, con epicentro en Pliego. La coincidencia temporal entre estos movimientos contribuyó a la percepción de que la actividad sísmica mundial podría estar aumentando. 

Sin embargo, los registros históricos cuentan una historia diferente. El Servicio Geológico de Estados Unidos, USGS, calcula que desde 1900 se han producido en promedio alrededor de 16 grandes terremotos al año en el planeta.

De esa cifra, aproximadamente 15 corresponden a movimientos de magnitud entre 7,0 y 7,9, mientras que cerca de uno alcanza magnitud 8 o superior. La cantidad puede cambiar considerablemente de un año a otro sin que esto represente una modificación permanente en la actividad sísmica de la Tierra.

Por ejemplo, 2010 tuvo 23 grandes terremotos, mientras que en 1989 se registraron solamente seis. Estas diferencias forman parte de las variaciones naturales que pueden presentarse en una secuencia sísmica.

Una investigación publicada en 2012 en la revista científica PNAS analizó los grandes terremotos registrados desde 1900. El estudio fue realizado por el sismólogo Peter Shearer y el estadístico Philip Stark, quienes eliminaron las réplicas para evitar que un mismo episodio fuera contabilizado varias veces.

Los investigadores concluyeron que la distribución de los grandes terremotos es compatible con un proceso aleatorio conocido como proceso de Poisson. En otras palabras, que varios terremotos ocurran con pocos días de diferencia no significa necesariamente que exista una conexión entre ellos ni que esté comenzando una etapa de mayor actividad global. 

Entonces, ¿por qué actualmente parece que ocurren más terremotos? Una de las principales razones está relacionada con la tecnología.

Las redes de monitoreo sísmico son mucho más amplias y sensibles que hace décadas. Actualmente pueden detectar movimientos pequeños, réplicas y microsismos que anteriormente no eran registrados.

Un sismo de magnitud 3 ocurrido en una zona remota del océano hace medio siglo podía pasar completamente desapercibido. Hoy, las estaciones sismológicas tienen la capacidad de identificar movimientos de menor intensidad y registrarlos en catálogos internacionales. 

También ha cambiado la manera en que la población recibe información. Cada vez más personas viven en zonas con actividad sísmica y, al mismo tiempo, existen redes sociales, aplicaciones y sistemas de alerta capaces de informar sobre un movimiento prácticamente en cuestión de minutos.

Incluso los teléfonos celulares pueden contribuir a la detección y difusión de estos fenómenos mediante sistemas de alerta sísmica. Esto hace que un temblor que antes habría tenido una repercusión limitada pueda convertirse rápidamente en una noticia conocida en diferentes países.

Otro factor que puede confundir es el llamado agrupamiento sísmico. Los fenómenos aleatorios no necesariamente aparecen distribuidos de manera uniforme. Pueden presentarse periodos con varios acontecimientos cercanos y otros en los que pasa más tiempo entre un evento y otro.

Por ello, que Colombia, Murcia y Granada hayan registrado terremotos en un periodo relativamente corto no demuestra que exista una relación entre ellos. Cada región tiene condiciones geológicas diferentes y sus propios niveles de riesgo sísmico.

Colombia, por ejemplo, se encuentra en una zona de elevada actividad tectónica. Frente a su costa del Pacífico, la placa de Nazca se introduce por debajo de la placa Sudamericana, un proceso que puede generar terremotos profundos y de gran magnitud.

En el caso de Granada y Murcia, la actividad sísmica está relacionada con el sistema de fallas de las Béticas, asociado a la interacción entre las placas Africana y Euroasiática. Se trata de una actividad real y recurrente, pero no significa que exista un incremento global de los terremotos. 

Los datos disponibles tampoco significan que los terremotos hayan dejado de representar un riesgo. Un gran sismo puede provocar consecuencias graves, especialmente en regiones donde existen fallas activas, construcciones vulnerables o una alta concentración de población.

La principal conclusión de los registros históricos es que no existe evidencia de que el planeta esté experimentando actualmente una escalada global de grandes terremotos. Lo que sí ha aumentado de manera considerable es nuestra capacidad para detectarlos, recibir información sobre ellos y conocer sus efectos prácticamente en tiempo real. 

Por ello, ante una sucesión de temblores difundida en las noticias, la pregunta más útil no necesariamente es si el mundo está temblando más, sino cuál es el nivel de riesgo sísmico de la zona donde se vive y qué medidas existen para responder ante un terremoto.

La actividad sísmica puede variar de una región a otra y los terremotos individuales pueden ser impredecibles. La preparación y el conocimiento del riesgo local siguen siendo elementos fundamentales para reducir sus posibles consecuencias.

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