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En una época en la que todo parece ocurrir a la velocidad de un “swipe”, detenerse unos segundos a pensar —y no digamos aburrirse— se ha convertido casi en un acto de resistencia. Las redes sociales, las notificaciones constantes, los calendarios saturados y la presión por estar siempre ocupados han desdibujado por completo la noción de pausa. Sin embargo, para nuestra mente, esos espacios vacíos no solo son deseables: son vitales. Paradójicamente, el vacío es el terreno fértil donde germinan las ideas más brillantes, las emociones más profundas y las decisiones más lúcidas.

Marta Trillo lo explica con agudeza y humor en su libro Cómo decide tu cerebro, publicado por la editorial Pinolia. Lejos de los tecnicismos inaccesibles, su enfoque conecta directamente con el lector al situar la neurociencia en el terreno de lo cotidiano. Porque sí, hay explicaciones biológicas detrás de por qué repetimos errores, por qué nos enamoramos de quien no debemos o por qué dudamos si responderle ese mensaje a las tres de la mañana. Y también las hay detrás de esos impulsos de abrir Tinder a deshoras o volver a ver una comedia que sabemos de memoria, con tal de evitar una noche de pensamientos sin distracciones.

Pero ¿y si precisamente ahí —en esos momentos sin dirección, sin objetivo, sin exigencia— estuviera el secreto de un cerebro equilibrado? ¿Y si el aburrimiento no fuera una señal de pereza mental, sino una función evolutiva esencial para la salud emocional y la toma de decisiones? La ciencia contemporánea está revisando profundamente lo que creíamos sobre el “no hacer nada”. Y lo que revela es fascinante.

Así que hoy no te vamos a pedir que seas productivo, ni que optimices tu tiempo. Al contrario. Te invitamos a frenar, respirar y disfrutar de una lectura pausada. Porque a veces, lo más revolucionario es dejar que la mente divague. Y para demostrarlo, te dejamos en exclusiva con uno de los capítulos más divertidos y reveladores de Cómo decide tu cerebro, de Marta Trillo, publicado por Pinolia.


El arte de enamorar mentes, escrito por Marta Trillo

Un día más de tu ajetreada, apabullante, frenética y alocada vida. Otro día como el de ayer, como el de mañana, como el de todos los días. Por fin llegas a casa después de tu jornada laboral, que se ha extendido un poco más de lo esperado (otra vez y para sorpresa de nadie). A ver cuándo pasan inspección de trabajo. Empiezas la apasionante rutina diaria: te duchas (no toca pelo, hoy es corta), te pones el pijama (esa camiseta antigua de promoción del súper), tiendes una lavadora (sin haber revisado si dan lluvia), preparas la comida del día siguiente (a la vez, picoteando la cena), felicitas a tu amiga por su cumpleaños (con retraso) y le dices que os tenéis que ver (como muy pronto será en tres meses). Ser adulto es una mierda.

Sorprendentemente, para cuando ya has terminado todo, no son ni las diez de la noche. Hoy tienes algo más de tiempo de lo normal antes de irte a dormir. Seguramente te hayas olvidado de hacer algo. Bah, problemas del futuro, como si no hubieses salido de situaciones peores causadas por tu alzhéimer prematuro. Te pones de fondo Friends (o cualquier otra serie confort, ya sabes, de esas que has visto un millón de veces y no tienes que prestar mucha atención). Tener tiempo libre te pilla desprevenida, ¿qué afición podemos retomar? Pintar un cuadro (habría que terminar el que empezaste y llevas arrastrando entre mudanzas), bordado (no recuerdas siquiera cómo meter el hilo en la aguja), leer un libro (será volver a empezarlo porque ya ni te acuerdas de qué iba), meditar (dicen que aunque sean cinco minutos es efectivo). No hacer nada no es una opción, tienes que ser productiva.

Mientras lo piensas, estás poniéndote al día de los 150 mensajes de tu grupo de amigos (ellos sí que tienen tiempo libre de verdad), entonces, te llega una notificación. En un intento de poner en favoritos un sticker de un perrito salchicha moviendo la colita, ves a un hombre semidesnudo con gorra hacia atrás y fumándose un cigarro. No puede ser. El fin de semana pasado, en la quedada «tranquilita» de juegos de mesa que haces cada mes con tus amigos de toda la vida, les pareció buenísima idea crearte un perfil de Tinder y jugar a la Celestina. Claro, como ellos están felizmente enamorados, tienen que entretenerse con tu vida amorosa. En todo grupo de amigos tiene que haber uno que sea el gracioso (que casualmente también es el soltero, por algún motivo).

En fin, estaban tan contentos organizando tu futura boda (marido incluido) que les dejaste seguir. A ver, también se te había agotado la batería social y te daba pereza decirles que no. Ya sabes que se ponen muy pesados, tenían que callarse, ¿qué es lo peor que podría pasar?

Y aquí estás tú ahora, queriéndote morir por el desastre que han hecho. Nota mental: hacer limpieza de la galería. Las fotos en el gimnasio son solo para ver mis avances, no para publicar por ahí. ¿En qué momento pensaron que era buena idea poner una foto de cuándo tenía flequillo o una donde me pintaron la cara mientras dormía? Qué vergüenza. Sorprendentemente, parece que ha funcionado (o mucha gente está desesperada), porque hay muchas conversaciones abiertas. Mira, así al menos te quieren tal y como eres, las expectativas solo pueden subir.

Vas a arreglar este estropicio, por llamarlo de alguna manera, empezando por eliminar las conversaciones subidas de tono que han tenido tus amigos con desconocidos. Te pones a deslizar entre la gente. Total, ya no te daba tiempo a buscar el set de pintura. Realmente el mercado está muy mal. Parece que el Homo erectus no está del todo extinto. Todo red flags andantes. Hace unos años hubieras caído en su refuerzo intermitente, en su «no somos nada», «vamos fluyendo»… ¿Es mucho pedir monogamia en este siglo?

Así que, para filtrar entre toda esa fauna animal, pones que te salga gente de más de 25 años. Esto evidentemente depende mucho de tu edad. No es lo mismo una pareja de 25 y 30 años que una de 16 y 21. Ojo, tampoco mucho más mayores que tú, que te veo. El sugar daddy puede esperar, es el último recurso. Ya hicieron canciones Taylor Swift y Demi Lovato que explicaban por qué no deberías salir con una persona que te lleva más de 10 años, como para que encima te quieras sentir identificada con ellas. La ley de consentimiento debería aprender de la neurociencia:


Encéfalo

Los 25 años no son una edad arbitraria. Es a partir de esta edad, más o menos, dependiendo de tu género, genes y ambiente, cuando se termina de formar tu corteza cerebral, una zona del cerebro fundamental para evitar los dolores de cabeza (nunca mejor dicho) en tu relación.

El sistema nervioso es una movida, lo que quiere decir que es complicadísimo de estudiar y que, a día de hoy, seguimos descubriendo sus funciones. Si el inglés se enseña mal, el cerebro ya ni te cuento. Para empezar, lo que se te viene a la mente cuando piensas en un cerebro, no es el «cerebro» como tal, sino algo más amplio: el encéfalo. El encéfalo está compuesto de tres partes: el cerebro, el cerebelo y el tronco del encéfalo. El cerebro es la parte más grande, pero en realidad es una parte de un todo. El encéfalo y la médula espinal (lo que va dentro de la columna vertebral) conforman el conocido sistema nervioso central. Se llama así porque existe también un sistema nervioso periférico, pero vamos a dejar ese para más adelante.

El cerebro (el de verdad, el pequeñito) a su vez se divide en zonas llamadas lóbulos, cada uno encargado de determinadas funciones. Piensa que, aunque tú no lo seas, tu cerebro es súper organizado y meticuloso. La próxima vez que te echen en cara que tienes la habitación desordenada, puedes contestarles que, por lo menos, tu sistema nervioso sí está organizado (después ordénala, por favor). Las tareas se dividen por zonas, para que esto no sea matar moscas a cañonazos. Ahora iremos viendo de qué se encarga cada zona.

Dato curioso: con «áreas del cerebro» no me refiero a que el hemisferio derecho sea más creativo y el izquierdo más lógico. Esa idea está más anticuada que un meme después de dos semanas en redes sociales. Ambos hemisferios están conectados a través de una estructura llamada cuerpo calloso, que sirve de puente. Según la actividad que realices, se estimulan unas áreas u otras, independientemente del hemisferio. Aunque hay funciones más localizadas en un hemisferio o en otro, los dos trabajan conjuntamente. Y, ya que estamos, olvídate también de ese mito de que solo utilizamos el 10 % del cerebro, que no todo el mundo es tu ex. Hay muchas zonas encendidas de las que no eres consciente, como las que controlan la respiración, la visión, la presión arterial, el equilibrio…

Además de lóbulos, existe otra división (la última, lo juro, es para que puedas ubicar dónde está la corteza prefrontal). El cerebro hace distinción entre la parte exterior y la interior. La parte exterior es más fina y de color gris, es la que llamamos sustancia gris o corteza (inesperado, lo sé). La parte interior, de mayor tamaño, es blanca y se llama sustancia blanca (más originales todavía). Esta diferencia entre ambas solo ocurre en el cerebro, porque en la médula espinal se invierten los colores: la parte exterior es blanca y la interior es gris. Como agua y aceite: el cerebro y la médula espinal. Ya os lo dije yo, que es una movida. Es casi tan complicado como ligar en el siglo XXI. Si has conseguido entenderlo, seguro que podrás ligar, que es más fácil.

La diferencia de color se debe a la posición de las neuronas. Las neuronas son células con una forma extraña, como una especie de árbol pocho o de hoja caduca en invierno. La sustancia gris está formada por las ramas de las neuronas (cuerpo y dendritas). El tronco del árbol es el axón, por donde va el impulso nervioso. Si el tronco tiene musgo (vainas de mielina), el impulso irá más rápido. Por último, las raíces conforman la sustancia blanca, que son los terminales del axón de la neurona. Esta es la estructura de una neurona multipolar (la del cuerpo normativo), pero pueden tener muchas más formas; incluso se pueden parecer a un copito de nieve.

Las neuronas se comunican entre ellas, que si no se aburren. Esto se conoce como sinapsis, y puede ser eléctrica o química. En la sinapsis eléctrica dos neuronas se dan la manita, fácil. La sinapsis química, en cambio, es una relación a distancia. En esta última, se comunican a través de mensajeros, los tan conocidos neurotransmisores. «Neurotransmisor» es lo mismo que transmisor de neuronas, simple. Igual que nosotros pagamos una tarifa para mandar mensajes, las neuronas tienen que pagar un coste energético para comunicarse entre ellas. Ya te digo yo que no van a derrochar energía para votar en Eurovisión. Tienen que llegar a un umbral llamado potencial de acción para que se dé la sinapsis y puedan segregar neurotransmisores, los cuales se han tenido que fabricar previamente. Estos neurotransmisores se liberan por los terminales del axón hacia las dendritas de otra neurona: de los pies a la cabeza.

Los neurotransmisores son moléculas químicas que tienen la función de estimular, inhibir o modular otras neuronas para hacer una función determinada. Esto lo hacen al unirse al receptor de otra neurona. A lo largo de todo este libro mencionaré la palabra receptor muchísimas veces. Un receptor no es más que un sitio al que se une una molécula, hormona, neurotransmisor… lo que sea. Para que se produzca un efecto, algo se debe unir a un receptor. Lo irás viendo sobre la marcha, confía en mí, que yo te lo explico para que no te pierdas.

Existen muchos tipos de neurotransmisores y neuromoduladores, estos últimos no solo se encuentran en el cerebro, sino que también pueden actuar por el resto del cuerpo. Puede que te suenen algunos: dopamina, serotonina, adrenalina, histamina, melatonina… Uno te lo he mencionado ya, y puede que hayas visto la molécula dibujada o incluso tatuada. Como van a ser bastante recurrentes, te voy a hacer un resumencito de los más importantes:

Dopamina: también conocida por ser la molécula del placer, es clave en la motivación y se libera cuando algo nos gusta o recibimos una recompensa: comida, sexo… Hace que queramos repetir situaciones buenas para la supervivencia. Sin embargo, no se restringe solo al placer, sino que es fundamental para controlar nuestros movimientos. De hecho, en la enfermedad de Parkinson hay un déficit de este neurotransmisor en la sustancia negra, una zona del cerebro… negra, por la presencia de neuromelanina, producida por la dopamina. Es por la ausencia de dopamina que las personas con esta afección tienen síntomas como rigidez, lentitud y movimientos involuntarios. Aviso: todavía no te voy a explicar por qué liberas dopamina cada vez que deslizas en un vídeo de Tiktok, tendrás que esperar un poquito más. Esto es solo un aperitivo.

Serotonina: más conocida como molécula de la felicidad, la estabilidad emocional y la calma. Está involucrada en la regulación del estado del ánimo, además de en muchas otras funciones del cuerpo como la temperatura corporal, el apetito, el aprendizaje o el ciclo de sueño-vigilia. Vamos, que llamar a la serotonina molécula de la felicidad es quedarse corto. Es tan polifacética como una navaja multiusos, solo que la serotonina sí que hace todas sus funciones correctamente.


Corteza prefrontal

La ubicación de la corteza prefrontal es la zona delantera exterior del cerebro, dentro del encéfalo. Ahora que ya la hemos encontrado, vamos a ver por qué es tan importante. El cerebelo controla el movimiento, que también es importante, obviamente. Sin embargo, en los preliminares buscamos que tu cita no se luzca con frasecitas como «ni machismo ni feminismo, igualdad» o «todas mis ex estaban locas».

Para ello, la corteza prefrontal juega un papel clave, pues es fundamental en el razonamiento. Está conectada con el sistema límbico, que, grosso modo, es la zona del cerebro más emocional. Está formada por el hipocampo, que se encarga de la memoria; la amígdala, la del cerebro, que procesa emociones fuertes como el miedo; el hipotálamo, que se encarga de funciones vitales como hambre, reproducción, sueño, y el tálamo, que es el control de mandos del cerebro, y se encarga de emoción y memoria…

En esta última zona es donde se inician los impulsos más «primitivos ». La idea de correr una maratón (cuando llevas los últimos 20 años sin moverte del sofá), el impulso de romper el contacto cero con tu ex (ni se te ocurra ni pensarlo), todas esas malas decisiones se inician en el sistema límbico. Sin embargo, para que se lleven a cabo y den las órdenes para que el resto del cuerpo las ejecute, tienen que pasar por el control de la policía: la corteza prefrontal.

La corteza prefrontal es como el cuerpo de seguridad de los pensamientos intrusivos. ¿Sabéis el dicho de «hacerle caso a tu corazón o a tu cerebro»? En realidad, sería más acertado decir «hacerle caso a tu sistema límbico o a tu corteza prefrontal». Así que ya sabes, cuando tu amiga te proponga un viaje por Asia para descubriros a vosotras mismas, puedes decirle que está un poco «desfrontalizada».

Conocemos la función de la corteza prefrontal desde hace relativamente poco tiempo. En la ciencia, muchos descubrimientos se hacen de manera fortuita, sobre todo aquellos relacionados con el sistema nervioso, por sus implicaciones éticas. Hay mucha desinformación sobre la ética en la ciencia, sobre todo en las películas. Muy en resumidas cuentas, no podemos hacer ningún experimento que haga daño de manera consciente a un ser vivo. Eso significa que no podemos quitar un cacho de cerebro y ver qué ocurre, por lo que sea. Así que, por este motivo, es por lo que apenas se sabe de él.

De hecho, en la Segunda Guerra Mundial se hicieron experimentos atroces con seres humanos a partir de los cuales se han hecho muchos descubrimientos. Si queréis dormir esta noche, no los busquéis, el morbo no merece tanto la pena.


Phineas Gage

También se logran hallazgos gracias a casos desafortunados, como el de nuestro siguiente protagonista: Phineas Gage.

Nos remontamos a 1848, Phineas, de tan solo 26 años, era el encargado de supervisar y coordinar el trabajo de las vías del ferrocarril, el futuro Renfe (spoiler de que no va a ir bien). Yo con su edad sigo teniendo que pedirle ayuda a mis padres para hacer la declaración de la renta. Se ocupaba de nivelar con explosivos la ruta por la cual pasaba el tren. ¿Sabías que los hombres viven de media menos años que las mujeres? Para ello, taladraba en ángulo recto una roca, la rellenaba con pólvora, insertaba una mecha y lo cubría todo con arena. Todo esto lo comprimía con una barra de hierro y, desde una distancia prudencial, iniciaba la explosión.

¿Qué podía salir mal? Pues muchas cosas. No le juzgo, soy la primera que disocia y mete el yogur en el lavavajillas y tira la cuchara a la basura. Pues lo mismo le pasó a Phineas. Estaría pensando en si le quedaba leche o tenía que ir al super a comprar más y se olvidó de poner la arena. A la hora de comprimir… ¡Un resplandor y hace pum!

La tarde del 13 de septiembre de 1848, la barra de hierro de 3 cm de diámetro y 108 cm de largo salió disparada a una distancia de 25 metros, no sin antes cruzar la porción posterior de la órbita ipsilateral y parte del lóbulo frontal contralateral derecho de Phineas, emergiendo cerca del vértice craneal (dicho así suena menos terrorífico).

Sus compañeros, al escuchar el ruido, fueron a ver qué tal estaba (no era momento para una «pitipausa»). Lo sorprendente fue que, no solo estaba vivo, sino que era plenamente consciente y racional, sin problemas en la memoria, el equilibrio, la vista, el oído, el olfato, el gusto… Cuando llegaron los médicos pudo contar lo que le había sucedido. No necesitaba ayuda de sus padres, Phineas me va ganando 1-0.

Estuvo unos meses de baja (por lo que sea) donde casi pierde la vida en varias ocasiones por infecciones en la herida. Al final, una bacteria hizo más daño que una barra de 108 cm, otra demostración más de que el tamaño no importa. Sin embargo, cuando aparentemente estaba recuperado y volvió al trabajo, algo había cambiado. Phineas no era el mismo, estaba irreconocible. Antes del incidente, era una persona muy servicial, amigable, educado…, el «popu» del ferrocarril. No obstante, desde el accidente, su personalidad se había transformado por completo. Ahora era arrogante, maleducado, cruel, violento, no se duchaba… Un incel, vamos, lo que compras vs. lo que te llega (lo que ves en las redes sociales vs. la cita en persona). ¿A qué no imaginas dónde se le clavó la barra de hierro a Phineas?

Este caso fue pionero al describir la base biológica detrás de las decisiones morales y sociales. También destaca por darme una explicación a la que aferrarme cada vez que alguien de más de 25 años me pone de los nervios. (Siempre he pensado que Nicolas Cage debería protagonizar una película sobre Phineas Gage).

MUY INTERESANTE

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