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Las aplicaciones instaladas en teléfonos inteligentes pueden conocer mucho más de sus usuarios de lo que estos imaginan. Ubicación, contactos, conversaciones, preferencias personales e incluso información relacionada con la salud pueden terminar formando parte de un enorme mercado dedicado a recopilar, relacionar y comercializar datos.


Un ejemplo reciente es Grindr, aplicación de citas dirigida principalmente a la comunidad LGBTQ+. Cerca de 12 mil usuarios presentaron una demanda en Reino Unido bajo el argumento de que información personal altamente sensible habría sido compartida con anunciantes. Entre los datos señalados se encontraba, en algunos casos, el estado serológico respecto al VIH.


El litigio terminó con un acuerdo por 26 millones de libras. Grindr negó cualquier responsabilidad, por lo que el pago no representa un reconocimiento oficial de culpabilidad ni existió una condena contra la compañía.


El problema va más allá de una sola aplicación. Detrás de los servicios digitales funcionan empresas de almacenamiento en la nube, herramientas de análisis, redes publicitarias y otros proveedores que pueden almacenar, transmitir y relacionar información de los usuarios.


Jan Penfrat, experto en política digital citado por DW, considera que algunas grandes tecnológicas han hecho difícil conocer exactamente quién recopila cada dato y con qué finalidad. A esto se suma que los usuarios suelen aceptar extensas políticas de privacidad sin leerlas para comenzar rápidamente a utilizar una aplicación.


WhatsApp, por ejemplo, accede a los contactos del teléfono durante su instalación, lo que implica que números pertenecientes a personas que ni siquiera utilizan la aplicación pueden llegar a sus servidores. Discord, por su parte, recopila mensajes de texto, imágenes y enlaces enviados por sus usuarios, incluso en conversaciones privadas, salvo que estos se opongan activamente. En mayo de 2026 incorporó cifrado para las grabaciones de voz y video después de años de críticas.


La cantidad de información aumenta cuando una misma empresa participa en diferentes aspectos de la vida digital. Penfrat pone como ejemplo a Google, que cuenta con teléfonos, el sistema operativo Android y aplicaciones como Gmail, calendario, contactos y Maps.


La combinación de esos servicios permite relacionar información sobre comunicaciones, actividades y lugares frecuentados por una persona. “Todo esto acaba formando parte de un enorme perfil”, explicó el especialista.


La comercialización de perfiles personales forma parte de un mercado global de miles de millones. La Unión Europea ha intentado poner límites mediante el Reglamento General de Protección de Datos, además de normas como la Ley de Mercados Digitales y la Ley de Servicios Digitales, que también deben cumplir las compañías estadounidenses cuando operan en territorio europeo o siguen el comportamiento de sus habitantes.


Las autoridades europeas, sin embargo, enfrentan dificultades para vigilar a empresas con enormes recursos económicos, infraestructuras internacionales y modelos de negocio complejos. Europa mantiene además una fuerte dependencia de compañías estadounidenses para servicios en la nube, sistemas operativos, plataformas digitales y, cada vez más, infraestructura relacionada con inteligencia artificial.


El escenario deja buena parte de la decisión cotidiana en manos de los propios usuarios. Penfrat recomienda preguntarse cuál es el modelo de negocio de cada aplicación y de dónde obtiene sus ingresos antes de entregar información personal.


Su advertencia se resume en una conocida frase sobre los servicios digitales gratuitos: “Si no pago, yo soy el producto”.

Agencias

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