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Hay algo en los ojos que nos desarma. Nos miran y nos sentimos mirados. Desde tiempos remotos repetimos que son el espejo del alma, una metáfora que hoy adquiere un giro inesperado en la era de la robótica. ¿Qué ocurre cuando esos ojos no pertenecen a un ser humano, sino a una máquina? ¿Basta la insinuación de una pupila para que proyectemos conciencia, emoción o intención en un artefacto de silicio y acero?

Un equipo de investigadores de la Universidad de Tampere y la Universidad de Bremen se propuso desentrañar este enigma con una pregunta aparentemente sencilla: ¿influyen los ojos en la forma en que atribuimos mente a un robot humanoide? El estudio, publicado en Consciousness and Cognition, ofrece una respuesta contundente: sí, y mucho más de lo que imaginábamos.

El fenómeno que exploraron se conoce como percepción de mente (mind perception), es decir, la tendencia humana a detectar e inferir que otros seres —o incluso objetos— poseen conciencia, emociones y estados mentales. No se trata de una simple fantasía antropomórfica; es un mecanismo cognitivo profundamente arraigado que moldea nuestra conducta social. Ver mente es el primer paso para sentir empatía.


Entre agencia y experiencia: el mapa invisible de la mente

La percepción de la mente suele dividirse en dos dimensiones fundamentales. Por un lado, la agencia, que implica la capacidad de pensar, planificar, ejercer autocontrol y evaluar consecuencias. Por otro lado, la experiencia, entendida como la aptitud para sentir emociones, placer o dolor. Cuando atribuimos agencia a alguien, asumimos que puede actuar con intención; cuando atribuimos experiencia, reconocemos que puede sufrir o disfrutar.

Numerosos estudios han mostrado que los humanos tienden a proyectar estas cualidades incluso sobre entidades no humanas. Robots de reparto, asistentes virtuales o simples figuras animadas pueden despertar en nosotros la sospecha de una interioridad latente. Esta inclinación está bien documentada en la literatura científica. Nuestra mente social parece adelantarse a la evidencia.

Sin embargo, no todos los robots humanoides cuentan con rasgos faciales que evoquen ojos. Algunos presentan superficies lisas, pantallas opacas o diseños minimalistas que prescinden de ese detalle. ¿Es meramente estético o tiene consecuencias psicológicas profundas? La investigación sugiere que la diferencia es sustancial.


El experimento: cuando la pupila despierta la conciencia

Para poner a prueba su hipótesis, los investigadores generaron mediante inteligencia artificial un amplio conjunto de robots humanoides de apariencia realista. Cada modelo fue modificado en dos versiones: una con ojos claramente visibles y otra sin ellos. Posteriormente, las imágenes se mostraron a un nutrido grupo de participantes en dos experimentos independientes.

Los resultados fueron inequívocos. Los robots con ojos fueron percibidos sistemáticamente como poseedores de mayor agencia y experiencia. Es decir, parecían más capaces de pensar y también más capaces de sentir. Este efecto se mantuvo independientemente de que el robot tuviera una apariencia infantil o adulta, y de que los ojos estuvieran integrados físicamente en la estructura facial o proyectados en una pantalla.

El profesor Jari Hietanen, responsable del estudio, subraya un hallazgo especialmente revelador: el efecto de los ojos se observó incluso en una prueba que no dependía de valoraciones conscientes y explícitas. En otras palabras, la mera presencia de ojos activó procesos tempranos, posiblemente preconscientes, vinculados a la percepción social. Antes de que podamos reflexionar, ya hemos atribuido mente.

Este resultado conecta con décadas de investigación en neurociencia social que muestran cómo la dirección de la mirada guía la atención, evoca emociones y activa regiones cerebrales asociadas al reconocimiento de intenciones. Los ojos no son solo un adorno: constituyen una señal social primaria.

Y cuando esa señal aparece en un robot, nuestro cerebro responde como si estuviera ante un interlocutor potencial.Las conclusiones del estudio no son meramente académicas. Si la percepción de mente influye en nuestra empatía, disposición a cooperar e incluso en el trato ético que otorgamos a la tecnología, entonces el diseño de un robot adquiere una dimensión moral. Un par de ojos puede alterar nuestro juicio sobre el estatus social de una máquina.

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