¿Qué ocurre cuando alguien dice que no se siente del todo humano? En los últimos años, el fenómeno therian ha empezado a aparecer en redes sociales, foros y vídeos virales como una nueva forma de identidad que desconcierta a muchos y fascina a otros. Para algunos es una manera de nombrar algo íntimo, para otros una rareza de internet, y para la psicología, un terreno todavía poco explorado.
La pregunta es inevitable: ¿estamos ante una tendencia cultural nacida en la era digital, una metáfora emocional profunda o algo que recuerda, de lejos, a viejos conceptos psiquiátricos como la licantropía clínica? El debate está servido, y no es precisamente tranquilo.
Qué significa ser therian (Y por qué no es lo que muchos creen)
Un therian es una persona que afirma experimentar una identidad interna relacionada con un animal. No se trata, en la mayoría de casos, de alguien que crea haberse transformado físicamente, sino de una sensación subjetiva: “soy humano por fuera, pero por dentro me siento lobo, gato, ciervo…”.
Dentro de estas comunidades se habla de experiencias como los mental shifts, cambios momentáneos en la forma de percibirse, o incluso sensaciones corporales imaginadas, como si existieran orejas o cola. Suena extraño, sí, pero quienes lo viven lo describen como algo personal, no como un espectáculo.
Aquí conviene hacer una aclaración importante: therian no es lo mismo que furry. El mundo furry está más ligado a la estética, los disfraces o la cultura pop. El therianismo, en cambio, se presenta como identidad íntima, a veces espiritual, a veces psicológica, a veces difícil de explicar incluso para quien la siente.
El psiquiatra Jan Dirk Blom publicó en 2014 una revisión sistemática de los casos descritos en la literatura médica, titulada When doctors cry wolf. Su conclusión es clara: la licantropía clínica es extremadamente rara y suele aparecer asociada a trastornos psicóticos o episodios graves.
¿Y si ocurre en casa? Qué hacer (Y qué no) según la psicología
Después de entender el fenómeno desde la historia, la identidad y la cultura digital, hay una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando no lo leemos en internet, sino que lo escuchamos en nuestra propia casa?
Lo primero que conviene subrayar es algo que la literatura psicológica respalda con bastante claridad: explorar identidades en la adolescencia es normal. Cambiar de estética, probar etiquetas, buscar comunidades afines… forma parte del proceso de construcción del yo. Que un joven diga que se siente lobo, zorro o ciervo no equivale automáticamente a un trastorno mental.
La diferencia clave está en cómo se vive esa identidad. Si se trata de una vivencia simbólica —una forma de expresar rasgos personales, sensibilidad o necesidad de pertenencia—, estamos ante un fenómeno cultural e identitario. Si, en cambio, aparece una creencia literal de transformación, pérdida de contacto con la realidad o deterioro funcional grave, entonces el escenario cambia y sí conviene consultar con un profesional.
Desde la psicología del desarrollo, el consejo es menos dramático de lo que cabría esperar: escuchar antes de reaccionar. Preguntar qué significa para esa persona sentirse así suele ofrecer más información que prohibir o ridiculizar. Muchas veces, detrás de la etiqueta, hay cuestiones más universales: sentirse diferente, no encajar, buscar una “manada”.
También es importante no convertir la identidad en el único eje de la relación. Mantener rutinas, límites razonables y diálogo abierto suele ser más eficaz que entrar en una batalla simbólica. La mayoría de las identidades exploradas en la adolescencia evolucionan con el tiempo. Lo que permanece no suele ser la etiqueta, sino la experiencia emocional que la sostuvo.
En definitiva, la ciencia no habla de alarma generalizada, sino de contexto, matices y observación serena. Identidad no es sinónimo de patología. Y, como casi todo en la adolescencia, el fenómeno therian dice tanto de la etapa vital como del símbolo elegido para atravesarla.
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