En la penumbra de una capilla universitaria, Charles Darwin confesó haber sentido cómo un himno le recorría la espalda con un placer casi doloroso. Décadas más tarde, Vladimir Nabokov bautizaría esa misma sacudida como the telltale tingle: el hormigueo revelador que certifica el contacto con la auténtica genialidad. Ese temblor íntimo (que eriza la piel ante una sinfonía, un poema o un lienzo) no es mera metáfora literaria. Es un fenómeno real, medible, y ahora sabemos que también está inscrito en nuestro ADN.
Una investigación dirigida por Giacomo Bignardi y su equipo en el Max Planck Institute for Psycholinguistics, publicada en PLOS Genetics, ha arrojado nueva luz sobre este misterio sensorial.
Gracias a los datos del amplio estudio poblacional Lifelines, que incluye información genética y emocional de más de 15.500 personas en los Países Bajos, los científicos analizaron la predisposición a experimentar lo que denominan “escalofríos estéticos”. Sus hallazgos sugieren que una parte significativa de esta sensibilidad es heredable, revelando que no todos habitamos el mismo paisaje emocional ante el arte.
Cuando el arte atraviesa la piel
Los llamados “aesthetic chills” son momentos de placer intenso acompañados de reacciones físicas como piel de gallina o un leve temblor. Lo fascinante es que no se trata solo de una impresión subjetiva: constituyen eventos observables que conectan la emoción con el cuerpo. Por ello, los científicos los han utilizado como modelo para estudiar cómo respondemos a la experiencia artística.
Investigaciones previas han mostrado que la música y la poesía capaces de provocar escalofríos activan circuitos neuronales similares a los que procesan estímulos biológicamente relevantes. En concreto, un estudio publicado en Frontiers in Psychology demostró que la experiencia de escalofríos musicales implica la activación del sistema de recompensa cerebral. Es decir, el arte puede movilizar los mismos engranajes neuroquímicos que la comida o el amor.
Además, se ha comprobado que existen diferencias individuales estables: algunas personas experimentan estos estremecimientos con frecuencia, mientras que otras apenas los conocen. Tales variaciones se correlacionan con rasgos de personalidad y con diferencias fisiológicas medibles. Así, el escalofrío se convierte en una ventana privilegiada para asomarse a la arquitectura biológica de la emoción estética.
El peso silencioso de la herencia
El nuevo estudio dio un paso más allá al analizar datos genéticos mediante técnicas moleculares modernas, superando las limitaciones de los clásicos estudios con gemelos. Los resultados indican que aproximadamente un 30 % de la variación en la predisposición a sentir escalofríos está vinculada a factores familiares. De ese porcentaje, cerca de una cuarta parte se explica por variantes genéticas comunes detectables en el ADN.
Esto confirma que existe una contribución genética significativa, aunque no determinante. No se trata de un “gen del arte”, sino de un entramado complejo de pequeñas variaciones que, combinadas, modulan nuestra sensibilidad emocional. En términos técnicos, los investigadores estimaron la heredabilidad mediante análisis de similitud genotípica en individuos no emparentados, una metodología que permite distinguir entre efectos genéticos directos y otros factores compartidos por la familia.
Los datos respaldan estimaciones anteriores basadas en gemelos, que situaban la heredabilidad de los escalofríos estéticos entre el 36 % y el 43 %. Sin embargo, la nueva aproximación molecular refuerza la idea de que el componente genético no es un artefacto estadístico, sino una realidad biológica medible.
Un hilo común entre música, poesía y pintura
Uno de los hallazgos más sugerentes del estudio es que ciertos factores genéticos parecen influir en la sensibilidad a distintas formas de arte. Es decir, la predisposición a emocionarse con un poema podría compartir bases biológicas con la reacción ante una pieza musical o una obra pictórica. Esta convergencia sugiere la existencia de mecanismos generales relacionados con la apertura a la experiencia y la implicación artística.
De hecho, los investigadores analizaron la relación entre los escalofríos y el rasgo de personalidad conocido como “openness to experience”. Utilizando índices poligénicos derivados del mayor estudio genómico sobre personalidad hasta la fecha, comprobaron que quienes poseen una mayor predisposición genética hacia la apertura tienden también a experimentar más escalofríos estéticos. La imaginación activa, el interés por las artes y la curiosidad intelectual parecen formar parte de un mismo entramado biológico.
No obstante, también aparecieron diferencias. Algunos efectos genéticos eran específicos de una modalidad artística concreta, lo que sugiere que no todas las emociones estéticas comparten idénticos fundamentos. La música, por ejemplo, puede activar procesos distintos a los que despierta la poesía o la pintura. La sensibilidad artística, por tanto, no es un bloque homogéneo, sino un mosaico de matices.
La conclusión no es que el arte esté escrito en nuestros cromosomas como un destino inmutable. Más bien, los genes parecen proporcionar un marco de posibilidad, una predisposición que luego interactúa con la educación, la cultura y la experiencia vital. Como señala Bignardi, queda mucho por esclarecer sobre cómo estos factores biológicos dialogan con el entorno social.
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