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Hay un instante casi imperceptible en el que el placer del rascado se transforma en saciedad. Ese punto exacto en que el cuerpo dice “basta” no es fruto del azar ni de la mera costumbre. Durante años, los neurocientíficos han tratado de descifrar qué mecanismo interno decide que ya hemos obtenido suficiente alivio. 

Ahora, una investigación presentada en la 70ª Reunión Anual de la Biophysical Society, celebrada en San Francisco en febrero de 2026, ilumina ese misterio con precisión molecular.

El hallazgo, liderado por el equipo de la profesora Roberta Gualdani en la Universidad de Lovaina (Bruselas), identifica un protagonista inesperado: el canal iónico TRPV4. 

Aunque este “interruptor” microscópico ya había sido vinculado con la percepción del dolor y con la detección de estímulos físicos como presión o temperatura, su papel en la regulación del picor (y especialmente en el momento de detener el rascado) permanecía envuelto en controversia. La clave no era iniciar el picor, sino saber frenarlo.

El estudio revela que TRPV4 no actúa como simple generador de la sensación pruriginosa. Más bien, forma parte de un sofisticado sistema de retroalimentación negativa, un circuito que comunica al cerebro que el estímulo mecánico del rascado ha sido suficiente. Comprender este engranaje abre una puerta prometedora para el tratamiento del picor crónico, una dolencia que afecta a millones de personas en todo el mundo.


El guardián molecular del “ya es suficiente”

TRPV4 pertenece a la familia de los canales TRP (Transient Receptor Potential), proteínas incrustadas en la membrana de las neuronas sensoriales que funcionan como compuertas microscópicas. Cuando se activan por cambios de temperatura, presión o estrés mecánico, permiten la entrada de iones y desencadenan señales eléctricas. Estos canales constituyen una pieza esencial del lenguaje nervioso que traduce el mundo físico en experiencia subjetiva.

Para aislar con exactitud la función de TRPV4, el equipo de Gualdani diseñó un modelo murino modificado genéticamente en el que el canal fue eliminado exclusivamente de las neuronas sensoriales. Esta estrategia superó una limitación habitual en estudios anteriores, donde la supresión global del gen impedía discernir en qué tejido ejercía realmente su influencia. La precisión genética permitió afinar la lupa.

Mediante técnicas de imagen de calcio y pruebas conductuales, los investigadores demostraron que TRPV4 se expresa en neuronas mecanosensoriales Aβ-LTMR (especializadas en el tacto suave) y también en subpoblaciones asociadas a vías del dolor y el picor, incluidas aquellas que expresan TRPV1. 

Este último canal, conocido por su implicación en la sensación de quemazón, ha sido ampliamente estudiado, como recoge la literatura clásica sobre la familia TRP. La coexistencia de ambos canales sugiere un diálogo más complejo de lo imaginado.


Cuando el circuito se rompe: la paradoja del rascado prolongado

El experimento más revelador llegó al inducir en los ratones una condición que imitaba la dermatitis atópica, un modelo de picor crónico. Lo que observaron fue desconcertante: los animales sin TRPV4 neuronal se rascaban con menor frecuencia, pero cada episodio era mucho más prolongado. Menos ataques, pero más intensos y duraderos.

A primera vista, el resultado parecía contradictorio. Sin embargo, el patrón escondía una enseñanza crucial. TRPV4 no parecía responsable de generar la sensación inicial de picor. En cambio, su ausencia impedía activar la señal de retroalimentación negativa que normalmente indica que el alivio ha sido alcanzado. Sin ese mensaje inhibidor, el rascado se prolongaba más allá de lo habitual, como si el cerebro no recibiera confirmación de que el trabajo estaba hecho.

Este fenómeno ilustra un principio básico de la neurofisiología: muchas sensaciones no solo dependen de estímulos excitadores, sino también de mecanismos de freno. El concepto de retroalimentación negativa en circuitos sensoriales está bien documentado en la literatura neurobiológica (Braz et al. 2014). El sistema nervioso no es solo acelerador; también es freno.


Un doble filo terapéutico

El hallazgo tiene implicaciones clínicas de gran calado. En enfermedades como el eccema, la psoriasis o ciertos trastornos renales, el picor persistente se convierte en una carga devastadora. La tentación podría ser bloquear TRPV4 como estrategia terapéutica. Pero el estudio advierte de un riesgo: el canal parece desempeñar funciones opuestas según el tejido donde actúe.

En las células cutáneas, TRPV4 podría contribuir a desencadenar la sensación pruriginosa. En las neuronas, en cambio, parece formar parte del mecanismo que la regula y la limita. Un mismo actor con dos papeles antagónicos. Bloquearlo de manera indiscriminada podría, paradójicamente, empeorar el problema al suprimir el circuito de frenado.

Por ello, los investigadores sugieren que las futuras terapias deberán ser exquisitamente selectivas, actuando quizá solo a nivel cutáneo y preservando la función neuronal. Este enfoque de medicina de precisión refleja una tendencia creciente en farmacología: intervenir con bisturí molecular en lugar de martillo químico.

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