En los bosques del sureste de Estados Unidos, el otoño no solo marca el inicio del periodo reproductivo del ciervo de cola blanca. También transforma el paisaje en un entramado de marcas: troncos descortezados, ramas mordisqueadas y claros removidos en el suelo. Estas señales, conocidas como rubs y scrapes, han sido estudiadas durante décadas como parte de la comunicación olfativa de la especie. Sin embargo, una nueva investigación sugiere que estas huellas podrían tener una dimensión visual que hasta ahora había pasado desapercibida para los humanos.
El estudio, publicado en la revista Ecology and Evolution, analiza de forma cuantitativa cómo responden estas marcas cuando se iluminan con determinadas longitudes de onda presentes en la naturaleza. Los autores explican que “la fotoluminiscencia inducida por ultravioleta está ampliamente extendida en Mammalia; sin embargo, sus funciones siguen sin estar claras”. A partir de esta premisa, el equipo se propuso examinar si las señales dejadas por los ciervos podían tener una función visual específica dentro de su propio sistema sensorial.
Una comunicación que parecía solo olfativa
Los machos de ciervo de cola blanca (Odocoileus virginianus) crean señales ambientales en momentos clave del año. Frotan sus astas contra árboles y arbustos, arrancando la corteza externa, y rascan el suelo bajo ramas bajas que luego muerden. Además, depositan secreciones glandulares y orina. Estas estructuras funcionan como puntos de referencia en el territorio y son visitadas por otros individuos.
Tradicionalmente, la interpretación de estas marcas se ha centrado en el olor. Se sabe que contienen compuestos procedentes de glándulas de la frente, de las patas y de la orina. El propio artículo recuerda que “la función olfativa de las señales para la comunicación entre congéneres ha sido investigada”, pero también subraya que “ningún estudio, sin embargo, ha incorporado el conocimiento de la visión de los ciervos en relación con las señales”. Esa ausencia es el punto de partida del nuevo trabajo.
El enfoque cambia cuando se considera cómo ven estos animales. Los ciervos son dicromáticos, con conos sensibles a longitudes de onda cortas y medias, y poseen una sensibilidad especial a la luz en condiciones de baja iluminación. Además, su cristalino carece de pigmentos que filtren de manera significativa la radiación ultravioleta. Esto significa que su mundo visual no coincide con el nuestro.
Qué es la fotoluminiscencia y por qué importa aquí
La fotoluminiscencia ocurre cuando un material absorbe luz a una determinada longitud de onda y luego la emite a una longitud mayor. En términos simples, algo recibe energía y la devuelve en forma de un brillo diferente. En mamíferos, este fenómeno se ha descrito sobre todo en el pelaje o la piel, pero casi siempre de manera cualitativa, sin mediciones detalladas.
Los autores señalan que su trabajo representa “la primera descripción cuantitativa del uso funcional de la fotoluminiscencia ambiental por un mamífero”. La clave está en la palabra ambiental. No se trata de que el cuerpo del animal brille, sino de que el entorno modificado por su comportamiento pueda emitir luz en condiciones concretas.
Para evaluar si esta emisión puede tener una función biológica, el estudio se apoya en criterios previos que incluyen que las longitudes de onda excitadoras existan en la naturaleza, que el color emitido contraste con el fondo, que el objeto sea visible y que el observador tenga sensibilidad espectral adecuada. El equipo buscó comprobar varios de estos puntos en el contexto de los bosques donde viven los ciervos.
Medir el brillo invisible
El trabajo de campo se llevó a cabo en Whitehall Forest, un bosque de investigación en Georgia. Los investigadores localizaron 109 marcas en árboles y 37 raspaduras en el suelo durante dos periodos del otoño de 2024. Cada señal fue medida pocos días después de su hallazgo.
Para ello, utilizaron luces que emitían picos en 365 y 395 nanómetros, longitudes de onda presentes en la atmósfera durante las horas crepusculares, cuando los ciervos son más activos. Con un espectrofotómetro registraron la irradiancia, es decir, la cantidad de luz reflejada o emitida en cada longitud de onda. El análisis se centró en el rango entre 400 y 554 nanómetros, dentro de la sensibilidad visual conocida de la especie.
Los resultados fueron consistentes. “Las señales mostraron un contraste significativo cuando se compararon con los fondos ambientales (p<0.001)”, indican los autores. En términos prácticos, las zonas frotadas y la orina asociada a las raspaduras presentaban valores medios de irradiancia mayores que la corteza intacta o el suelo circundante bajo iluminación ultravioleta.
Además, bajo luz de 365 nanómetros, las zonas frotadas exhibieron picos de emisión alrededor de 450 y 550 nanómetros. Esos valores coinciden con la sensibilidad máxima de los conos de onda corta y media descritos en estudios previos sobre la retina del ciervo. En el caso de la orina, también se detectaron emisiones dentro de rangos visibles para estos animales.
Del laboratorio al comportamiento
El estudio no se limitó a describir diferencias ópticas. También comparó marcas creadas en distintos momentos de la temporada. Las realizadas más cerca del periodo reproductivo mostraron mayores valores de irradiancia que las tempranas. Esto sugiere una posible relación entre el estado hormonal y la intensidad visual de las señales.
Los autores son prudentes al interpretar estos datos. Escriben: “Aunque nuestros métodos no investigaron directamente cambios conductuales en los ciervos asociados con la fotoluminiscencia, hay evidencia que sugiere que existe una relación”. La coincidencia temporal entre mayor brillo y aumento de testosterona abre la puerta a futuras investigaciones experimentales.
En la discusión se destaca que los espectros emitidos se solapan fuertemente con la sensibilidad visual de los ciervos y que estas señales podrían estar “de manera única realzadas para una mayor visibilidad por los ciervos durante las horas crepusculares”. Es decir, el efecto no sería casual, sino coherente con la ecología visual de la especie.
Un bosque que brilla de otra manera
Más allá de la química concreta —que podría implicar compuestos de la madera expuesta, terpenos vegetales o sustancias presentes en la orina—, el hallazgo cambia la forma de entender estos puntos de señalización. Los investigadores concluyen que “los rubs contrastan visualmente con el entorno circundante de una manera que está de forma única adaptada para la visión del ciervo”.
El artículo remarca también que “la firma espectral de las señales que documentamos estaba dentro de un rango visible para los ciervos”. Esta constatación cumple varios de los criterios necesarios para asignar una función biológica a la fotoluminiscencia.
Aunque todavía falta demostrar de manera directa cómo reaccionan los animales ante señales manipuladas experimentalmente, el trabajo sugiere que los bosques al amanecer y al atardecer podrían estar llenos de marcas luminosas que solo ciertas especies pueden percibir. La comunicación en la naturaleza no depende únicamente de sonidos y olores. En este caso, también podría depender de una luz que nuestros ojos no captan.
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