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Las ballenas jorobadas del Pacífico canadiense están reescribiendo lo que sabemos sobre la inteligencia animal. Durante más de dos décadas, un grupo de investigadores ha seguido sus movimientos y comportamientos, centrándose en una técnica de caza tan espectacular como eficaz: la alimentación mediante redes de burbujas. Lo que han descubierto va mucho más allá de una simple curiosidad natural. Estas ballenas no solo cooperan entre sí para cazar, también aprenden unas de otras. En otras palabras, están compartiendo cultura.

El estudio, recientemente publicado en la revista Proceedings of the Royal Society B, se centra en una población de ballenas jorobadas que habita los fiordos de Kitimat, en la Columbia Británica, Canadá. Este sistema de fiordos es un refugio rico en nutrientes, donde las condiciones naturales permiten observar de cerca la vida marina durante años consecutivos. Aprovechando esta oportunidad única, los científicos recopilaron más de 7.000 identificaciones fotográficas de ballenas a lo largo de 20 años. Con ellas, pudieron seguir a 526 individuos distintos, observando cómo evolucionaba su forma de alimentarse.

Lo que descubrieron es tan fascinante como revelador: 254 de esas ballenas utilizaron en algún momento la técnica de la alimentación con red de burbujas, una estrategia en la que los cetáceos exhalan burbujas bajo el agua formando un muro que acorrala a los peces. Luego, se lanzan en grupo hacia el centro de la espiral de burbujas, devorando la presa atrapada. Aunque se conocía desde hace tiempo en Alaska, esta conducta no estaba documentada de forma tan detallada en la costa canadiense.

Pero lo más impresionante no fue tanto la técnica en sí, sino cómo se propagó. A partir de 2014, el número de ballenas que comenzaron a emplearla se disparó. ¿Por qué? Coincide con un episodio extremo conocido como "La Mancha" (the blob), una ola de calor marina que alteró drásticamente el ecosistema del Pacífico norte. Muchos peces desaparecieron o cambiaron de zona. Las ballenas, enfrentadas a una crisis alimentaria, recurrieron a nuevas estrategias. Fue entonces cuando la alimentación con redes de burbujas se convirtió en una habilidad de supervivencia... y en una herramienta compartida.


El análisis de los datos reveló algo más profundo

Los expertos descubrieron que la técnica no se difundió al azar. Las ballenas que pasaban más tiempo juntas tenían más probabilidades de adoptar esta forma de caza. Es decir, no era solo una respuesta individual al hambre, sino un comportamiento aprendido socialmente. De hecho, los investigadores utilizaron una técnica estadística llamada "análisis de difusión en redes" para demostrar que las asociaciones sociales entre individuos predecían la adopción del comportamiento. Era la prueba que buscaban: las ballenas estaban enseñándose unas a otras.

Este descubrimiento tiene implicaciones importantes. Por un lado, refuerza la idea de que los cetáceos poseen una cultura propia, basada en el aprendizaje y la transmisión de conocimientos. Ya se sabía que las ballenas jorobadas cantan canciones que se propagan de un grupo a otro, cambiando con el tiempo como si fueran modas. Ahora sabemos que también comparten estrategias de caza.

Por otro lado, el estudio plantea un nuevo enfoque para la conservación marina. Hasta ahora, proteger a una especie consistía, en esencia, en evitar que murieran demasiados ejemplares. Pero este trabajo sugiere que hay algo más: proteger el conocimiento colectivo. Si desaparecen las ballenas más experimentadas, también podrían desaparecer comportamientos complejos como la alimentación con red de burbujas. Y eso podría comprometer la resiliencia del grupo frente a los cambios del entorno.

De hecho, el caso de los fiordos de Kitimat muestra cómo una población puede adaptarse rápidamente a condiciones extremas gracias a su flexibilidad cultural. Durante la ola de calor marina, cuando muchos recursos escaseaban, las ballenas que aprendieron esta técnica en grupo tuvieron una ventaja clara. Fue una respuesta colectiva, aprendida y transmitida.

Además, la mayoría de las veces que se observó este tipo de alimentación fue en grupo: más del 90% de los eventos registrados involucraban a varias ballenas trabajando juntas. Algunas incluso parecían asumir roles específicos: unas vocalizaban, otras creaban las burbujas, otras se lanzaban primero. Es decir, no solo cooperaban, también parecían coordinarse con cierto grado de especialización.


¿De dónde vino esta conducta?

Los investigadores creen que probablemente fue introducida por ballenas migratorias del Pacífico noreste, donde esta conducta es más común. Pero lo verdaderamente interesante es cómo se propagó entre las residentes. La clave, una vez más, fue la red social. Ballenas que nunca habían sido vistas cazando de ese modo empezaron a hacerlo tras pasar tiempo con quienes sí lo hacían.

Este tipo de cultura animal no es exclusivo de las ballenas. Se ha observado en primates, aves e incluso en algunos peces. Pero en cetáceos como las jorobadas, alcanza una complejidad fascinante, con canciones, rutas migratorias tradicionales y ahora también estrategias de caza cooperativas. Cada una de estas conductas aprendidas aporta flexibilidad, adaptación y cohesión al grupo.

Y como toda cultura, es frágil.

El estudio insiste en que, si queremos proteger de verdad a las ballenas jorobadas, debemos ir más allá de contar cuántas quedan. Hay que observar qué saben, cómo lo comparten y qué papel juega ese conocimiento en su supervivencia. Perder individuos clave podría significar perder habilidades vitales que no se recuperan fácilmente.

En un mundo donde los océanos cambian a un ritmo sin precedentes, donde las olas de calor, la sobrepesca y el ruido submarino alteran los equilibrios ecológicos, la cultura puede marcar la diferencia entre la resiliencia y el colapso. Las ballenas jorobadas nos están mostrando que no solo sobreviven, sino que aprenden, enseñan y evolucionan juntas. Y eso, quizás, sea lo más valioso que tienen.

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