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Por Francisco Zea.- Me parece en extremo peligroso que exista una pléyade de personajes que opinen sobre seguridad nacional, defensa nacional y seguridad pública. Siempre he considerado como el principal crimen en contra de la seguridad de los ciudadanos el politizar su seguridad. En parte, me explico el desmadre que vivimos hoy, por una serie de políticos que, sin el menor recato, hablan de seguridad como si se tratara de entrega de apoyos para estudiar.

Lo grave es que sin seguridad, tengan becas o no, con carrera terminada o no, quizá acabe su vida antes de que puedan hacer algo en favor de sus familias y del país.

Mucho se ha hablado de la militarización, primero con la “Ley de seguridad interior”, y ahora con la creación de la Guardia Nacional.

Por lo que me parece que debemos explicar una serie de términos, que nuestros párvulos políticos y activistas, o desconocen o pretenden, en función de intereses mezquinos, desconocer que el país no aguanta más.

Debemos hacer un breve análisis de los diferentes conceptos que la gente, e incluso nuestros políticos, desconocen y mezclan. En lo único que atinan es en que los conceptos se entrelazan. Si hablamos de Defensa Nacional, tenemos que desgranar dos significados, seguridad interior y exterior. La seguridad interior tiene como principal objetivo mantener el imperio de la constitución y hacer que las leyes sean la forma de convivencia de los ciudadanos. La seguridad exterior es evidente que tiene que ver con la defensa del Estado, entendido éste como población, territorio y gobierno. Pero de forma tradicional, este concepto siempre estuvo referido a ataques del exterior. La novedad es que, al día de hoy, encontramos muchos más enemigos del exterior de los que tradicionalmente conocemos. Por no hacer el cuento largo, uno de ellos y muy peligroso es el daño ambiental que, sin bandera ni banda, puede aniquilar regiones enteras de cualquier país.

Hay que recordar que, actualmente, el fundamento para que las Fuerzas Armadas puedan actuar en las calles en contra del crimen organizado lo encontramos en el artículo 89, fracción 7, de la Constitución, en el cual se lee que una de las facultades del Presidente es ser guardián de la prevalencia constitucional y de la vigilancia de las instituciones, por lo que resulta fundamental decir que de esta prerrogativa del Ejecutivo, no hay ley reglamentaria. Lo que en su momento pretendió ser la Ley de Seguridad Interior, ahora invalidada por la SCJN, entre muchos otros esfuerzos, hoy dejan a las Fuerzas Armadas desprotegidas.

Hay quienes al día de hoy, también están en contra de la creación de una Guardia Nacional, integrada por policías militares y navales, además de miembros de probada confianza de la Policía Federal. La pregunta para estos grupos es: ¿Cuál es la solución? Si están en contra de cualquier solución que implique a los militares, sería fundamental que pongan sobre la mesa y se sienten a ver la disolución del país en manos del crimen.

La cuestión fundamental será definir militarización. Porque sí tenemos un país militarizado cuando interviene el Ejército y la Armada en contra del crimen organizado, sin embargo, no es lo mismo cuando se trata de desastres naturales, entonces nuestros conceptos son del más puro maniqueísmo. Creo que militarizar un país pasa por periodos de la historia tan lamentables como los centroamericanos de los años 60 y 70.

Pero antes que nada, me parece fundamental hablar con información, conociendo el tema y a la institución que se encarga de poner los muertos y partirse el alma todos los días para acabar con los enemigos del Estado.

No sé cuántos mexicanos sepan que su ejército es el número 32 del mundo y el cuarto en América. Quizá esto no sería sorprendente si no conocemos que en México, a diferencia de los otros 32 ejércitos, le destinamos sólo el 0.36% del PIB a las Fuerzas Armadas, en contraste con el primer ejército del mundo, al que se le provee del 4%. Por si esto fuera poco, de este 0.36%, la Sedena destina 75% al gasto corriente que, a diferencia de otras dependencias, significa casa, comida y vestido para cerca de 200 mil soldados que integran la tropa.

Lo anterior no debe desestimarse, tomando en cuenta a las Fuerzas Armadas como los principales formadores de medallistas olímpicos.

Todo lo que acabo de describir no es nada más que información pública, que se puede corroborar en las páginas de transparencia. Yo soy un convencido de que en la discusión por la pacificación del país, todas las voces deben de ser escuchadas, siempre y cuando exista conocimiento de causa. Que no se mantenga el concepto demoníaco del Ejército Mexicano surgido del 68, que aún tiene vacíos y demoles. Que se informen en lo jurídico y estadístico.

Esto lo escribo con conocimiento de causa, porque este domingo estuve en la FIL de Guadalajara, presentando el libro de mi querido y admirado amigo Arturo Ávila, Ejército y Fuerza Aérea Mexicana, otra visión; donde, por medio de un ejercicio transparente y estadístico, se demuestra que nuestras Fuerzas Armadas son las más eficientes del mundo.

Es por ello que considero necesaria y útil la discusión y la opinión, pero me parece estéril un ejercicio en el que quien opine tenga un criterio político y lejano a la verdad. Este país no aguanta más y menos la falacia de la militarización, sobre todo, cuando desde hace años los muertos los pone el Ejército y la Marina, además de los detenidos. No quiero una carta en blanco para la violación de los derechos y garantías, sólo quiero un terreno justo, con seguridad jurídica para quien se parte la madre a diario por nosotros.

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