El aumento de las temperaturas no siempre provoca que los bosques crezcan más o capturen mayores cantidades de dióxido de carbono. Nuevas investigaciones muestran que el calentamiento también puede incrementar la respiración de árboles, raíces y microorganismos, reduciendo la capacidad neta de los ecosistemas forestales para almacenar carbono.
Uno de los estudios analizó durante casi dos décadas el bosque experimental de Bartlett, en Estados Unidos, y encontró que entre 2004 y 2023 su capacidad neta para absorber carbono disminuyó de manera sostenida.
El problema no fue una caída drástica de la fotosíntesis, sino un aumento de la respiración del ecosistema. Con temperaturas más elevadas, plantas, raíces y microorganismos liberaron mayores cantidades de CO₂, lo que terminó reduciendo el balance favorable de carbono.
En algunos años recientes, el bosque incluso llegó a emitir más carbono del que logró absorber. En 2021 registró un balance negativo de 22 gramos de carbono por metro cuadrado, mientras que en 2022 la diferencia alcanzó 120 gramos y en 2023 fue de 15 gramos.
Los investigadores advirtieron que estos resultados cuestionan la idea de que los bosques podrán continuar absorbiendo grandes cantidades de carbono de manera indefinida conforme avance el calentamiento global.
Otro análisis reunió información de 65 bosques boreales y templados del hemisferio norte, con más de 9 mil observaciones mensuales y 831 años acumulados de mediciones.
Los resultados mostraron que las primaveras más cálidas pueden favorecer temporalmente la absorción de carbono al prolongar la temporada de crecimiento y aumentar la fotosíntesis.
Sin embargo, los veranos y otoños más calurosos tienden a generar el efecto contrario. Según el estudio, las pérdidas de carbono durante esas estaciones pueden neutralizar hasta 80 por ciento de las ganancias obtenidas durante la primavera.
La edad de los bosques también influye en su respuesta. Las masas maduras mostraron una mayor capacidad para aprovechar las condiciones favorables de primavera, mientras que los bosques jóvenes presentaron mayores pérdidas durante el verano y el otoño.
En las regiones frías, el aumento de temperatura puede ampliar el periodo disponible para la fotosíntesis, pero también mantiene activa durante más tiempo la respiración de raíces y microorganismos.
Cuando llega el verano y disminuye la disponibilidad de agua, esta combinación puede provocar que el ecosistema libere más carbono del esperado.
En los bosques templados, el calor incrementa las necesidades metabólicas de las plantas y acelera la actividad biológica del suelo, mientras que las condiciones de sequía pueden reducir la fotosíntesis.
El riesgo es todavía mayor en regiones mediterráneas, donde las altas temperaturas se combinan con sequías prolongadas, incendios y mortalidad de árboles. En estos casos, un bosque que durante años funcionó como sumidero de carbono puede convertirse rápidamente en una fuente de emisiones.
Los especialistas señalan que estos resultados no significan que todos los bosques estén dejando de absorber CO₂, ya que la respuesta depende del clima, la disponibilidad de agua, el tipo de vegetación, la edad de los árboles y las características del suelo.
También advierten que plantar árboles por sí solo no garantiza la captura permanente de carbono si las especies utilizadas no pueden adaptarse a las nuevas condiciones de temperatura y disponibilidad de agua.
Entre las estrategias planteadas se encuentra conservar la humedad del suelo, aumentar la diversidad de especies, reducir el riesgo de incendios y adaptar la gestión forestal a las condiciones climáticas de cada región.
Los estudios muestran que la capacidad futura de los bosques para ayudar a reducir el CO₂ atmosférico dependerá no solamente de cuántos árboles existan, sino también de que puedan sobrevivir y mantener un balance favorable entre la fotosíntesis y la respiración en un planeta cada vez más cálido.

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