Tacos, sushi, ramen, pizza, hamburguesas, pasta, papas, pollo frito sándwiches, nuggets, boneless, nachos, helado, pastel son solo algunas de las cosas que podemos pedir a domicilio. Las apps de delivery se han popularizado en los últimos años. Una de las razones por las cuales se opta por esta forma de comer es el precio. Según datos de Didi Food de 2019, existían 65 mil platillos por menos de 99 pesos.
De acuerdo con las páginas de este diario, México es el segundo país en América Latina en pedir comida a domicilio. Y en 2024, datos de Statista estimaron un gasto de 45 mil 110 millones de pesos al año en esta clase de servicios a nivel nacional. Aunque podríamos pensar que el gasto lo vale, existe un problema más allá de nuestras carteras: la basura.
En 2025 se estimaron 300 mil toneladas de residuos plásticos, de las cuales solo el 10 % puede reciclarse. Una cantidad equivalente a casi llenar el Estadio Azteca tres veces. Los envases y embalajes de plástico de un solo uso son los utensilios más contaminantes, y el material más contaminante al momento de fabricar los contenedores es el unicel.
WWF México lo catalogó como uno de los plásticos más problemáticos del país. ¿Por qué? El unicel no es biodegradable ni compostable; por lo tanto, contamina ríos, lagos y el océano en general. Además, puede permanecer intacto durante mil años. En otros casos, se quema y libera gases de efecto invernadero, encargados de destruir la capa de ozono. Por si fuera poco, también es malo para la salud.
Uno de sus principales componentes es el estireno, catalogado como cancerígeno al momento de calentarlo. Aunque una posible solución pudiera ser no calentarlo, ¿a quién le gusta tomar café frío? Todo esto sin tomar en cuenta la presencia de microplásticos, capaces de alojarse en el cerebro, la sangre, los pulmones, los riñones o cualquier parte del cuerpo. Más allá de esto, alguien que en el futuro coma principalmente por servicio a domicilio podría experimentar algún tipo de intoxicación.
Pero el problema no termina en los residuos que vemos. Detrás de cada pedido hay una cadena logística que también contamina: motocicletas y autos recorren la ciudad generando emisiones de CO2. Este modelo de entregas es responsable de una parte importante de la contaminación urbana. Si los repartos se concentraran en puntos de recogida en lugar de ir casa por casa, las emisiones podrían reducirse hasta en un 80 %. La comodidad del delivery, entonces, tiene un costo invisible que respiramos todos los días.
Si bien dejar de pedir a domicilio puede resultar en una solución un tanto radical, sí podemos hacer algo. Podemos buscar lugares que utilicen contenedores biodegradables, rechazar utensilios que no vayamos a utilizar como los cubiertos y, de vez en cuando, cocinar una o dos veces a la semana.
LA JORNADA

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