Por Ilán Semo.- El bombardeo inclemente sobre Irán impuesto por las fuerzas militares conjuntas de Estados Unidos e Israel arroja hoy un cúmulo de interrogantes sin aparente respuesta. Y en la medida en que se ahonda el conflicto, las realidades que ha propiciado escapan cada día a nuestra capacidad de interpretarlas. En la actualidad, incluso la guerra y sus causas aparecen como enigma.
La primera interrogante es evidente: ¿acaso el Pentágono, que todo lo prevé – salvo la imposibilidad de preverlo todo–, no pensó en la posibilidad de que el régimen iraní bombardeara no sólo las bases militares de Estados Unidos situadas en los países del Golfo Pérsico, sino también sus refinerías y centros turísticos? Es difícil creer que no haya calculado las posibles coordenadas de la venganza de Teherán. El mismo narco Rubio –tal y como se le conoce en los pasillos de Washington–, no precisamente un dechado de inteligencia, ofreció una versión exculpatoria que parece sacada de una novela rudimentaria en la que no pudo evitar la referencia: “Atacamos porque Israel se preparaba para atacar. Y sabíamos que Irán lanzaría sus misiles contra nuestras bases militares en la región”.
El dilema del aliado –esa suerte de hospitalidad que acepta al huésped armado– es que la guerra, cuando llega, no pregunta por los contratos. El problema de albergar una base militar estadunidense en el propio territorio –como en Arabia Saudita, Qatar, Bahréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Omán– reside en que en caso de un conflicto (que involucre a la Casa Blanca), peligra la seguridad del país entero. Al dirigir su respuesta contra los países de la región, Irán derribó una certidumbre que parecía tan sólida como los oleoductos: la de que el Golfo era una mera factura, una región condenada a la rutina de extraer y vender. Ahora el petróleo es un rehén.
La pregunta no es sencilla: ¿a quién beneficia que la región entera se convierta en una zona generalizada de conflicto? La segunda e inevitable interrogante contiene, en cierta manera, algunas claves de la respuesta: ¿contemplaron los asesores estadunidenses la opción de que Irán cerrara el estrecho de Ormuz, con las predecibles consecuencias sobre los mercados mundiales? Seguramente lo advirtieron como un “escenario posible”.
Lo que no imaginaron –muchas veces la imaginación es menos dócil que la lógica– es que Teherán, más que cerrarlo, podía pasar a gestionarlo: los buques tanques que llevan petróleo a China y la India tienen autorizado cruzarlo, no así los demás. ¿Por qué esa cortesía con Pekín y Nueva Delhi? La respuesta es elemental: el régimen iraní se asegura los ingresos necesarios y deja en claro la geografía de sus alianzas. En todo este tiempo, Irán aprendió algo de Estados Unidos: ahora está aplicando sanciones a sus aliados. Estamos ante el paso de un dispositivo de bloqueo a un dispositivo de filtro.
El poder ya no se ejerce principalmente por la prohibición, sino por la distribución diferencial del acceso. El veto es un acto defensivo, que aísla a su ejecutor; la sanción, un sistema de distinción y gobierno del afuera. Para descifrar los dilemas inscritos en esta geografía habría que remontarse al 28 de junio de 2024. Es la fecha en que Arabia Saudita canceló el acuerdo de los petrodólares. Dos visitas de Joe Biden y una de Donald Trump no lograron disuadir a los sauditas de que se retractaran. Con ello abatieron la columna vertebral que durante más de 50 años sostuvo a una de las paradojas económicas más inverosímiles de la historia.
Debido a que todas las transacciones de gas y petróleo en el mundo se realizaban en dólares, Estados Unidos pudo convertirse en la nación acreedora por excelencia y, a su vez, en la principal deudora. Ningún imperio anterior había logrado mantenerse en la cresta de semejante oxímoron. Gracias a él la sociedad estadunidense pudo gastar, a lo largo de medio siglo, mucho más de lo que producía. Decretado el fin del acuerdo de los petrodólares, los países del Golfo empezaron a derivar el comercio de energéticos hacia otras monedas: el yuan, el rublo, el yen, la rupia.
Surgió entonces un sistema de transacciones alternativo al Swift occidental: el pBridge, sostenido en la productividad china, el precio bajo del petróleo ruso y las exportaciones de los países del Golfo. En tan sólo un año y medio, el pBridge “subió como la espuma”, en palabras de Vijay Prashad (una metáfora que alude a lo orgánico, lo proliferante, lo incontrolable). El sistema Swift funcionaba como una tecnología que no sólo registraba transacciones, sino que instituía el espacio mismo en que lo económico devenía enunciable. El pBridge instaura otra superficie de inscripción.
No es una estrategia diseñada por un sujeto soberano (China, Rusia u otro) ni un sistema de integración, sino una insólita red de acoplamiento de disímbolas economías de manera más horizontal, cuyas reglas están por estabilizarse. Desde ese momento, las fuerzas que Trump definió desde enero de 2025 como “los globalistas” –sobre todo el cónclave bancario y financiero reunido en gran parte en la Reserva Federal– empezaron a presionar a la Casa Blanca para desestabilizar a los países del Golfo Pérsico.
De lo contrario, el horizonte sería la desdolarización gradual del mercado mundial. En la guerra contra Irán, Estados Unidos se juega la posibilidad de un severo golpe a la hegemonía del dólar. Una hegemonía que, para el sistema estadunidense, al parecer vale una guerra por más brutal e inexplicable que resulte ante su propia población.

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