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Delante de los asistentes al entierro, Vela abrió el féretro y, posando su boca en la mejilla de la muerta, le dio un beso. En seguida tomó el anillo de oro y granates que llevaba ella en su dedo anular derecho.

Crujió entonces la estructura que detenía la caja mortuoria y en ese momento, Enrique Vela, quien parecía casi igual de muerto que su mujer, perdió el equilibrio sobre el resbaladizo terreno.

Cayó el hombre atravesado su cuerpo sobre la caja.

El impacto hizo que se sofocara por la falta de aire y que le empezara a sangrar la nariz. Trató de incorporarse, y sólo logró que su pierna derecha se le metiera en la fosa al abrirse la tierra suelta. Sumamente lastimado por los golpes, sus amigos lo rescataron de aquella caída y le dieron auxilio y le aplicaron sales aromáticas para volverle el conocimiento.

Aquello había sido una mala señal, un augurio funesto, coincidieron varios de los testigos.

“No debió de quitarle el anillo a la muerta”, dijeron.

“Se sabe que es de mala suerte... quién sabe qué le espera... puede morir, o la difunta puede regresar, o simplemente no irse hasta que le devuelvan el anillo”, agregaron las malas lenguas.

Cuando quedó solo en su amplia casa desolada, Enrique Vela guardó la joya en un alhajero y se dispuso a descansar y a reposar los desvelos que había sufrido durante la larga agonía de su esposa. Repasó lo sucedido y se impuso creer en que, al coger el anillo, lo hizo para guardar un recuerdo cercano de una prenda de la compañera de los últimos veinte años de su vida.

Dejó abiertas las ventanas de su alcoba, e intentó lograr el reposo del sueño. Dos largas horas casi, y los ojos del nuevo viudo seguían abiertos y enrojecidos de desvelo y cansancio. Era ya después de la media noche y entre las hojas abiertas de la ventana alcanzó a ver que una forma blanca atravesaba el patio.

De alguna manera, le pareció a Vela que reconocía a su esposa en aquella sombra extraña que se movía tan lentamente. Con los ojos, porque no se atrevió a levantarse pero ni siquiera a mover manos o piernas, siguió los movimientos del fantasma por la casa. La figura blanca rondaba ya por las habitaciones, con la cabeza baja, como buscando algo.

Y desapareció de súbito, sin haber encontrado nada, el espectro fantasmal.

A la siguiente noche, todo se repitió, con el agravante de que, enfermo de insomnio, el hombre no había dormido en absoluto. Llegó de nuevo la mujer, entró a la casa y dejó al marido paralizado de miedo.

Pero esta vez, llegó al atribulado mortal un grito entrecortado que era la voz de aquel fantasma, quien le decía: “¡Mi anillo!, necesito mi anillo!, por favor, devuélveme el anillo!”

Venció Enrique la parálisis, y se levantó en pos del alhajero, que sacó de un cajón de su recámara, pero al querer entregárselo a aquel monstruo del más allá, la esposa fantasma había ya desaparecido.

Con la luz del día, acudió al cementerio y enterró el anillo junto a la tumba que era de tierra todavía, y le ofrendó la prenda a la mujer: “Toma, esposa, no te inquietes, y si el anillo lo debes llevar a donde vas, no te detengas ya por ese detalle. Te quiero mucho, no me resigno a perderte, y sólo espero que el Cielo me conceda que pronto nos reunamos”.

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