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Por Felipe Ávila.- En días pasados, el nombre de Carlos Monsiváis volvió a estar presente en la opinión pública por una infame publicación de un diario de circulación nacional de una falsa entrevista que sirvió a grupos conservadores para atacar a dos figuras emblemáticas de la izquierda mexicana, el propio Monsiváis y el ex presidente López Obrador. La indignación y las críticas que desató la publicación y la incapacidad del autor de la entrevista para mostrar evidencias de ella, obligaron al diario a disculparse públicamente y retirarla. El pasado 19 de junio se cumplieron 16 años del fallecimiento de Monsiváis, por lo que vale la pena recapitular brevemente su importancia en la vida pública de México y los avances en la conquista de libertades y derechos y en la construcción de la democracia en lo que tanto contribuyó.

Carlos Monsiváis tal vez fue el más importante e influyente intelectual de la izquierda mexicana de la segunda mitad del siglo XX y la primera década de este siglo. Con una memoria prodigiosa y gran capacidad de observación de la realidad social, lector voraz, amante de la literatura, de la música y el cine, retrató en sus numerosos textos, con profundidad e ironía, a una sociedad mexicana que cambiaba aceleradamente.

Fue un escritor polifacético. Escribió crónicas y ensayos sobre temas tan diversos como literatura, arte, cine, música, política, feminismo, diversidad sexual, luchas indígenas y movimientos sociales. Pero la faceta más importante de Monsiváis fue su sensibilidad y compromiso con las luchas y resistencias de los sectores populares, con los que siempre se identificó. 

Fue tal vez la voz más lúcida en denunciar y burlarse del cinismo, la corrupción y las prácticas represivas del régimen priista y de la oligarquía dominante. 

Criticó con sarcasmo la doble moral de la derecha conservadora, denunció sus ataques al Estado laico, al aborto y al matrimonio de personas del mismo sexo. 

Entre sus múltiples actividades intelectuales, una constante que lo definió y que lo hizo merecedor del respeto y el cariño popular, fue su apoyo a las luchas sociales. Su primera participación política, cuando tenía 16 años, fue en una manifestación de protesta contra el golpe de Estado orquestado por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos para deponer al gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala, en 1954. 

Desde entonces apoyó todas las protestas, luchas y movimientos sociales que ocurrieron en el país en las siguientes décadas. Con su privilegiada pluma, apoyó en la calle e hizo la crónica de los movimientos ferrocarrileros, magisteriales, de médicas, médicos y enfermeras a finales de los años 50 y 60 del siglo pasado. Fue una de las voces más importantes que acompañó al movimiento estudiantil de 1968. Estuvo con las trabajadoras y trabajadores que en los años 70 construyeron el sindicalismo independiente. Apoyó a las grandes movilizaciones campesinas que marchaban en esos años desde sus comunidades hasta la ciudad de México exigiendo el cumplimiento de sus demandas. 

En su célebre polémica con Octavio Paz de 1977, una discusión que vale la pena releer, criticó al escritor, ya por entonces uno de los más importantes intelectuales mexicanos, quien en una entrevista para Julio Scherer en Proceso había hecho juicios lapidarios acerca de la izquierda mexicana, el socialismo real, el totalitarismo y también de la derecha mexicana. Paz había calificado a la izquierda de “murmuradora y retobona”.

Monsiváis le contestó: “¿Murmuradores y retobones” los militantes de partidos enfrentados en toda la provincia a los odios caciquiles y a la irracionalidad homicida de gobernadores, porros y guardias blancas? ¿Murmuradores y retobones los miembros de la Tendencia Democrática que han dado con su orgullo de clase, su valentía y su solidaridad un alto ejemplo moral ante el acoso de fuerzas aplastantes? ¿Murmuradores y retobones los detenidos y torturados y desaparecidos? 

Es casi penoso recordarle –a quien nos legó el gesto extraordinario de su renuncia diplomática después de la matanza de Tlatelolco y a quien abandonó junto con un equipo de escritores la revista Plural como acto de dignidad al consumarse el golpe pistoleril contra el Excélsior dirigido por Julio Scherer– que la izquierda, por más limitaciones históricas que tenga, sigue siendo la alternativa más coherente y valiosa para el país.

En 1985, frente a la tragedia de los sismos, hizo crónicas magistrales de la emergencia de la sociedad civil, de la solidaridad de la gente con las víctimas de la tragedia, contrastándola con la ineptitud e indolencia del gobierno. Se comprometió con la insurgencia cívica del neocardenismo que en 1988 arrinconó al régimen priísta y lo derrotó en las urnas, denunciando el fraude y la ilegitimidad del gobierno salinista. 

Supo entender la legitimidad del levantamiento indígena chiapaneco y, aunque no creía en la necesidad de las armas, se hizo eco de su resistencia, de su dignidad y de su propuesta incluyente para construir un México mejor para todas y todos.

Apoyó incondicionalmente la lucha de las mujeres por conquistar sus derechos y fue pionero y la figura más importante en la lucha de la diversidad sexual. Asimismo, usó su gran influencia como figura pública para que se tomara conciencia y se realizara una campaña nacional para combatir el VIH. Se sumó a la indignación y la protesta por el fraude electoral de 2006 y escribió páginas luminosas de las grandes movilizaciones contra el desafuero y de la resistencia civil contra la imposición

Monsiváis hizo grandes aportaciones para el avance de la democracia que permitió a la izquierda mexicana llegar al poder. Aunque no le tocó presenciar este triunfo, contribuyó como pocos a definir este proyecto de nación basado en el Estado laico, las libertades y derechos, la democracia, la soberanía nacional y la justicia para los más pobres.

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