Por Maciek Wisniewski.- La analogía histórica es una herramienta tan útil como problemática. Cuando hecha bien, está diseñada como un “atajo cognitivo” para orientarnos ante lo nuevo y los desconocido mediante el recurso al pasado. Pero cuando ignora las diferencias y se deja de llevar solamente por las semejanzas superficiales y/o atractivas −a menudo en favor de una agenda o narrativa política conveniente de momento−, trivializa la historia, anula su alteridad y la especificidad de los hechos del pasado afectando nuestras capacidades de entender el presente.
Así, lo que observamos muchas veces no son las “repeticiones de la historia”, sino sus instrumentalizaciones y el caso de la toma y la quema de Washington en 1814 por los británicos (t.ly/Auu5H) −el suceso histórico que de vez en cuando “salta” como una analogía en la discusión pública en EU− es un buen ejemplo.
En los últimos años, este evento ha tenido al menos “tres vidas”, todas −sintomáticamente− en referencia a Trump y al trumpismo. Dos de ellas apenas en la última semana y dos fallidas por su incapacidad de entender la naturaleza de los eventos en cuestión o por su uso superficial y una atinadísima que funcionó bien para desnudar la farsa y la infantilidad detrás del reciente (y no tan reciente) guerrerismo estadunidense.
El más sonado momento fue después del ataque de los trumpistas al Capitolio en 2021, cuando los medios no paraban de decir que este era “el primer ataque al Congreso desde la quema de Washington por los británicos” −¡ejem, ejem!: Lolita Lebrón y su comando boricua (1954) quisieran decir algo…− y los columnistas, tanto liberales como conservadores, se tropezaban sobre sí mismos en trazar las analogías entre este evento y uno de los acordes finales de la −perdida “técnicamente” por EU− guerra anglo-estadunidense de 1812.
Recordemos: agraviado −entre otros− por el cobijo que ofrecía la colonia británica de Canadá a los esclavos fugitivos, el integrado por los esclavistas gobierno estadunidense decidió a invadir a su vecino y −tras triunfos militares iniciales− saqueó y redujo a cenizas la ciudad de York (actual Toronto). Dos años más tarde la suerte se revirtió: los británicos comandados por el almirante George Cockburn navegaron por el río Potomac y tras una escaramuza en el camino tomaron sin oposición la capital de la joven república incendiando el Congreso, la Corte Suprema y la Casa Blanca, no sin antes de disfrutar de la lujosa cena de victoria que Dolley, la esposa del presidente James Madison, ya había preparado para sus tropas.
Aunque evocativa, la analogía entre la quema de 1814 y los disturbios de 2021 representaba un vacío analítico. Se guiaba por las “semejanzas visuales”, la búsqueda de un mejor rating televisivo y estaba puesta al servicio de diferentes agendas: por un lado permitía sobredimensionar el carácter del evento que en realidad era caótico y desorganizado; por el otro, pintarlo como una “agresión foránea” e ignorar sus raíces internas y sistémicas.
Después de un aparente hiato, el martes pasado en uno de los discursos durante su visita oficial en Washington el rey Carlos III, en alusión a la polémica demolición del Ala Este por parte de Trump para construir su nuevo salón de baile −presentado incluso como “una medida de seguridad” tras los incidentes recientes−, recordó “que nosotros, los británicos, también hicimos nuestro propio pequeño intento de remodelación inmobiliaria de la Casa Blanca en 1814” (t.ly/-TmMi), una analogía que a su vez, no buscaba explicar nada de la remodelación de hoy, sino generar una risa cómplice que banalizaba el hecho histórico y evitaba una confrontación política real.
Pero cuando al día siguiente, el congresista demócrata Seth Moulton durante la deposición del Secretario de Guerra Pete Hegseth, comparó la quema de la capital de EU al “bloqueo estadunidense del bloqueo iraní” (sic), dio en el clavo: (Moulton) “Sr. Hegseth, ¿llama usted ‘victoria’ al cierre del Estrecho de Ormuz por parte de Irán?”; (Hegseth) “Diría que el bloqueo que nosotros mantenemos que no permite que nada entre o salga de los puertos iraníes...”; (Moulton) “Bien, así que hemos bloqueado su bloqueo. Eso es como decir ‘¡tú las traes!’, o como si el presidente Madison hubiera dicho ‘los británicos han quemado Washington, pero no se preocupen, nosotros también vamos a quemarlo’”.
Aquí la analogía histórica funcionó a la perfección: capturó la absurdidad de la lógica de la “reciprocidad destructiva” en una guerra de elección iniciada por Trump y su administración sin ningún objetivo estratégico claro y que, después de que Irán no se dobló “en tres días” como pensaban, apostaron sólo a infligir “el máximo daño” (militar, económico) y a ver “qué pasa”. El fantasma de 1814 sirvió aquí para evidenciar la ineptitud, pero también para resaltar algo más.
En 2012, en el bicentenario de la guerra anglo-estadunidense, recordada mucho más en Canadá que en EU, Patrick Cockburn el conocido periodista irlandés y corresponsal en Medio Oriente y… descendiente del oficial que mandó a quemar a Washington, apuntaba que éste muy mal calculado conflicto −Madison creyó que era un buen momento para conquistar Canadá (¿qué tal, Mr. Trump?)− puede ser visto como arquetipo de todas las guerras estadunidenses “de mala concepción y desastrosa ejecución” (t.ly/1M3rh).
Aparentemente fue también de allí que se volvió “tradicional” para los presidentes de EU el negarse a admitir las derrotas militares, por lo que las retiradas suelen llevarse bajo la retórica ritual de que “la intervención ha logrado de alguna manera sus objetivos”. Así fue en caso de Vietnam, Irak o Afganistán y así es y así será con la mal concebida y desastrosa guerra con Irán, por lo que la analogía histórica aquí “funcionó según lo diseñado”.

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