Ciudad de México. Los partidos América-Cruz Azul tienen la capacidad de sacudir los cimientos de una ciudad. Ponen en jaque la infraestructura de urbana, saturan estaciones del metro, y disparan las tarifas dinámicas de taxis por aplicación. Pero, sobre todo, son un termómetro social: este sábado, el empate 1-1 dejó un sabor amargo en una afición que siente que el futbol ha dejado de ser un espejo de la calle para transformarse en un privilegio exclusivo, incluso en un clásico joven de fase regular.
La cultura del llamado clásico joven -el primero en disputarse desde la reapertura del Estadio Azteca- choca hoy con una realidad distinta. Mientras las autoridades ejecutan ensayos logísticos rumbo a la Copa Mundial de la FIFA, la pasión ha vuelto a pasar por caja con entradas que fluctuaron entre 683 pesos y 9 mil pesos, como si el grito de un gol valiera más según la cercanía del césped. Dicha lógica de precios dejó una huella visible: cientos de butacas vacías en categorías premium y zonas altas.
En el área destinada al patrocinador principal, las lonas cubrieron los huecos donde el concreto ahora espera por nuevos asientos mundialistas. El estacionamiento fue otro punto de fricción. El costo dentro del recinto escaló de 350 pesos a mil 139 pesos con la misma inercia que el servicio de Park&Drive (estacionamiento satélite), similar al implementado el 28 de marzo en el México-Portugal-, el cual alcanzó los 650 pesos.
Los franeleros, dueños de la calle por antonomasia, ofrecieron espacios sobre la vía pública por 700 pesos, el doble de lo que cobraban hace apenas dos años, cuando ambos equipos se midieron en la final del Clausura 2024. La inflación del sentimiento. “Es un robo, por eso tantos venimos caminando desde 30 minutos”, mencionaron seguidores afectados. “Los lugares de hasta arriba, en casi 700 pesos, no están tan mal, pero pagar por el resto de las zonas es una locura”.
Desde el inicio de las obras de remodelación, el Azteca -ahora renombrado Estadio Banorte- ha dejado de corresponder al precio de las entradas. Sólo entra quien posee un mayor presupuesto. Durante el partido, el América notó cierto temor de un rival al que su afición presume haber quitado todo (títulos y localías, entre ellas la del Estadio Ciudad de los Deportes). Atacó, controló la pelota y no tardó en conseguir la ventaja con un gol del volante Patricio Salas (17), quien conectó un cabezazo a primer poste cuando Cruz Azul era un mar de nervios.
A contracorriente, La Máquina logró reaccionar. Perdió a su referente en ataque, el argentino Nicolás Ibáñez (por lesión en el talón de Aquiles), pero el equipo se mantuvo de pie con el empate de Omar Campos (45+3), en un remate extraño con el muslo. Para mitigar el impacto económico, la afición optó por la colectividad. Fueron pocos los que costearon el estacionamiento del estadio en solitario; la mayoría arribó en grupos de tres o cuatro integrantes para dividir el gasto.
A pesar de la modernización, el acceso resultó una carrera de obstáculos. La fluidez se vio interrumpida por la obligatoriedad del Fan ID y la intermitencia de los lectores de códigos QR. Aunque se instalaron mil 200 antenas de WiFi, la conectividad siguió siendo el gran pendiente; publicar un video, una foto, o realizar un pago digital requirió de múltiples intentos y una paciencia inagotable.
En medio de este nuevo ecosistema de precios y restricciones, el folclore sobrevivió en las inmediaciones. Sobre la Calzada de Tlalpan, los grupos de animación del América entonaron sus cánticos habituales, algunos encaramados en los toldos de los camiones con banderas al viento. “Vaaamos/ vayamos Amééérica/ que esta noooche/ tenemos que ganaaar/“, resonaba en las calles. Otros, más cautos, guardaron el aliento tras caminar hasta media hora desde los estacionamientos remotos, preparándose para lo que siempre será más que un simple partido.
En la cabecera norte, lugar donde se ubica el Ritual del Kaoz, el olor a marihuana se esparció después del 1-0 de Salas, burlando los rigurosos protocolos de revisión avalados por FIFA. Incluso el espectáculo de medio tiempo, a cargo del cantante venezolano Lasso, no estuvo exento de problemas al presentar fallas evidentes en el sonido local. Al final, el clásico joven demostró que, aunque el Azteca cambie de nombre y los precios expulsen al aficionado común de los grandes partidos, la pasión por el juego sigue siendo indomable.

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