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Foto: Tomada de Internet
A veces pasamos el tiempo asombrándonos de las cosas que pasan en otros estados, en otros países, sin saber a veces que en nuestra propia calle, colonia, municipio, hay alguien que también necesita del asombro ajeno si sólo así a veces llega la ayuda, cuando hasta de la familia se le niega.

Fue el caso de Pascual Benjamín, uno de los cuatro hijos de la familia González Miranda, el que irónicamente llevaba el nombre de “el más pequeño” y murió pesando cerca de 300 kilos, que este martes acaparó los titulares y la sorpresa de propios y extraños.

Qué hacía un hombre de sus dimensiones sin cuidado y sin apoyo, sin la debida infraestructura para que viviera con dignidad, pero sobre todo cómo llegó hasta esa situación, cómo es que la otra acepción de su nombre, fuerza, no le acompañó hasta la hora de su muerte. Cuestiones que quizá nunca sabremos y que muy bien servirían, tristemente, de lección para no pocos.

Desde hace por lo menos siete años, Chihuahua ha estado apareciendo en los primeros lugares de sobrepeso y obesidad, y no sólo infantil, pero somos tercos por naturaleza, si algo no hemos de poder comer, lo comeremos con más ganas porque ahora es prohibido y porque de alguna manera nos satisface otras carencias, casi siempre emocionales.

El por qué nunca supimos antes del caso de Benjamín quizá se encuentre en esas líneas que replicaron varios medios: su familia se negaba a romper ventanas y paredes para poder sacarlo y así intentar ayudarle en esa crisis que finalmente le llevó a la muerte, porque además, el joven de apenas 36 años tenía diabetes e hipertensión, dos de las enfermedades ligadas desde siempre al sobrepeso y al sedentarismo. ¿No lo sabían sus familiares? ¿No hubo nunca una autoridad interesada en ayudarlo como se ve en tantos casos en la televisión? ¿O es que, de nuevo, su familia nunca pidió ayuda?

Aquí lo importante no es buscar culpables. Habría bastantes y no sabríamos con certeza cuál aplica en el caso de Benjamín. Las madres que acosan a sus hijos para que coman hasta la última migaja; la televisión que nos bombardea a cada rato con estos o aquellos productos, llenos de grasas y cosas falsas, tan faltos de nutrientes; o las modas que nos dictan ser delgados y cuando no los somos nos obligan a escondernos y entonces comemos porque nadie nos quiere, porque no tenemos trabajo o escuela o novia o dinero o amigos o…

Si algo nos regaló Benjamín en esa última lucha por sobrevivir es una lección de cómo, al final, uno está solo contra el mundo, y sólo uno puede decidir cómo enfrentarse, si con kilos de debilidad o el valor suficiente para querernos y decir basta a aquello que nos destruye, sea comida, problemas o familia. 

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