Por Simón Vargas Aguilar.- Hoy se conmemoran 25 años de los atentados que redefinieron la seguridad nacional estadunidense. Aquel día, Al Qaeda demostró que un grupo podía golpear el corazón del poder militar y financiero de una superpotencia, y un cuarto de siglo después, la amenaza no ha desaparecido, se ha fragmentado, se hizo híbrida y, de acuerdo con la doctrina vigente en Washington, se ha extendido a actores que antes se consideraban principalmente criminales.
La Estrategia de Contraterrorismo de Estados Unidos de 2026, publicada en mayo por la administración Trump, establece tres prioridades explícitas. La primera es la “neutralización de las amenazas terroristas hemisféricas”, como los cárteles de la droga y las bandas trasnacionales, ahora designados organizaciones terroristas extranjeras.
La segunda apunta a los “terroristas islamistas heredados”, como Al Qaeda, especialmente su rama en la península arábiga (AQAP), Estado Islámico e ISIS-Khorasán, y la Hermandad Musulmana, y la tercera identifica a extremistas violentos de izquierda, anarquistas y grupos antifascistas. El documento refleja la lógica “America primero”; el hemisferio occidental vuelve al centro, y el contraterrorismo se convierte también en herramienta de política regional.
Con respecto al primer frente, Estados Unidos ha realizado decenas de ataques contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico oriental, capturó a Nicolás Maduro en Venezuela bajo la etiqueta de “narcoterrorista” y ha impulsado misiones conjuntas en Ecuador, Colombia, Guatemala, Honduras y Panamá. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha comparado explícitamente a los traficantes con ISIS o Al Qaeda.
Y no olvidemos que el 15 de diciembre de 2025, Donald Trump firmó la orden ejecutiva que designa el fentanilo ilícito y sus precursores como armas de destrucción masiva: “El fentanilo ilícito está más cerca de un arma química que de un narcótico”, dice el texto; “ninguna bomba hace lo que esto está haciendo”, dijo el presidente al firmar. La analogía es brutal, y para quien haya visto las calles de Filadelfia, San Francisco, avenida Kensington o de ciertos rincones de Ohio, también es descriptiva.
Porque el fentanilo no explota, se infiltra; no derriba edificios, deja un cuerpo doblado en la banqueta, con la aguja todavía en el brazo y la mirada ausente, como si alguien hubiera apagado el interruptor de la voluntad; es una destrucción masiva en cámara lenta.
El veneno del fentanilo recorre las venas de Estados Unidos con la misma precisión con la que un gas tóxico recorre un túnel, y sobre esta premisa se construyó el Escudo de las Américas, anunciado el 7 de marzo de 2026 en Doral, Florida. La coalición reúne a 20 gobiernos latinoamericanos cuyos ejes de gobierno coinciden en una idea: la seguridad no es un capítulo más del programa: es el programa.
La guerra contra el narcoterrorismo se ha consolidado como uno de los temas más abordados, incluso el pasado 9 de septiembre se volvió a aumentar la presión por parte de Estados Unidos, ya que el secretario de Estado, Marco Rubio, mencionó en su discurso en Ecuador que es necesario que el gobierno de México realice más acciones, incluso dijo: “Esperamos trabajar en cooperación con ellos para hacer más, porque al final la cabeza de serpiente son los cárteles en México”.
Por otro lado, en segundo lugar, están los “islamistas heredados”, porque el yihadismo clásico no se ha extinguido. La Oficina Federal de Investigaciones (FBI) advierte que Al Qaeda e ISIS siguen reclutando por medio de redes sociales y plataformas de Internet, y de acuerdo con declaraciones del subdirector adjunto de la FBI, Chris Raia, en los últimos 18 meses, la agencia detuvo al menos a 16 personas por planear o apoyar atentados en nombre de esas organizaciones.
Además, dijo que los terroristas cambiaron el modelo, ya no son los grandes operativos coordinados desde campos de entrenamiento, sino los “agresores solitarios” (lone offenders) radicalizados en línea, y que tanto ISIS como Al Qaeda dependen cada vez más de la propaganda digital.
El tercer frente, el extremismo político de izquierda, es el más novedoso y el más polémico, ya que ha pasado de ser un fenómeno marginal a ocupar un lugar explícito en la doctrina de seguridad de Estados Unidos; incluso hace pocos meses se realizó una cumbre internacional con más de 65 países. La ofensiva refleja la convicción de que la amenaza ya no es sólo externa ni exclusivamente islamista, sino también ideológica y trasnacional. El desafío consiste en combatir la violencia real sin convertir la discrepancia política en delito, una tensión que define el nuevo contraterrorismo estadunidense.
El 11 de septiembre de 2001 le recordó a Estados Unidos que el terrorismo no respeta fronteras ni categorías cómodas; 25 años después, Washington ha respondido ampliando el mapa del enemigo. Ya no basta con perseguir a Al Qaeda o al Estado Islámico; ahora se combate también a los cárteles convertidos en narcoterroristas y a redes ideológicas de extrema izquierda que amenazan la estabilidad democrática.
El tema del terrorismo es de particular interés en México por la serie de acciones que han realizado los grupos de narcoterroristas y de delincuencia organizada con la finalidad de infundir miedo extremo y pánico a la población, y sobre todo que en muchas ocasiones buscan coaccionar a las administraciones de los diferentes niveles de gobierno. Y es que ahora también usan coches bombas, minas y misiles que han derribado hasta helicópteros de la fuerza aérea mexicana; sin embargo, esto lo abordaré en una futura participación.

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