Indonesia enfrenta un tipo de incendio difícil de detectar y combatir: fuegos que avanzan bajo tierra a través de sus turberas y que pueden permanecer activos durante meses. La sequía asociada con El Niño agrava el problema al reducir la humedad que normalmente impide que estos suelos ricos en materia orgánica ardan.
Las turberas se forman durante miles de años por la acumulación de hojas, raíces, ramas y troncos que no llegan a descomponerse completamente debido a las condiciones húmedas y con poco oxígeno. Sus capas pueden alcanzar entre dos y diez metros de profundidad y funcionan como enormes depósitos naturales de carbono. Indonesia concentra alrededor del 36 por ciento de las turberas tropicales del planeta.
Parte del problema tiene origen en las modificaciones realizadas por el ser humano. Desde la década de 1990, proyectos agrícolas y la expansión de plantaciones forestales y de palma aceitera llevaron a construir miles de kilómetros de canales para drenar estos terrenos. Al bajar el nivel del agua, grandes cantidades de turba quedaron secas y expuestas, convirtiéndose en material altamente combustible.
Cuando se presenta una sequía intensa, cualquier incendio superficial puede alcanzar esas capas. A diferencia de un fuego forestal convencional, la turba puede quemarse lentamente bajo el suelo mediante un proceso conocido como combustión latente, a temperaturas de entre 500 y 700 grados Celsius. El fuego avanza sin grandes llamas y puede desplazarse desde centímetros hasta algunos metros por día.
Esta característica hace especialmente complicada su extinción. El agua lanzada desde aeronaves o mangueras puede quedarse en la superficie o evaporarse antes de alcanzar las brasas profundas. Algunos focos permanecen activos durante meses y solo terminan cuando las lluvias del monzón vuelven a empapar completamente el terreno.
El impacto también llega a la atmósfera. Un estudio citado por Muy Interesante señala que estos incendios pueden generar tres veces más partículas finas PM2.5 que los incendios forestales convencionales, además de mayores emisiones de diversos contaminantes. Durante la grave temporada de incendios de 2015, Indonesia llegó a emitir en sus jornadas más críticas más dióxido de carbono por día que toda la economía de Estados Unidos; en tres meses se liberaron alrededor de 1.75 gigatoneladas de gases de efecto invernadero.
El humo puede extenderse además hacia países vecinos. Episodios anteriores han provocado cierres de escuelas, cancelaciones de vuelos y afectaciones económicas en Indonesia, Malasia y Singapur, además de exponer a millones de personas a altos niveles de contaminación del aire.
Detectar los incendios tampoco resulta sencillo, pues las densas columnas de humo pueden impedir que algunos sensores satelitales identifiquen correctamente los puntos calientes. Investigadores trabajan con tecnología infrarroja y datos de satélites Sentinel-2 y Landsat para mejorar la ubicación de las zonas afectadas.
Los especialistas consideran que una de las principales medidas preventivas consiste en recuperar y conservar el nivel de agua de las turberas. Mientras estos ecosistemas permanecen inundados almacenan enormes cantidades de carbono; cuando se secan, ese mismo material acumulado durante miles de años puede convertirse en combustible.
Muy Interesante

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