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Por Alfredo Espinosa.- A diez años de su muerte hay entre nosotros un consenso unánime: Juan Gabriel es el cantautor más grande de la historia de la música en México y, quizá, de Latinoamérica. Es el artista que nos ha regalado el mejor concierto y al que tenemos acceso a través de su película: Juan Gabriel en Bellas Artes.

La versatilidad de sus canciones es tal que pueden cantarse con mariachi y con banda, como huapango o en flamenco, en pop o hip hop.

Canciones que atraviesan el corazón y por eso cuentan una historia que frecuentemente se parecen a las nuestras, interpretadas con una voz excepcional que es vehículo de emociones heridas y verdades que resplandecen.

Las canciones de José Alfredo son para que el hombre las cante a las mujeres; las de Juan Gabriel, en cambio, son para que las mujeres se las canten a los hombres. Y entre más machos, mejor.

Por eso, las mujeres han sido sus mejores intérpretes. Antes de que este fenómeno emergiera, las mujeres cantaban composiciones de varones dedicadas a mujeres y muchas veces sus bravías voces se transvestían al respetar el género con que fueron compuestas, por lo que se dirigían apasionadamente a las propias mujeres sin que asomara la mínima duda de sus identidades sexuales. El respeto al código masculino era la ley y las mujeres se sometían a él.


La estructura de una sola pieza que rompe el molde

Juan Gabriel elige a las mujeres como sus más fieles interpretes. ¿Halla en sus voces y sensibilidades mayor afinidad que con los hombres?, ¿halla en sus voces la voz de su alma? ¿La indiscutible fuerza que adquirieron las mujeres en ese tiempo decidió que ellas las cantaran?

Indudablemente, Juan Gabriel continúa la saga de los compositores más populares de México, aunque con sus diferencias: mientras que para Agustín Lara la mujer alabastrina podía, con un mal paso, enfangarse y perderse en amoríos de arrabal nunca bien vendidos; para José Alfredo Jiménez, la mujer era una paloma negra, la ingrata que terminaba siempre yéndose con otro; en cambio para Juan Gabriel los sujetos del amor son ambiguos. Uno de ellos, el de buen corazón, es engañado, y el otro, farsante y enredado en las fintas del amor ajeno, terminaba convirtiéndose en inocente y pobre amigo.

Las mujeres lo dicen todo más claro y Juan Gabriel no sólo canta lo que deseamos decir, sino también con el tono con el que lo queremos decir. El matrimonio entre la melodía y la voz se entienden como si fuesen amantes y logran trasmitir la variedad de sentimientos y matices de su expresión. La burla, el sarcasmo, la colilla de una cascabel se arrastra en el coraje y en la revancha y el desquite de una vieja afrenta. Cuando los hombres van por la leche, las mujeres vienen con el queso. Inocente, pobre amigo, ¿crees que tú que no me daba cuenta de la tonta que te quiere? Lo que pasa es que no quiero más problemas con tu amor. No sabes lo que te espera, esa que hoy te ama es una farsante, yo te lo advertí, por las buenas soy muy buena y por las malas, muy mala:


Yo creí que eras buena, yo creí que eras sincera

yo te di mi cariño, resultaste traicionera,

tu me hiciste rebelde, tú me hiciste tu enemigo,

tú me traicionaste, sin razón y sin motivo...

...y te doy mi palabra de honor

que de mí no te burlas

yo te juro por todo lo que sucedió

que te arrepentirás de este mal que me has hecho

¿Sabes qué? no descansaré hasta verte a mis pies...


El ambiguo sujeto del amor

Pese a lo prolífico, Juan Gabriel se muestra obsesivo en sus composiciones: el ambiguo sujeto del amor, a quien le canta, es un tú que casi siempre queda sin declarar su género; y ese tú es objeto de amores desmedidos o de odios igualmente desmesurados. Su amor es un amor que no dice su nombre. Con él se confirma que el amor no tiene sexo sino buenos afectos. Se ama –o se odia– a la persona que provoque esos afectos, independientemente del sexo que posea.

¿Pero qué sucede cuando el amor materno, que debía ser incondicional, se niega? La madre, su primer y más perdurable amor, incumple con la función de enseñarle al hijo, con hechos cotidianos, el sentimiento amoroso, y esa deficiencia provocará una catástrofe afectiva. Una de las consecuencias de este acto traumático es que dificultará el proceso de estructuración de la personalidad y ella misma, la madre, se convertirá en una mujer aniquiladora. Negar el afecto es también un modo de castrar.

Casi todas las canciones parecen remitirse a la primera experiencia amorosa. Los traumas vividos con la madre los reedita en sus posteriores relaciones y en sus canciones. Pero ¿a quién le interesa de dónde nace la inspiración? Juan Gabriel, cubre las necesidades emocionales de las mujeres y ha logrado que se enamoren miles de hombres y mujeres.

Las mujeres ante las cuales se ha rendido Juan Gabriel son mujeres poderosas. Siente por ellas una especial fascinación. Mujeres que lo aceptan después de haberlo rechazado o a quienes conquista después de haberlo intentado en varias ocasiones: María Felix, Rocío Dúrcal, Lucha Villa, Lola Beltrán. Ellas, cuando alcanzó la fama, le otorgan su afecto y reconocimiento y le ruegan para que les dé una de sus canciones. ¿Buscaba que ese mismo proceso se repitiera con su madre?

¿Cuántas veces mendigaría el amor a su madre y ésta, por muy válidas que fueran sus razones, se lo negaba? Esta necesidad imperiosa se evidencia patéticamente en una composición que canta a dúo con Rocío Dúrcal donde manifiesta su indigencia afectiva. Ahí implora migajas de amor, al mismo tiempo que hace responder a la cantante lo que en realidad ocurrió en la infancia:


—¿No tienes nada, nada, nada,...

—Que no, que no...


Juan Gabriel entiende el amor como una regresión a través de la cual vuelve a tener la oportunidad para que sus parejas le otorguen aquello que en la infancia le fue negado: bondad, cuidado y guía. Encuentra la felicidad cuando obtiene afecto, pero al mismo tiempo que lo agradece teme perderlo, e implora –y ofrece su vida a cambio– para que nunca lo abandonen.


Tú me sabes bien cuidar,/ tú me sabes bien guiar

Todo lo haces muy bien tú,/ ser muy buena es tu virtud.

Cómo te puedo pagar/ todo lo que haces por mí,

Todo lo feliz que soy/ todo este inmenso amor.

Solamente con mi vida/ ten mi vida, te la doy,

Pero no me dejes nunca, nunca, nunca,

te lo pido por favor.

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