0

 Por León Bendesky.- En 1589 la reina Isabel primera de Inglaterra negó al reverendo William Lee la patente de la máquina tejedora de calcetines que había inventado. “Usted apunta alto, maestro Lee. Considere lo que su invento puede hacer a mis pobres súbditos. Seguramente les traerá la ruina al privarlos de su empleo, convirtiéndolos en pordioseros".

El problema se presenta hoy como una cuestión doble en esencia; por un lado, el cambio técnico destruye trabajos en el corto plazo, pero crea otros basados en el incremento de la productividad en un plazo largo. 

El planteamiento convencional entre los economistas se enuncia así: “En tanto que la evidencia histórica sugiere que la tecnología no causa desempleo masivo en el largo plazo, sí altera significativamente la estructura del mercado de trabajo, favoreciendo a los trabajadores calificados y demandando una continua renovación de las capacidades”. 

El proceso de la destrucción creativa, conforme al planteamiento de Schumpeter (Capitalismo, socialismo y democracia, publicado en 1942), no es terso, sino que genera fricciones de distinto tipo e intensidad. 

Uno de los aspectos centrales que enmarcan los debates sobre el caso de la inteligencia artificial (IA) es, precisamente, el del carácter y significado de dichas fricciones. 

Krugman presenta el marco para la discusión apuntado a tres cuestiones. La primera es la relación entre la tecnología y los empleos. La segunda, la que existe entre la tecnología y los salarios. Y la tercera, que se asocia con la distribución del ingreso y la concentración del poder económico. El asunto del desempleo tecnológico, a gran escala tal y como se ha planteado de modo corriente no se ha producido. Esto tiene que ver con el crecimiento de la productividad observado desde la segunda mitad del siglo XX. 

Según señala Krugman, en Estados Unidos hoy el producto por trabajador es alrededor de cinco veces mayor y, más de cuatro quintas partes de los trabajadores entre 25 y 54 años están empleados, unas proporciones mucho más grandes que la de aquella época. La explicación es que una productividad creciente lleva a una mayor cantidad total de trabajo; en la medida en que la economía es más productiva, la cantidad de cosas que se manufacturan y se consumen crece y, así, se sostiene un mayor nivel de empleo. 

Las fricciones del proceso de la destrucción creativa se plasman en el hecho de que hay quienes pierden y otros que ganan, lo que abre la cuestión acerca de las formas en las que la sociedad asimila los cambios que van ocurriendo; asunto éste que parece tener una especial relevancia en el caso de la IA. Ésta es lo que se denomina una tecnología de propósito general; su carácter es tal que desata un proceso de innovación en múltiples campos y por ello requiere distintos procesos de adaptación, un caso relevante es el que corresponde al entorno institucional existente y su transformación. 

Joel Mokyr (Nobel de Economía 2025) ha afirmado: “Hay que contar con la raza humana para estropear las cosas. Son las instituciones las que fracasan. Esto es un asunto de gran preocupación, ya que si las instituciones no mejoran mientras la tecnología lo hace, se le da mayor poder a quienes es probable que abusen y hagan mal uso de ellas”. 

Y añade una cuestión relevante que es la velocidad con la que se procede el cambio tecnológico. “En el pasado, el proceso ha sido relativamente lento y ha habido tiempo para el ajuste en la organización del trabajo. Pero cuando el cambio técnico es muy rápido, las instituciones se rezagan y la adaptación se entorpece; se provocan desajustes diversos y surgen condiciones inesperadas.” 

En cuanto a la IA, la evidencia muestra que el proceso marcha a una gran velocidad y ese es un aspecto que no debe perderse de vista en términos sociales, políticos y del alto control monopólico que tienen las empresas tecnológicas involucradas. 

Hace ya un año que Dario Amodei, el jefe de la empresa Anthropic, líder en el campo de la IA, reconoció expresamente que el arribo de esta tecnología significa la entrada a un periodo de cambio, turbulento e inevitable, que pondrá a prueba lo que somos como una especie. 

El poder inimaginable, como caracteriza a la IA, lo contrasta con la gran incógnita de si los sistemas social, político y tecnológico tienen la madurez para utilizarlo. 

Advierte que la implementación de la IA requiere de acciones suficientes que asocia con un entorno ampliamente seguro y ético. 

Sam Bowman, del área de investigación de seguridad de Anthropic, mencionó que esa empresa tiene un gran incentivo para acelerar los procesos, vender más productos y desarrollar programas para mantener su competitividad frente a otras empresas como OpenAI o Google y otras. 

Pero Anthropic, asegura, está en contradicción consigo misma, reflexionando profundamente y con ansiedad cada una de las decisiones que toma. Ya se ha hecho la comparación de Amodei con Openheimer y los dilemas que enfrentó en su proyecto Los Álamos. 

No son muy reconfortantes estas consideraciones, tomando en cuenta al elenco de los promotores de esta tecnología de inteligencia artificial: las cabezas de las empresas, así llamadas, las Siete Magníficas y sus satélites.

Hola, déjenos un comentario

 
Top