Por Carlos Fernández-Vega.- En su delirio imperial, Donald Trump abiertamente se asume como terrorista, genocida, pirata, secuestrador, totalitario, dictatorial, colonialista, racista y mucho más: destroza todo a su paso, asesina a su propia población, roba, viola las leyes de su país, arrasa con los derechos humanos, desmantela la soberanía de terceras naciones, el derecho internacional se lo pasa por el arco del triunfo y día tras día espolea la tercera guerra mundial, mientras la comunidad global, mayoritariamente silenciosa, cree que recurrir a los decrépitos organismos “multilaterales” –que no sirven para nada– “solucionará las diferencias”. Se repite la historia del Tercer Reich y, como sucedió 93 años atrás –con las consabidas consecuencias–, parece que nadie está dispuesto a ponerle un hasta aquí, ergo, el futuro inmediato de la humanidad está más que cantado.
Venezuela (el más reciente Anschluss de Trump, donde, sin mayor resistencia, ilegalmente ya gobierna el cártel de la Casa Blanca, amén de que éste tiene agarrada de santas partes a la cúpula política de aquel país y debe sobrevivir con las migajas que el imperio les arroje, si es que en realidad lo hace) es sólo el inicio práctico e impúdico de la andanada imperial trumpista, pues en su inventario aparecen, cuando menos, China, Rusia (ambos con capacidad política y militar para contenerla), Cuba, Groenlandia, México, Colombia, Irán, Panamá, Palestina, el bloque europeo y muchos más, sin dejar de lado que descaradamente metió las manos en las elecciones de Honduras, Chile y Argentina para imponer a sus marionetas ultraderechistas Nasry Asfura, José Antonio Kast y Javier Milei, respectivamente, y, de no frenarlo, lo hará en donde se le pegue la gana. Y todavía le restan tres años de estancia en la Casa Blanca.
Sin declaración de guerra, bombardeó, secuestro, robó y asesinó, y por si fuera poco, una vez instalado en el gobierno venezolano, ahora Trump exige a Delcy Rodríguez que rompa relaciones con Cuba, Rusia, China e Irán, y “canalice todos los ingresos petroleros a cuentas bancarias controladas por Washington, adquiera en Estados Unidos todos los productos que necesite y entregue el crudo almacenado existente”. Desde ya, impone, “Venezuela debe ser socio exclusivo de Estados Unidos en la producción de petróleo y favorecerlo cuando venda crudo pesado”. Las decisiones siguen siendo dictadas por el imperio y este “plan”, según dice, “continuará de manera indefinida”.
Eso sí, ahogado el niño las buenas conciencias quieren tapar el hoyo: “el Senado estadunidense aprobó ayer una resolución que prohíbe al presidente Donald Trump tomar más acciones militares contra Venezuela sin autorización del Congreso, allanando el camino para una mayor consideración en la cámara de 100 miembros. La votación sobre una medida de procedimiento para avanzar con la resolución de poderes de guerra fue de 52 a favor y 47 en contra, ya que un puñado de compañeros republicanos de Trump votaron con todos los demócratas a favor de seguir adelante”. Este es el primer paso; la votación decisiva se dará la próxima semana. Obviamente, el magnate naranja calificó de “estupidez” esta decisión, y dijo que los senadores republicanos que la apoyan “deberían avergonzarse por intentar arrebatarnos nuestra capacidad para luchar y defender a Estados Unidos”.
En círculos políticos de Washington se dice que demócratas y algunos republicanos ya cocinan el juicio político ( impeachment) para destituir al cavernícola naranja, pero lo cierto es que esto no aguanta ni un minuto más.
También, como lo hizo Hitler en 1933 (cuando “retiró” a Alemania de la Sociedad de las Naciones, por “obstaculizar nuestros objetivos de política exterior”), hoy el KKK Trump manda a paseo a los organismos internacionales (a los que, de cualquier suerte, siempre se los pasó por el arco del triunfo): “firmó un decreto para el retiro de Estados Unidos de 66 organizaciones, convenciones y tratados internacionales que ‘son contrarios a los intereses del país’, anunció la Casa Blanca. La orden involucra a 31 organismos de la Organización de Naciones Unidas y a 35 entidades no afiliadas a esa institución”.
Entonces, a 93 años de distancia, la única diferencia entre Hitler y Trump es el bigotito.
Las rebanadas del pastel
Gustavo Petro es un hombre inteligente, por lo que debe ser extremadamente cauto en su próxima cita con el cavernícola Trump, porque no vaya a ser que en breve duerma al lado de Nicolás Maduro en prisión gringa. Para eso sirven las videoconferencias, porque no se puede confiar ni un segundo en el imperio.

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