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Por Katia Galán.- “¡Que vivas en tiempos interesantes!”, reza la maldición china. A cada generación le toca ser testigo de “eventos sin precedentes” debido a las coyunturas políticas, al desarrollo tecnológico y a los cambios en las formas de producción que impactan en la evolución y las costumbres de las sociedades. Nada más ingenuo que creer que somos los únicos a quienes nos han sorprendido los hechos históricos de nuestros tiempos.

 Sin embargo, eso no quita que, ante nuestros ojos, resulte impresionante vivir una pandemia que reestructura nuestras rutinas y las relaciones humanas, como que Argentina se sume al pequeño grupo de países latinoamericanos donde el aborto ya no es ilegal o la toma violenta del recinto legislativo del país con la economía y la democracia más consolidadas del mundo. 

 Y así fue. Sorprendentemente, el pasado 6 de enero, grupos de ultraderecha que apoyan al presidente Donald Trump y que se niegan a reconocer a Joe Biden como presidente electo y quieren impedir a toda costa que sea ratificado como tal, cumplieron su amenaza y llegaron en hordas y armados al Capitolio en Washington, donde los cuerpos de seguridad no pudieron contenerlos. Los sediciosos ingresaron al edificio y tomaron algunas oficinas y la misma Cámara de Representantes. El hecho desató reacciones de los líderes del mundo. Algo así como el ícono de los “eventos sin precedentes” de la era. Lo “interesante” de los tiempos que nos tocó vivir.

El asalto al Capitolio no limita su relevancia a la toma del edificio, que no es menor, por el aparato de seguridad que Estados Unidos despliega tradicionalmente para resguardar sus recintos y eventos oficiales. Este ataque tiene implicaciones políticas y sociales históricas que inevitablemente nos cambian la percepción del equilibrio del poder político a nivel mundial. Y en estos menesteres la percepción lo es casi todo.

Resulta que el enemigo de la Democracy and Freedom no viene de fuera de su territorio, sino que es un segmento de su propia población educada en una cultura ignorante y beligerante, religiosa radical, aunque silenciada o agazapada en ocasiones por los acontecimientos o las políticas públicas, dispuesta a todo para defender el orden establecido. La más dura cara de la ultraderecha, acostumbrada a imponerse y a mandar y que ahora se siente cada vez más disminuida en el ejercicio del poder. El fascismo atacando o defendiéndose como un animal herido, ojalá de muerte.

Ante lo sucedido en el país vecino, es casi imposible no entablar una relación de ideas contrastando lo que pasa con la ultraderecha mexicana que, desarticulada como está, no ha dejado de improvisar ataques diarios contra un gobierno un poco más cargado a la izquierda… o menos cargado a la derecha, que les arrebata, poco a poco, los privilegios históricos que ostentaron mientras estuvieron en el poder. Rabiosos y beligerantes hacen declaraciones incendiarias en medios de comunicación y redes sociales, inventan plantones, noticias falsas, estadísticas manipuladas, compran voluntades, editoriales, votos y todo lo que sea necesario y posible para demostrar que ellos eran los “buenos gobernantes”. Aun cuando los datos y la realidad sean tan contundentes al analizar sus gestiones.

Pareciera que estas acciones, aparentemente pacíficas, no son tan nocivas para nuestra democracia como una turba iracunda y armada ingresando al recinto legislativo más importante del Estado norteamericano. Sin embargo, el golpe blando es una amenaza probablemente peor que un motín, por su impacto en la dinámica social y en el imaginario colectivo. Es la misma bestia fascista herida, solo que un poco más sofisticada, afilando las garras y observando los tiempos interesantes de nuestra generación, esperando su momento para volver a atacar.  

Es cierto que el paralelismo no es completamente simétrico. El establishment estadounidense le ha dado por completo la espalda a Trump que, siendo uno de ellos, escaló a la cúspide de la política interpretando el papel de un outsider y enarbolando las banderas de la reacción que todavía es competitiva en las urnas, pero que poco a poco -o mucho a mucho- ha tenido que dar el salto a la calle, donde es más peligrosa porque al no sentirse ya favorecida por el estado de derecho, no tiene ataduras que gobiernen su proceder.  El problema es que en México, establishment y reacción, siguen siendo lo mismo.  


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