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Los sonidos del habla humana parecen algo natural e inmutable. Las lenguas cambian con el tiempo, aparecen palabras nuevas y otras desaparecen, pero muchas teorías lingüísticas han asumido durante décadas que las capacidades biológicas básicas para producir sonidos se mantuvieron prácticamente iguales desde la aparición de nuestra especie. Bajo esa idea, la diversidad de sonidos del mundo se explicaría sobre todo por procesos culturales: errores al pronunciar, transmisión entre generaciones o contacto entre lenguas.

Sin embargo, un estudio publicado en Science plantea una posibilidad distinta. Los autores combinan datos de antropología, biomecánica del habla, lingüística histórica y etnografía para analizar si cambios relativamente recientes en la anatomía humana pudieron influir en los sonidos que aparecen en las lenguas. El trabajo explora una hipótesis sugerente: que transformaciones culturales relacionadas con la alimentación podrían haber modificado la forma de nuestra mordida y, con ello, el repertorio de sonidos del lenguaje humano.


La sorprendente diversidad de sonidos en las lenguas humanas

El lenguaje humano presenta una diversidad fonética extraordinaria. Hoy existen miles de lenguas en el planeta y cada una utiliza combinaciones distintas de vocales y consonantes. Como recuerda el propio estudio, “el habla humana se manifiesta en una asombrosa diversidad de miles de sonidos diferentes presentes en las aproximadamente 7000 lenguas actuales”. 

Esta variedad incluye sonidos muy comunes —como las vocales básicas o consonantes sencillas— y otros extremadamente raros, como los chasquidos de algunas lenguas del sur de África. Durante mucho tiempo se ha pensado que la frecuencia de cada sonido dependía sobre todo de lo fácil que resulta producirlo, percibirlo o aprenderlo, pero que esos factores biológicos eran esencialmente constantes para todos los humanos.

Desde esta perspectiva, las diferencias entre idiomas se explicarían principalmente por la historia de cada lengua y por procesos sociales como la difusión cultural o el contacto entre comunidades. En otras palabras, la biología humana habría permanecido estable mientras el lenguaje evolucionaba culturalmente. Precisamente esta suposición es la que el estudio decide examinar con más detalle.


Una antigua hipótesis sobre la mordida humana

La idea de que la anatomía dental pudiera influir en los sonidos del lenguaje no es completamente nueva. El lingüista Charles Hockett propuso hace décadas que algunos sonidos podrían estar relacionados con la forma en que los dientes y la mandíbula se desgastaban en las sociedades prehistóricas.

En muchas poblaciones cazadoras-recolectoras, la dieta incluía alimentos duros y fibrosos que producían un desgaste dental intenso. Con el paso de los años, ese desgaste provocaba cambios en la mordida. Como explica el artículo científico, el esfuerzo masticatorio y la pérdida de tejido dental podían terminar generando una mordida “borde con borde”, en la que los incisivos superiores e inferiores quedan alineados. 

En contraste, la mayoría de las personas en sociedades modernas conservan una ligera superposición entre los dientes superiores e inferiores, conocida como sobremordida. Esa diferencia aparentemente pequeña en la posición de los dientes es el punto de partida de la investigación. Los autores se preguntaron si la transición histórica hacia dietas más blandas pudo cambiar de forma sistemática la configuración de la mordida humana.


Cuando la mandíbula cambia, también cambia la forma de hablar

Para explorar esta posibilidad, el equipo combinó varios tipos de evidencia científica. Por un lado, utilizaron modelos biomecánicos del aparato del habla, capaces de simular cómo intervienen los músculos y la posición de los dientes en la producción de distintos sonidos.

Los resultados mostraron que algunos sonidos concretos, llamados labiodentales, se ven afectados por la configuración de la mordida. Estos sonidos se producen cuando el labio inferior entra en contacto con los dientes superiores, como ocurre con las consonantes “f” y “v”.

Los modelos indicaron que “los labiodentales requieren alrededor de un 30 % menos de esfuerzo muscular en la configuración de sobremordida y resalte que en la mordida borde con borde”. 

Ese detalle biomecánico tiene implicaciones importantes. Si una configuración dental facilita la producción de ciertos sonidos, es más probable que esos sonidos aparezcan y se mantengan en las lenguas habladas por poblaciones con esa característica anatómica.


Lo que revelan los datos lingüísticos globales

El estudio no se limitó a modelos teóricos. Los investigadores también analizaron bases de datos con información sobre miles de lenguas para comprobar si existía un patrón real en el mundo.

La comparación reveló una tendencia llamativa. Las lenguas habladas por sociedades cazadoras-recolectoras tienden a tener muchos menos sonidos labiodentales que las lenguas asociadas con sociedades agrícolas o con economías basadas en la producción de alimentos.

Según el análisis del estudio, las comunidades cazadoras-recolectoras presentan aproximadamente una cuarta parte de estos sonidos en comparación con las sociedades productoras de alimentos. Este patrón encaja con la idea de que las dietas más blandas, vinculadas al procesamiento de alimentos y a la agricultura, favorecen la persistencia de la sobremordida en adultos, lo que a su vez facilita la aparición de ciertos sonidos en el lenguaje.

Además, el equipo examinó la evolución histórica de una gran familia lingüística, el indoeuropeo. En ese caso, observaron un aumento progresivo en la probabilidad de sonidos labiodentales a lo largo de miles de años, lo que coincide con cambios culturales en la alimentación y el procesamiento de alimentos.


Cuando la cultura transforma la biología… y el lenguaje

Los resultados sugieren una interacción compleja entre cultura, biología y lenguaje. La forma de hablar no depende únicamente de normas sociales o de la transmisión cultural entre generaciones. También puede verse influida por cambios físicos en el cuerpo humano provocados por prácticas culturales.

El propio estudio resume esta idea con claridad: “nuestros hallazgos revelan que la transición desde sociedades de cazadores prehistóricos a sociedades contemporáneas ha tenido un impacto en el aparato del habla humana y, por lo tanto, en el principal modo de comunicación y diferenciación social de nuestra especie: el lenguaje hablado”. 

En otras palabras, actividades aparentemente alejadas del lenguaje —como cómo se procesan los alimentos o qué tipo de dieta predomina en una sociedad— pueden terminar influyendo en la forma en que las personas hablan. La evolución cultural no solo cambia las costumbres o la tecnología: también puede dejar huellas en nuestra biología y, a través de ella, en el propio sonido de las lenguas.

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