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Los cuentos infantiles pueden hacer mucho más que entretener antes de dormir. Algunas historias funcionan como una especie de “espejo” que permite a los niños reconocer sus propias emociones en los personajes y acercarse a sentimientos que todavía no saben explicar con palabras.

Estos relatos, conocidos como cuentos “espejo”, pueden convertirse en un espacio seguro para hablar sobre miedo, tristeza, enojo, celos, vergüenza, frustración, rechazo o pérdidas, sin colocar directamente al menor en el centro de la conversación.

La psicóloga, psicopedagoga y educadora Jennifer Delgado explica que algunos niños tienen dificultades para expresar lo que sienten, ya sea porque todavía no cuentan con suficiente vocabulario emocional o porque simplemente no están preparados para hablar de determinadas experiencias. En esos casos, una historia puede funcionar como intermediaria. 

Por ejemplo, un niño puede evitar reconocer que tiene miedo de quedarse solo, pero comprender perfectamente el temor que experimenta el protagonista de un cuento. También puede resultarle complicado admitir que siente celos por la llegada de un hermano, aunque sea capaz de identificar esa misma emoción cuando aparece en un personaje.

La ventaja está en la distancia que proporciona la ficción. El problema aparentemente le ocurre a otra persona, por lo que el menor puede observarlo sin sentirse interrogado o expuesto. A partir de ahí puede limitarse a hablar del personaje, relacionar la situación con acontecimientos cotidianos o, si se siente preparado, reconocer que alguna vez experimentó algo parecido. 

Sin embargo, los especialistas advierten que la lectura no debería utilizarse como una estrategia para conseguir que el niño termine confesando lo que siente. Su utilidad está en proporcionarle palabras y referencias para comprender su mundo emocional cuando esté preparado para hacerlo.

Los cuentos también contribuyen a ampliar el vocabulario emocional. Durante la infancia pueden aparecer sensaciones físicas y reacciones como llorar, esconderse o enojarse antes de que el menor comprenda conceptos como frustración, vergüenza, miedo o sentirse desplazado.

Las historias permiten poner nombre a esas sensaciones y muestran que las emociones pueden cambiar. Un personaje puede comenzar enojado y posteriormente sentirse culpable, experimentar miedo y aun así decidir avanzar, o sentirse solo hasta comprender que necesita pedir ayuda. 

De esta manera, los niños pueden aprender que sentir una emoción no determina necesariamente cómo deben actuar. Tener miedo no equivale a ser cobarde, sentir celos no convierte a alguien en una mala persona y experimentar enojo tampoco justifica lastimar a los demás.

Las historias funcionan además como una especie de laboratorio emocional sin consecuencias reales. Los menores pueden observar cómo diferentes personajes enfrentan un mismo problema, imaginar qué ocurriría si tomaran otras decisiones y descubrir que dos personas pueden interpretar de manera distinta una misma situación.

Este ejercicio también puede favorecer la empatía al mostrar que los demás tienen pensamientos, necesidades, temores y deseos diferentes.

La especialista señala que no todos los cuentos necesitan terminar con una moraleja claramente explicada. En ocasiones puede ser más útil permitir que el niño reflexione sobre lo ocurrido y preguntarle qué habría hecho en el lugar del personaje. 

Otro aspecto importante es evitar utilizar las historias para “corregir” emociones. Después de leer un cuento sobre el miedo, por ejemplo, decirle al menor que “no debe tener miedo” puede terminar cerrando el espacio de conversación que abrió la historia.

El miedo, la rabia y la tristeza cumplen determinadas funciones y no deberían presentarse automáticamente como sentimientos que deben desaparecer. El objetivo es que los niños aprendan a reconocerlos, comprenderlos y regularlos.

Al momento de elegir un cuento “espejo”, es recomendable buscar historias con conflictos que los niños puedan reconocer, como problemas de amistad, miedo, pérdidas, frustración, celos, vergüenza, sentirse diferente, cometer errores o enfrentar cambios.

También es conveniente elegir personajes con cierta profundidad, capaces de dudar, equivocarse y cambiar durante la historia, en lugar de protagonistas diseñados únicamente para mostrar cuál sería la emoción o conducta considerada correcta.

La historia debe ser adecuada para la etapa de desarrollo del menor. Presentar problemas demasiado complejos puede impedir que comprenda el relato y se identifique con lo que sucede.

Otro indicador importante es la reacción del niño. Si una historia despierta curiosidad, preocupación, risa o preguntas, probablemente consiguió abrir un espacio para explorar emociones. Esto no significa que todos los menores vayan a identificarse con los mismos libros o personajes. 

La lectura compartida puede convertirse así en una oportunidad para que padres e hijos hablen sobre sentimientos sin transformar cada cuento en una lección. En ocasiones, el beneficio puede ser simplemente que el menor encuentre un personaje parecido a él, consiga poner nombre a una emoción o descubra una manera diferente de enfrentar un problema.

Los cuentos “espejo” no buscan decirles a los niños cómo deben sentirse, sino ofrecerles herramientas para entender aquello que ya sienten y todavía no saben cómo expresar.

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